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CAPITULO OCHO

La mañana nacía con vibrantes colores que se reflejaban y cambiaban el color de las aguas y daban a las olas los tonos rosados y dorados del amanecer. El aire mismo parecía cargado con una niebla rosada y los verdes de los prados y los árboles extendíanse interminablemente hasta que se unían al azul del mar suavemente ondulante.

Sha

La gloria del amanecer se diluyó en hi brillante luz del día cuando el sol se separó del horizonte y comenzó su vuelo a través del cielo. Sha

Sha

¿Cuál era la cura para esta enfermedad? ¿Por qué estaba ella tan afectada? ¿Sería ella una mujer que andaría siempre ansiosa de hombres pero que en ninguno encontraría satisfacción? Antes se había visto acosada por las atenciones de hombres mucho más encumbrados y su corazón no se había ablandado, pero ahora su mente veía constantemente la cara del que la obsesionaba, de este Ruark, este demonio, este dragón de sus sueños.

Sus párpados estaban pesados por la falta de sueño. Lentamente, ella sucumbió a ese peso y su mente voló inquieta sobre un agitado mar de sopor. El estaba allí, con su cuerpo reluciente, resplandeciente, de

Bronce aceitado, aguardándola antes de que ella pudiera alcanzar sus sueños, y ella supo que si lo tocaba, él sería sólido y real.

Sus ojos encontraron la cara de él y quedaron atrapados por una satánica seducción. Esos ojos la aferraron como garras doradas y los labios se abrieron y emitieron un Susurro grave, entrecortado:

"Ven a mí. Entrégate a mí. Ríndete. Ven a mí".

Ella se resistió con toda la fuerza de su miedo. Entonces la cara empezó a cambiar. La nariz creció hasta convertirse en una larga trompa de dragón por cuyas fosas nasales salían ondulantes nubecillas de humo.

La piel se volvió verde y escamosa y los ojos resplandecieron como dos linternas doradas que brillaban con hipnótica intensidad. Las orejas sobresalieron como pequeñas alas de murciélago. La blanca sonrisa se convirtió en una mueca estereotipada con amenazadores colmillos. Entonces, con un rugido aterrador, él despidió una bocanada de llamas que la envolvió completamente, privándola de sus fuerzas, debilitando su voluntad, hasta que ella empezó a retorcerse, indefensa y aterrorizada, y a rogar a la bestia que se apiadara de ella.

Sha

Sha

Para escapar a esta tortura huyó a la planta baja, en busca de su padre. Orlan Trahern detuvo la cuchara con melón a mitad de camino a su boca. Era necesario un acontecimiento extraordinario para interrumpir su comida, pero la visita de su hija esta mañana lo hizo. Ella tenía el cabello enredado y en desorden, los ojos enrojecidos e hinchados, pálidas las mejillas y no estaba vestida y preparada para iniciar el día. Era inaudito que se presentara en ese estado. El hacendado dejó la cuchara en el plato y aguardó una explicación.

Bajo la mirada preocupada de su padre, Sha

– Lo siento, papá -empezó tímidamente-. Pasé una mala noche y todavía no me ciento bien. ¿Me disculpas si hoy no salgo contigo?

Orlan Trahern levantó su cuchara y masticó mientras consideraba el pedido de su hija.

– Últimamente me he acostumbrado a tu compañía, querida. Pero supongo que podré arreglármelas si no vienes conmigo un día o dos. Llevo aproximadamente una década en este negocio.

Se levantó, la tocó en la frente y encontró un poco de fiebre.

– Me apenaría muchísimo si te enfermaras -continuó él-. Sube a tu habitación y descansa por hoy. Enviaré a Berta para que te llévelo que desees. Ahora tengo que ocuparme de algunas cosas urgentes. Vamos, criatura, hazme caso y sube a tu cuarto.

– ¡Oh, papá, no! -Sha

– ¡Tonterías! -dijo él-. Quiero verte acostada y atendida antes de marcharme. Sube ahora.

Sha

Trahern vio a su hija acostada y arropada antes de despedirse y marcharse. Sha

– No estoy segura, pero podría ser la fiebre. Estás un poco caliente. Creo que un poco de caldo y un té de hojas de laurel te harán bien.

Antes de que Sha

– ¡Maldito canalla! ¡Maldito canalla! ¡Maldito canalla! -gimió. Llegó la tarde, pero la batalla interior continuaba. La mente de Sha

Con un sollozo, Sha

– Está decidido. Está decidido. Cumpliré con el pacto. Me rendiré. Sha

Hergus, la escocesa, era leal y de confiar. La mujer guió a Ruark en la oscuridad, deteniéndose a menudo para asegurarse de que él la seguía pero manteniéndose varios pasos adelante de él. Rodearon la casa de la plantación y tomaron un estrecho sendero que corría entre los árboles de la parte posterior. Pasaron por una cabaña sin uso y después por otra. El sendero atravesó un denso seto de arbustos y los llevó a un pequeño claro. Allí, en profundas sombras, había otra cabaña más grande y espaciosa que las demás. Una luz brillaba débilmente en una de las ventanas.

Ruark sabía que estas eran las casas de huéspedes de la mansión. Sin embargo, se las usaba muy poco pues la mayoría de los invitados preferían el lujo de la casa grande. Pero Ruark nada sabía del motivo por el cual lo habían ido a buscar. La mujer había llegado a su humilde cabaña y sólo dijo que era Hergus y que él debía venir con ella. El sabía que ella era miembro de la servidumbre de la casa de Trahern pero no pudo imaginar que el hacendado lo hiciera venir en esta forma tan discreta.