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Trahern se acercó a su hija y sonrió con orgullo.
– Bueno, querida, casi había perdido la esperanza de que te unieras a nosotros, pero como es habitual has reservado lo mejor para lo último.
Sha
– Papá, no me habías dicho que habría otras personas -dijo, y señaló disimuladamente al desconocido. El sería el primero con quien provocaría a Ruark, pensó taimadamente-. ¿Me lo presentas?
Trahern la miró con una expresión extraña y Sha
Unas cuantas matronas dirigieron miradas afligidas a sus poco atractivas hijas y. desearon intensamente que Sha
Sha
– ¡Ruark!
El nombre brotó de sus labios y por un momento fugaz su rostro reveló sorpresa. Rápidamente ella logró dominarse y empezó a agitar nerviosamente su abanico mientras sentía que los ojos de él la recorrían lentamente, como desnudándola. Ruark estaba vestido de un color azul oscuro que acentuaba su silueta alta, esbelta, de ancha espalda. Sobre sus manos atezadas caía un poco de encaje de los puños de una camisa blanca como la nieve y las medias oscuras de seda y los. calzones perfectamente cortados revelaban sus caderas estrechas y las piernas largas y firmemente musculosas.
– Estaba seguro de que se conocían -dijo su padre junto a ella y Sha
“A mis expensas, pensó, pero Ruark no escaparía tan fácilmente”. Sha
– Señor Ruark -dijo en un tono brillante y limpio como una moneda nueva, e ignoró el leve temblor de placer que la invadió cuando él le tomó los dedos-. No lo reconocí con esas ropas. Me había acostumbrado a sus pantalones cortos.
La sonrisa de Ruark fue deslumbrante y sus modales desenvueltos y elegantes. Dobló una rodilla en cortés reverencia y aplicó sus labios al dorso de la mano que le ofrecían, a la que también tocó ligeramente con la lengua. Sha
– Fue un presente de su padre, señora Beauchamp -comentó Ruark como si se lo hubieran preguntado. Su voz acarició el nombre como a una preciada posesión y sus ojos cayeron momentáneamente sobre los pechos de ella. En esa fugaz mirada, Sha
– Con tan poco tiempo -continuó él sin dejar de mirada -creo que fue lo mejor que se pudo hacer con un poco de hilo y una pieza de tela.
– ¡Bah! -interrumpió Trahern-. Si es así, entonces mi sastre me ha estafado. -Continuó hablando para Sha
su cuenta. Con sus costumbres austeras no pasará mucho tiempo antes de que sea dueño de la isla.
Ruark rió ante el jocoso comentario.
– Es más fácil ahorrar una moneda que ganar otra para reemplazarla -dijo.
– Y mi arte es saber cuándo hago un buen negocio, señor Ruark -replicó Trahern-. Es raro que me superen en ese juego. Usted puede contarse entre unos pocos..
– Perdone, señor -respondió Ruark en tono suave, pero como miraba a Sha
Fue como si anunciara claramente su intención de ser el único hombre en su vida. Bajo su mirada insistente, Sha
– Con tu permiso, papá, saludaré a los otros invitados.
Ambos hombres la miraron alejarse y cada uno quedó turbado por sus propios motivos..
– No es posible entender a esta joven generación -gruñó Trahern-. Creo que carecen de sentido común.
Detuvo a un criado que pasaba y le pidió que trajera ron y bitter para él y para Ruark.
Sha
Sha
–
Fayme, querida- sonrió Sha
Ciertamente, madame Duprey era hermosa. Sha
– ¡Sha
– Gracias -rió Sha
Fayme echó, la cabeza hacia atrás con despreocupada gracia.
– Ah, Sha
– Sha
Sha
– ¡Qué hombre! -exclamó Fayme, haciendo que su marido enarcara las cejas-. ¿Y dices que es un siervo?
– Oui, cherie -interrumpió Jean-. Lo trajimos en el viaje de diciembre del año pasado. Creo que lo compraron en la subasta de deudores..
– ¡Pero Jean, con esas ropas! Ciertamente, él ya no es…
– Oui, ma petite -respondió el francés, molesto porque su mujer encontrara tan fascinante a otro hombre. El no conocía las artimañas que usaba ella para darle celos; ella era una amante esposa pero estaba cansada de las aventuras de él. lean enderezó su chaqueta escarlata y se acomodó los puños-. El siervo se ha ganado la buena voluntad del señor Trahern y algunos dicen que se la ha merecido, aunque los rumores pueden estar equivocados. Vaya, algunos van tan lejos que dicen que es un hombre ilustrado y un hábil ingeniero. No creas en todo lo que oigas.
– Ah, pero es extraño, Sha
Jean Duprey se puso encarnado de irritación. Sha
– Sí, Fayme -susurró detrás de su abanico, en voz lo suficientemente alta para que lean pudiera oírla-. He oído decir que tiene la costumbre de dormir sin nada de ropa.
Fayme ahogó una exclamación.
– ¡Qué hombre!
Jean enrojeció aún más y se aclaró la garganta. Llamó a un criado y se sirvió una copa de champaña. Mientras lo bebía miró atentamente a su esposa. Súbitamente la vio bajo una nueva luz y se percató de que ella no estaba privada de belleza.
– Capitán Morel -dijo Sha
El hombre, flaco y nervudo y no demasiado apuesto, la miró. con admiración.
– Señora -dijo- yo mismo la llevaría allá.
Sólo tiene que pedírmelo e iré inmediatamente a preparar mi barco. Pero -agregó, volviéndose a su joven teniente- deberemos cubrir los ojos de todos los tripulantes para que la belleza de esta princesa no los ciegue ni los distraiga de su trabajo.
Sha
– Usted es encantador, capitán -dijo-, pero me temo que me halaga demasiado.