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– Ah, Sha
Sha
– Entonces, pediste una tortura y una vez más el pacto ha sido cumplido. -Lo miró con ojos brillantes-. Pero como fue mi voluntad, te daré tres veces el precio que necesitas para no poner en peligro mi honestidad.
Volvió a besarlo con los labios entreabiertos. Debajo de la flotante bata, los brazos de Ruark se apretaron alrededor de ella.
– ¡Hum! -El sonido les produjo un gran sobresalto a los dos.
Sha
Pasó un momento fugaz antes que Nathanial hablara.
– Perdón, señor Ruark… señora Beauchamp. -Acentuó extrañamente los nombres-. Olvidé mi pipa y mi tabaquera.
Sin aguardar el asentimiento de ellos, cruzó la habitación hasta la silla que había ocupado, tomó los objetos mencionados de la mesa y después se detuvo nuevamente en la puerta. Su sonrisa tenía una cualidad extraña y sus ojos se posaron por turno en Sha
– Buenos días, señor Ruark -dijo, y con una rápida inclinación de cabeza hacia ella, agregó-: Buenos días, señora Beauchamp.
Sin más palabras se volvió y cerró suavemente la puerta tras de sí. Pasó un momento antes que Sha
– Se lo dirá a mi padre. Sé que lo hará. -Miró fijamente a Ruark con la desesperación marcada en su rostro pálido-. Esto ha terminado. Todos mis planes… para nada.
Una expresión de preocupación cruzó el rostro de Ruark pero trató de calmar la aflicción de Sha
– A mí me parece un tipo bastante bueno, Sha
– ¿Lo harás? ¿De veras lo harás, Ruark? -Sha
– Trataré, Sha
– Gracias, Ruark -susurró ella agradecida-. Estaré aguardando.
Ruark se marchó y Sha
Pasó el resto del día en nerviosa espera. A cada momento esperaba que llegara su padre golpeando las puertas y llamándola a gritos, o un mensajero de Ruark avisándole que tendría que huir, o el mismo Ruark para decirle que todo estaba bien, o todos ellos, incluido el capitán, para acusarla y descubrirlo todo.
Su imaginación trabajaba desenfrenadamente y ella ni siquiera pudo quedarse quieta el tiempo suficiente para que le peinaran el cabello. Hergus, con paciencia desusada, debió aguardar tres veces que su ama; se sentara antes de poder terminar la tarea.
Horas después Ruark regresó con Trahern pero su única señal fue un encogimiento de hombros cuando pasó junto a ella en la puerta principal.
Sólo cuando él se marchaba ella logró hablar un momento.
– ¿Y bien? -preguntó, llena de ansiedad.
– El capitán -repuso Ruark- me aseguró que ningún caballero andaría llevando cuentos.
Con un enorme alivio, Sha