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Ruark había tomado una toalla y alcanzó a ver en los ojos de Sha
Sha
de él. Súbitamente se sintió como una niña en un cuerpo de mujer plenamente madura.
Sha
– Ruark, quiero terminar con esto, quiero cumplir el pacto, se que tienes motivos para odiarme, pero, Ruark -le tembló el labio superior y lo miró con ojos llenos de lágrimas -por favor, no me hagas daño.
Ruark levantó un dedo y enjugó una lágrima que caía lentamente por la mejilla de ella.
– Estás temblando -murmuró asombrado.
Se volvió y arrojó la toalla a un rincón. Sha
– ¿De veras me consideras una bestia, Sha
¿Se refería él a un hijo? Sha
Levantó hacia un lado su dorada cabellera y le ofreció a él un hombro. Los largos dedos de él desataron los lazos de seda hasta que el vestido cayó alrededor de los pies de ella. La piel de Sha
Se le escapó un suspiro y apoyó la cabeza hacia atrás, en el hombro de él. Su cabello cayó sobre el brazo de Ruark. Los labios de él se apoyaron en su boca, posesivos. La hizo volverse y se unieron como hierros al rojo, ahora con besos feroces, salvajes, devoradores mientras las lenguas entraban una en la boca del otro con hambrienta impaciencia. El le acarició la espalda y la atrajo con más fuerza. La pasión de Ruark rugía voraz y el fuego del deseo ardía descontrolado en su interior.
Ruark apoyó una rodilla en la cama, la empujó suavemente y quedaron tendidos sobre las sábanas. Su boca abierta, caliente y húmeda, quemó los pechos de Sha
Fue, un mágico, apabullante, hermoso estallido de éxtasis que la hizo arquearse contra él con un ardor tan intenso como el de Ruark. El salvaje éxtasis creció entre ellos hasta fusionarlos en el caldero de la pasión. Apretada fuertemente contra él, como si los dos quisieran convertirse en uno solo, Sha
El tiempo pareció convertirse en una eternidad antes de que Ruark levantara la cabeza. Sha
– ¿El dragón te ha hecho feliz, amor mío? -preguntó él.
La besó suavemente, tiernamente, y Sha
– Sí, mi dragón, Ruark, mi hombre feroz y bestial, tú exigiste que se cumpliera el pacto pero el premio no fue solamente tuyo. Ruark le acarició el cabello en desorden y pasó su boca por la esbelta columna del cuello de Sha
– Estás arrepentida, amor mío? -preguntó él roncamente.
Sha
– ¿Ahora estás conforme, Ruark? -preguntó.
Ruark entreabrió los labios contra los de ella, y respondió:
– Sí, amor mío. Por las noches que pasé despierto pensando en ti y torturándome, por los días en que no pude sacarte de mi mente, por las torturas que he sufrido sabiéndote cerca y siendo incapaz de verte, de tocarte. Sí, he saboreado la rosa. -Arrugó el entrecejo-. Pero como el loto, profundamente dentro de esta flor hay una semilla que se apodera de la mente. -La miró a los ojos-. La noche aún no ha terminado, Sha
Gentilmente, ella pasó los dedos por el ceño de él y las arrugas desaparecieron.
– Por esta noche -murmuró- yo soy tu esposa.
Sha
– Por todas las horas que me has atormentado, mi dragón Ruark, haré que venga a rescatarme algún gallardo caballero. Has abusado perversamente de esta doncella en desgracia.
Ruark la miró con expresión de duda.
– ¿Entonces me consideras el terrible dragón de tus pesadillas, querida mía? ¿Seré expulsado por tu caballero de plata? ¿Y en verdad, amada, he abusado perversamente de ti? ¿O me he atrevido a tratarte como a una mujer y no como a una altanera dama encaramada en un pedestal, una reina virgen a quien ningún mortal puede tocar?
Sha
– ¿Entonces, Ruark Beauchamp, por fin admites que soy una mujer? -preguntó.
– Sí, eres una mujer, Sha
¿Estás amenazándome, monstruoso dragón? -Los ojos azul verdoso lo miraron casi asustados.
– No, Sha
Se apretó contra ella y su cuerpo respondió al contacto de la piel de Sha
En un momento de más calma, Ruark se separó un poco y se recostó contra la cabecera de la cama.
Sirvió una copa de Madeira de la botella que estaba sobre la mesa de noche y se la ofreció a ella. -Compartiremos una copa -dijo, y la besó en el cuello.
Sha
Probaron el vino como amantes, bebiendo del mismo punto de la copa y en seguida besándose mientras el sabor persistía en sus bocas. El la devoraba con los ojos, bebía su belleza, la tocaba en todas partes. Su mano se movía audazmente, le acariciaba los muslos, trazaba intrincados dibujos sobre la piel de su vientre. Sus pechos llenos, tentadores y terminados en puntas rosadas, temblaban bajo las suaves caricias.