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– ¡Jamás había sido tan insultada en mi vida! -dijo casi ahogada con la furia-. ¡Déjeme!
Obedientemente, Ruark sacó el brazo que la sostenía por debajo de las rodillas y dejó que los pies de ella se deslizaran hasta el escalón; pero su otro brazo siguió sosteniéndola contra su pecho. Sha
– ¡Oh, mire lo que ha hecho! -gimió.
Le era imposible retroceder ni un solo paso. El tenía los pies ligeramente separados y ella estaba como atada a él, obligada a permanecer de pie en el espacio entre las piernas de él, o apartarse y desgarrar el corpiño de su vestido. Sintió los muslos duros y nones de él contra los suyos y la situación le resultó sumamente comprometedora y humillante. El brazo de Ruark rodeándola flojamente, su cabeza cerca de la de ella y su tibio aliento acariciándole la mejilla no facilitaban los intentos de Sha
y aunque ella trató de desenredar el encaje enganchado en el botón se encontraba en tal estado que sólo consiguió enredarlo más. Furiosa, emitió un gemido de frustración ella.
– A ver, déjame a mí -dijo Ruark riendo y apartó las manos de Sha
– ¡Oh, basta ya, tonto chapucero! -gritó y perdiendo la paciencia lo empujó con fuerza.
Ruark retrocedió casi tropezando y su movimiento fue acompañado por el ruido de la tela al desgarrarse y una exclamación ahogada de Sha
Ruark sintió que la boca se le secaba de repente y la respiración se le atascaba en la garganta con un doloroso nudo. Como un hombre famélico, miró las llenas, maduras delicias que tenía delante y casi no pudo resistir un impulso de tomar esos pechos en sus manos.
– ¡Usted, colonial idiota! -exclamó Sha
Al oír el grito Pitney se acercó preocupado, ignorante del motivo del disgusto de su ama.
– ¡No! -gritó Sha
El pánico en la voz de ella hizo que Pitney se volviera inmediatamente porque creyó que el daño era mayor que un ligero desgarro. Se retiró varios pasos para no ponerla en una situación aún más embarazosa.
Sha
– Si tiene algo de decencia, vuelva la cabeza.
– Sha
Sha
Hubo un momento de silencio mientras Ruark luchaba con sus propias emociones. Debajo de su flotante capa, se llevó las manos a la espalda y las enlazó con fuerza.
– ¿Preferirías regresar al carruaje ahora? -preguntó con amable solicitud.
– Hoy he comido poco pues he estado muy inquieta -replicó Sha
Los ojos. de Ruark centellearon con humor demoníaco y sus labios se curvaron lentamente en una delicada sonrisa.
– Eres la luz y el amor de mi vida, Sha
– ¡Ja! Se me ocurre que usted es un libertino y que ha tenido muchas "luces y amores" en su vida. No creo que yo sea la primera.
Ruark abrió gentilmente la puerta para que ella pasara.
– No puedo negar que no eres la primera, Sha
– viva. -Sus ojos adquirieron una expresión seria y parecieron sondearla-. Yo no exigiría de una esposa más de lo que esté dispuesto a darle. Te aseguro, amor mío, que desde ahora no pasará un solo día sin que estés permanentemente en mis pensamientos.
Confundida por la gentil calidez de esa mirada y la franqueza de esas palabras, Sha
Perdida en sus cavilaciones, Sha
El señor Hadley y John Craddock, que los habían precedido, ahora estaban sentados ante la larga mesa común que llenaba el centro de la estancia. La posada estaba vacía salvo el posadero y su esposa, porque los clientes locales habían huido a sus casas cuando empezó la tormenta. Un fuego crepitaba acogedor en el hogar y lanzaba sombras danzarinas hacia las toscas vigas de madera que sostenían el techo, además de proporcionar calor a los mojados huéspedes. Después de una larga y torva mirada de advertencia a Ruark, Pitney se unió a los dos guardias y vació rápidamente un pichel de ale.
Ruark se sintió muy aliviado al hallarse en una mesa solo con su esposa. Hizo sentar a Sha
– ¿Quién era la muchacha que lo acusan de haber asesinado? ¿Era su querida?
Ruark la miró y enarcó una ceja.
– Sha
– Tengo curiosidad -insistió ella- ¿No quiere contármelo? ¿Por qué lo hizo? ¿Ella le era infiel? ¿Fueron los celos que lo impulsaron a matarla?
Ruark se inclinó hacia adelante, apoyó los brazos sobre la mesa, agitó la cabeza y rió ásperamente.
– ¿Celoso de una criada con quien apenas hablé unas pocas palabras? Mi querida Sha
– ¿Así de simple? Quiero decir ¿no hubo nada más entre ustedes dos? ¿Usted nunca la había visto antes?
Ruark arrugó el entrecejo y estudió pensativo el líquido de su copa a la que inclinó de un lado a otro.
– Ella reconoció el color de las monedas de mi bolsa cuando yo pagué la comida. Fue suficiente para que nos hiciéramos amigos. El tono amargo de su voz dijo mucho que Sha
Está arrepentido de haberla matado ¿verdad? -preguntó Sha
– ¿Matarla? -Ruark rió brevemente-. Ni siquiera recuerdo haberme acostado con ella y mucho menos haberle puesto una mano encima. Ella me robó mi bolsa y me dejó sin nada, aparte de mis calzones, para enfrentar a los casacas Rojas, los soldados que a la mañana siguiente me arrancaron de su cama. Me acusaron de haberla asesinado porqués ella llevaba en su vientre un hijo mío, pero Dios sabe que eso es mentira. Es no era posible porque yo había llegado de Escocia y alquilado un cuarto en esa posada esa misma tarde. Nunca había visto a la muchacha. Pero me llevaron ante el magistrado, lord Harry se llamaba – Ruark rió despectivamente- y me dieron solamente un momento para, defenderme antes de que me acusaran de mentir y me arrojaran a la más oscura mazmorra, hasta que el mismo lord Harry decidió cuál era mi culpa. Asesinato, declaró, para no casarme con la muchacha. ¿Puede imaginarse, con todos los bastardos que hay en el mundo, cómo podría ser verdad una cosa así? Habría sido más fácil abandonar el país. Y todavía más simple, si en un momento de locura yo hubiese matado a la muchacha, huir de su habitación antes de que el posadero fuera a despertarla para que empezara su trabajo del día. Pero como un perfecto tonto, me quedé dormido en su cama hasta el día siguiente. Por Dios, yo no la maté ¡Sé que yo no lo hice!