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CAPITULO SIETE
Sha
Una tarde llena de sol Sha
y evitar el camino que atravesaba la isla. Fustigó al semental hasta que olas le llegaron a la barriga, evitó unas rocas puntiagudas y llegó a su destino. Los acantilados se elevaban en tres de los lados. El único acceso era desde el mar. Sintiéndose segura, Sha
En una estrecha franja de arena tendió una manta en la sombra y se quitó toda la ropa excepto la camisa corta. Aquí, por fin, había una privacidad que nadie podía profanar. Por un tiempo estuvo tendida, leyendo un libro de sonetos y pasándose distraídamente los dedos por el cabello mientras leía. Con el calor del día empezó a amodorrarse. Puso un brazo sobre los ojos y se durmió.
Cuando despertó 1o hizo con un sobresalto, sin poder determinar qué la había alarmado. Su mente estaba intranquila pero no parecía haber motivos para preocuparse. Los acantilados estaban desiertos y desnudos como antes. Allí no había nadie.
Más serena, Sha
Cansada del juego, Sha
Ahogando un grito, Sha
El grito que ahora subió a su garganta esta vez no fue ahogado. Fue un grito de pura cólera. ¿No había ningún lugar donde estuviera libre de él? Furiosamente se quitó la toalla de la cabeza y la arrojó a sus pies.
– ¡Vete! -gritó y su voz resonó en la caleta- ¡Vete de aquí! ¡Déjame sola! ¡No te debo nada!
Las carcajadas de Ruark flotaron hasta ella mientras él caminaba siguiendo el borde del acantilado que rodeaba a la caleta. El empezó a cantar con rica voz de barítono y los versos, tontos y pueriles, seguían una melodía que ella había oído antes:
La altanera reina Sha
La altanera reina Sha
El la observaba tan atentamente como ella a él. Sha
Otro grito furioso ahogó la voz de él cuando ella se puso su vestido por la cabeza, sin detenerse a abrocharse la espalda. Arrojó sus otras prendas sobre la manta, a la que ató en un lío que arrojó sobre el lomo de Attila. Montó y obligó al animal a meterse en el agua.
– Buenas tardes, amor.
El grito de Ruark hizo que ella incitara al semental y una vez más las carcajadas de Ruark siguieron sonando en sus oídos hasta que, en casa por fin, ella escondió la cabeza debajo de la almohada, en su habitación.
El aire era pesado, la noche calurosa. La sábana estaba húmeda y Sha
Hacía mucho tiempo su madre le había enseñado que por más calor que hiciera no debía dormir desnuda. Era una orden que Sha
Aun este calor era mejor que la húmeda y brumosa Londres, musitó Sha
Salió a la galería y apoyó un muslo contra la madera fresca de la balaustrada.
La noche era serena pero ella extendió los brazos y giró lentamente con todo el cuerpo, tratando de aprovechar cualquier soplo de brisa que llegara. Levantó los brazos sobre su cabeza, se estiró, arqueó la espalda y sintió que el camisón se ponía tenso contra sus pechos.
Soltó un largo suspiro. Le gustaba nadar en las claras aguas azules, correr entre los árboles y montar en el lomo de un caballo brioso para correr con el viento por los prados. En Inglaterra no se consideraba apropiado que una dama hiciera tanto ejercicio y Sha
Pero últimamente algo parecía faltarle, como si hubiera otra actividad que pudiera satisfacerla más. Ella no sabía cuál era pero cuando tenía esa sensación, habitualmente le venía acompañada por el recuerdo de unos ojos cálidos y dorados que sonreían a los suyos.
Sha
Sha
– ¡Ruark! -El susurro salió entre sus labios entreabiertos.
El le volvió la espalda, pateó la hierba con un pie calzado con sandalia Y se alejó despreocupadamente, silbando una tonada que pareció quedar flotando detrás de él. Ahora Sha
– ¡Maldito bribón! -susurró.
Sha
¿Cómo podría dormir sabiendo que él está siempre cerca, deslizándose bajo mi balcón, espiándome en todo momento?
Fastidiada, giró hasta quedar boca abajo Y apoyó el mentón en sus brazos cruzados.
¿Qué quería de ella el canalla? ¡Ja! Eso no era ningún misterio.
¡El pacto! ¡Ah maldito pacto! y él estaba empecinado en salirse con la suya. ¿El precio? Una noche con él, cuando él lo quisiera.
Sha
– Es solamente curiosidad -murmuró-. He probado apenas ese licor y ahora quiero probarlo más ampliamente. Es 1o que desearía cualquier mujer y yo soy una mujer Y me encuentro bien y en condiciones de poner seriamente a prueba el ardor de ese bribón. El dice que yo soy menos que una mujer que no quiero entregarse a ningún hombre. Es un tonto, porque ansío fervientemente encontrar un hombre noble que venga y me tome en sus brazos Y así doblegue toda mipasi6n a sus encantos.
Sha
“¡El hasta espía mis pensamientos!”
Furiosa, arrojó una almohada al suelo. ¿Qué clase de hombre era este Ruark Beauchamp que se introducía subrepticiamente en sus sueños?
Pasaron quince días y en la tarde del sábado Sha