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Colgaba en andrajos de los hombros y revelaba unas costillas que todavía eran musculosas pese a las privaciones. El cabello era desparejo y estaba mal cortado, pero sus ojos brillaron alerta cuando él trató de distinguir la silueta de ella. Al no conseguirlo, se irguió y en seguida se inclinó hacia las tinieblas que rodeaban a Sha
– Le pido disculpas, mi lady. Mi alojamiento nada tiene de recomendable. Si yo hubiera sabido que me visitaría, habría limpiado un poco este lugar. Por supuesto -sonrió y señaló a su alrededor no hay mucho que limpiar.
– ¡Ten quieta esa sucia lengua! -interrumpió Hicks oficiosamente-. Esta dama viene por negocios y tú la tratarás con todo respeto, o yo… -Se golpeó sugestivamente la palma abierta con el puño del garrote y rió de su propia astucia.
El convicto clavó una mirada ceñuda en Hicks y la mantuvo hasta que el gordo carcelero empezó a agitarse inquieto.
No habiendo encontrado hasta ahora obstáculos a su plan, Sha
– No tiene necesidad de provocar a este hombre con sus bravuconadas, señor Hicks -dijo gentilmente.
El sonido de la voz de ella, profunda y suave como la miel, hizo que el prisionero le dedicara toda su atención. Sha
– He oído decir que las viudas de la corte practican extraños placeres -comentó él y cruzó los brazos sobre el pecho-. Si de verdad hay una mujer debajo de esas ropas, yo veo pocas pruebas de ello. Perdóneme, mi lady, pero es tarde y mi mente está embotada por el sueño. Por mi vida, no puedo determinar qué propósito la ha traído hasta aquí.
Su sonrisa era sólo levemente burlona pero su voz era abiertamente desafiante. Deliberadamente, Sha
El primer asalto estaba lanzado.
– Tenga cuidado, mi lady -le advirtió Hicks-. Es un verdadero bellaco, eso es. Ha matado a una muchacha encinta. La golpeó hasta dejarla convertida en una pulpa ensangrentada, eso hizo.
Pitney avanzó hasta ubicarse detrás de su ama, protectoramente cerca. Su inmensa silueta se erguía amenazadora en los pequeños confines de la celda y hacía que los demás parecieran enanos. Sha
– Ha venido muy bien acompañada mi lady. -Su tono no fue menos audaz-. Tendré cuidado de no hacer movimientos bruscos para no equivocarme Y privar al verdugo de su paga.
Ignorando la ironía. Sha
– Un brandy, señor -dijo suavemente-. Si gusta.
Lentamente, Ruark Beauchamp estiró una mano y cubrió un momento los dedos de ella con los suyos antes de tomar el frasco. Sonrió lentamente al rostro velado.
– Muchas gracias.
En otra ocasión, Sha
– ¿Desea compartirlo conmigo, mi lady?
– No, señor Beauchamp, es todo suyo para que lo beba a su placer. Ruark bebió otro largo sorbo antes de suspirar complacido. -Muchas gracias, mi lady. Casi había olvidado que existen estos lujos.
– ¿Está usted acostumbrado a los lujos, señor Beauchamp?
– preguntó Sha
El colonial, por toda respuesta, se alzó de hombros y señaló con una mano lo que le rodeaba.
– Ciertamente a más que esto -dijo.
Una respuesta sin compromisos, pensó Sha
– Aunque sus días están contados, señor Beauchamp, mucho puede hacerse para aliviar su situación. Aquí tiene esto, para su hambre.
El no aceptó hasta que Sha
– Mi lady -imploró-, yo deseo este presente pero siento recelos, porque no sé qué desea usted a cambio y nada tengo para ofrecerle.
Una sombra de sonrisa bailó por los labios de Sha
– Su atención por un momento, señor, y su consideración, porque tengo un asunto que discutir -replicó suavemente Sha
– Ahora déjenos. Quiero hablar en privado con este hombre. Se percató del creciente interés del prisionero.
Desde abajo de sus cejas oscuras, él los observaba a todos con mucha atención y esperaba pacientemente, como un gato ante una cueva de ratones.
Pitney se acercó más, con su ancho rostro lleno de preocupación. – ¿Está segura, señora mía?
– Desde luego -repuso ella y señaló la puerta con su mano delgada-. Acompañe al señor Hicks fuera de la celda.
El obeso carcelero protestó dolorido.
– ¡El bellaco le torcerá el cuello si lo dejo! -dijo Hicks, preocupado, porque si la joven sufría algún daño ¿quién le pagaría a él? Con voz plañidera, dijo-: No me atrevo, mi lady.
– Es mi cuello el que corre peligro, señor Hicks -replicó secamente Sha
Las mejillas abotagadas de Hicks enrojecieron casi hasta volverse de color púrpura y sus labios balbucientes parecieron temblar cuando expelió el aliento. Dirigió una mirada llena de desconfianza al prisionero. Después, con un oloroso suspiro, levantó la linterna sobre su cabeza. Tomó un cabo de vela de la tosca mesa y lo encendió acercándolo a la llama de la linterna.
– Es un tipo rápido, mi lady -advirtió sombríamente-. Y manténgase a distancia de él. Si él trata de acercársele, grite.
– Su mirada pareció atravesar al colonial-. Intenta algo, maldito bribón, y haré que te cuelguen antes que salga el sol.
Hicks salió murmurando amargamente para sí mismo. Pitney se quedó, inmóvil como una roca, mientras la indecisión cincelaba profundas arrugas en su frente.
– Pitney, por favor -dijo Sha
El hombre gigantesco habló por fin, pero dirigiéndose solamente a Ruark.
– Si no quieres morir antes de que pase esta hora -dijo en tono amenazador- cuida de que ella no sufra el menor daño. Si eso llegara a suceder, lamentarás haberlo hecho. Te doy mi palabra y no dudes de que la cumpla.
La mirada de Ruark midió el cuerpo del otro y asintió respetuosamente para indicar que estaba de acuerdo. Todavía con un ceño de descontento, Pitney dio media vuelta, salió de la celda y cerró la puerta tras de sí, pero dejó abierto un pequeño postigo que había en la misma. Desde el interior se pudo ver su espalda pues el quedó allí de guardia contra oídos curiosos.
El prisionero seguía sin moverse, aguardando que Sha
La segunda salva fue disparada.
Dio en el blanco con una efectividad de la que Sha