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CAPITULO DOCE

El día de fines de agosto gemía bajo el despiadado calor del sol. La arena de la playa estaba demasiado caliente para caminar sobre ella; hasta los niños habían dejado de jugar para retirarse al refugio de sus hogares. La isla estaba silenciosa mientras sus habitantes hundíanse en el sopor de una larga siesta. Olas de calor se elevaban de los tejados y ondeaban en el horizonte distante como miles de escamas de agua agitada. El lánguido golpear del mar sobre la costa era el único movimiento que se veía, ninguna brisa agitaba las hojas. El cielo, desprovisto de nubes, parecía que había sido blanqueado hasta perder su color azul normal por el intenso calor del día

Suspirando, Sha

– ¡Qué grosería! -habrían dicho, temblando-. ¡Vaya, se dice que allí los jóvenes dibujan modelos vivas! ¡Desnudas!.

Sha

"Pero por lo menos la labor de aguja sirve para algo" pensó Sha

Se puso boca abajo, apoyó el mentón sobre sus brazos cruzados y cerró los ojos. Ruark casi se había convertido en parte integrante de la casa. Estaba presente en casi todas las comidas y acompañaba a su padre en sus numerosos viajes. Sha

Sha

– ¡Señor! -susurró- ¡Mi propia mente me traiciona!

Sus pechos palpitaban debajo de la delgada tela de su camisa y sentía un doloroso vacío en su vientre. Se levantó y tomó el bastidor de la tapicería pero un momento más tarde se chupó un dedo donde la aguja había hecho brotar una gota de sangre. Cerró lentamente las manos y miró fijamente la puerta de su habitación, sabiendo que si Ruark entraba ahora ella lo recibiría con todo el deseo de su maduro cuerpo de mujer. Lo deseaba y se odiaba a sí misma por esa debilidad. En las profundidades de su ser había una pasión que sólo Ruark podía calmar y hasta mantener viva su cólera representaba una lucha desesperada.

Súbitamente se sintió cansada, cansada de tener que evitar hasta el más breve momento a solas con él. El capitán Beauchamp los había sorprendido una vez. La próxima podría ser alguien menos comprensivo, quizá hasta el mismo Orlan Trahern. La mente de Sha

La noche descendió sobre la isla y el calor del día disminuyó hasta un punto en que las ropas resultaban tolerables. Una brisa leve, caprichosa, contribuyó a reducir la incomodidad cuando fue servida la cena. Tal como el día anterior, una fragata inglesa que se dirigía a las colonias había entrado en el puerto y los huéspedes en la cena de esta noche incluían a personas del barco: su capitán, un mayor de los Royal Marines, y un caballero, sir Gaylord Billingsham, quien viajaba como emisario menor. Varios de los supervisores habían traído a sus esposas y Ralston, Pitney y Ruark también estaban presentes.

El grupo se congregó en el salón donde las mujeres se reunieron en un extremo mientras los hombres se juntaban en el otro para llenar sus pipas o encender sus cigarros. Después de charlar un rato, varias damas sacaron sus labores de aguja y comenzaron en voz baja a intercambiar recetas de cocina y chismorreos. Excepto cuando le hacían preguntas directamente, Sha

– Digo yo, Sha

– Sí -murmuró Sha

sentía un orgullo, desusado cuando alguien elogiaba a Ruark.

Prestando parte de su atención a 1o que se decía, Sha

Es un tipo extraño, murmuró Sha

humor a veces un poco grueso de los capataces. Su mal genio se reveló fugazmente cuando fue informado de que compartiría la mesa con un siervo. Aunque se recobró rápidamente, desde ese momento se cuidó de hablar con Ruark. A Sha

Mientras ella lo observaba, él criticó el "sucio hábito" de fumar y sacó del bolsillo de su chaleco una pequeña caja de plata, tomó una pulgarada de rapé en el dorso de su mano y la absorbió delicadamente por una fosa nasal. Momentos después estornudó ligeramente en su pañuelo de encaje, echó la cabeza hacia atrás y suspiró.

– Ah -dijo-, realmente así nos sucede a los hombres.

Cuando los otros lo miraron, explicó:

– Primero hay que recibir el aguijón y después el placer.

Aspiró fuertemente por la nariz y dirigió su siguiente comentario al capitán de la fragata.

– Pero a pesar de todo esto, señor, debo admitir que jamás seré un marino adecuado. Aborrezco la estrechez de una cabina cuando el barco se halla en alta mar y no puedo soportar su confinamiento cuando se encuentra en un puerto seguro.

Con un floreo de su mano, se volvió hacia Trahern.

– Mi estimado señor -dijo, y elevó la nariz arrogantemente-, me parece difícil que haya aquí una buena posada o taberna donde pueda alojarme durante los días que estaré aquí ¿Quizá alguna familia de la aldea tendría facilidades para recibirme en su casa?

Dejó flotando la pregunta.

Trahern sonrió. -No será necesario, sir Gaylord -respondió-. Aquí tenemos espacio de sobra y será un placer para mí que usted se aloje con nosotros.

– Es usted muy amable, caballero Trahern. -El caballero sonrió afectadamente ante el éxito de su estratagema-. Enviaré a un hombre por mis pertenencias.

Trahern levantó una mano y negó con la cabeza. -Nosotros podemos satisfacer sus necesidades más inmediatas, señor, y si usted deseara algo más,.podemos hacer que lo traigan por la mañana. Usted será

nuestro huésped todo el tiempo que desee.

y aunque Trahern sabía que lo habían usado, lo mismo sentíase complacido ante la perspectiva de ser anfitrión de un caballero con título.

Sha