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– Ten cuidado, Sha
El viento se llevó la respuesta de ella, que tuvo que detenerse para recobrar aliento. Empezó a descender detrás de Ruark. Cuando llegaron al rellano él tuvo que gritarle al oído.
– La choza del capataz. La cabaña junto al camino. ¡Corre!
La empujó y Sha
Un relámpago cruzó el cielo y un trueno ensordecedor resonó en sus oídos. Sha
Por fin la puerta se abrió como dándoles la bienvenida al oscuro interior. Ruark la tomó en brazos. Entraron.
El viento aullaba, rugían los truenos, estallaban los relámpagos y la cabaña se estremecía, ya fuera por la tormenta interior o por la exterior.
Después quedaron, acostados juntos sobre el angosto catre que servía como cama ocasional. Las ropas de Sha
Sha
– ¿Has estado enamorado? -preguntó suavemente, pasándole los dedos por los labios.
Ruark la miró sorprendido y sonrió lentamente.
– Sha
– Hablo en serio -lo regañó ella suavemente-. Sé que has tenido otras mujeres. ¿Alguna vez estuviste enamorado de una de ellas?
El se alzó ligeramente de hombros.
– Sólo un pequeño episodio cuando era muchacho, eso fue todo. – ¿Un muchacho? ¿De nueve años? ¿De diez?
– No tan joven. Tenía dieciocho años y ella era una viuda -joven con flamígero cabello rojo. Me enseñó mucho acerca de las mujeres.
La curiosidad de Sha
– ¿Qué sucedió? ¿Le hiciste el amor?
– Sha
– Te dejaré si no me lo dices -amenazó ella-. Y puedes quedarte aquí hasta que te pudras
– Mala mujer -bromeó él-. Y también celosa, creo.
– ¿De la viuda? ¡Ja! -replicó Sha
– Supongo que estuviste terriblemente enamorado de ella. ¿Era bonita?
– Bonita -admitió Ruark-. Alta, esbelta. Tenía veinticuatro años. Ella compró un semental y yo…
– Tú te convertiste en su semental -interrumpió Sha
Ruark trató de distraer su atención y la abrazó. Pero ella se resistió y se sentó sobre sus talones.
– Maldición -gritó-. Dime. ¿Era como tu pequeña golfa de la posada?
– ¡Oh, demonios! -exclamó Ruark. Se arrodilló frente a ella, la miró ceñudo y la obligó a que apoyara la espalda en la pared-. Ni siquiera recuerdo la apariencia de ninguna de las dos.
Su mirada se suavizó cuando contempló la desnudez de ella. Suspiró y trató de explicarle.
– Yo era solo un muchacho, Sha
Sha
– Supongo -dijo- que si quiero verme libre de ti, primero tendré que cansarte con constantes exigencias.
Ruark sonrió tranquilizado.
– Inténtalo -dijo-. Envía por mí cada vez que estés libre y ya verás si consigues cansarme. La idea me parece interesante. Pero existe cierto peligro, desde luego, y ambos somos susceptibles. ¿Qué sucederá si te enamoras de mí?
Sha
El silencio se prolongó hasta hacerse incómodo, pero la mente de la muchacha estaba sumida en un caos. Ninguna respuesta salía a la superficie. Ella casi temía lanzarse a las turbulentas profundidades porque no sabía lo que encontraría allí. Nunca había estado enamorada salvo del hombre ideal de su imaginación y, en realidad, nunca se había sentido atraída por ninguno hasta conocer a Ruark.
Cesó la lluvia. Los pájaros estaban callados y el viento ya no rugía. El silencio era denso, casi como si se lo hubiera podido cortar con un cuchillo. Y Ruark seguía aguardando una respuesta.
El silencio fue roto por el sonido de cascos que se acercaban rápidamente. Ruark soltó un juramento y se incorporó de un salto. Rápidamente se puso sus calzones mojados. Parecía muy probable que la puerta se abriera de un momento a otro y Sha
Allí, en el vano, iluminado por el sol, estaba Attila. Se había soltado de sus ataduras. El caballo agitó la cabeza, relinchó y golpeó el suelo con sus cascos. Ruark buscó su camisa y sacó algo del bolsillo.
– Es así como lo he entrenado -explicó y tendió la mano mostrando dos terrones de azúcar moreno-. Se ha aficionado mucho al azúcar y hoy olvidé darle su ración.
– Oh -suspiró débilmente Sha
El caballo mordisqueó el azúcar que le ofrecía Ruark y echó la cabeza hacia atrás con evidente placer. Ruark cerró la puerta, se apoyó contra ella y miró a Sha
– Si buscas la comida con la misma voracidad con que me buscas a mí -dijo en tono humorístico- pronto tendrás una barriga como la de mi padre.
Ruark le pasó un brazo por la cintura y ella se levantó para buscar su vestido que estaba secándose.
– Si mi comida -replicó Ruark- viniera con la misma regularidad que tu amor, hace tiempo me habría muerto de hambre. Como con la comida, mi necesidad de ti es cosa de todos los días y estos ayunos tan largos no apaciguan mi hambre.
– ¡De todos los días! ¡Ja! -Sha
Sha
Confundido por el abrupto cambio de ella, Ruark la observó atentamente mientras tomaba uno de sus dibujos y jugaba con el cilindro de pergamino.
– Había pensado pasar la noche aquí -empezó él casi con vacilación-. El señor MacLaird me trajo hasta aquí cuando vino con provisiones para el trabajo de mañana pero yo dejé varios dibujos que necesitaré por la mañana. ¿Me llevarías de regreso?
Sha
– Te llevaré -murmuró. Una vez cubierta con las ropas se calmó, se levantó el cabello y le volvió la espalda-. ¿Quieres abrocharme el vestido?
Ruark así lo hizo, sin apurarse. No tenía ninguna prisa por terminar la tarde.
Sha