Добавить в цитаты Настройки чтения

Страница 140 из 144

Su voz se volvió implorante cuando miró a: Ruark.

– ¿Cómo puede usted acusarme? Nunca hice nada para lastimarlo. Dios mío, hombre. Yo pagué el dinero para salvado de la horca. ¿Acaso eso no vale nada?

Súbitamente Ralston recordó las cadenas con que había cargado al hombre, las amenazas proferidas. Ninguna compasión podía esperar por ese lado. Se volvió hacia Pitney.

– Hemos viajado juntos. -Pero Ralston recordó la fusta ensangrentada y supo que el hombre hosco sospechaba de él. Ninguna ayuda por este lado. Miró a Trahern y vio la expresión furiosa del hacendado

– ¿Usted compraba los hombres en la cárcel -preguntó Trahern y se embolsaba la diferencia?

¡Pánico! ¡Miedo! El mundo de Ralston se derrumbaba a su alrededor. Luchó por aquietar sus manos temblorosas y sus rodillas que se sacudían violentamente. Entonces Ruark habló con calma.

– ¿Quién le dio el anillo, señor Ralston? ¿Sir Gaylord, quizá? El agente lo miró con la boca abierta y súbitamente soltó una carcajada histérica.

– Por supuesto -dijo-. Con eso me pagó un dinero que yo le había prestado.

– ¿Y dónde dijo sir Gaylord que lo había obtenido? -preguntó Ruark, por encima de los murmullos de sorpresa.

– Vaya, dijo que de un escocés. Por algo que el hombre le debía.

– Jamie es escocés -dijo Pitney, ceñudo-. El podría haberle robado el anillo a Ruark.

– ¿Dónde está sir Gaylord? -preguntó Ruark-. ¿Cabalgando, todavía?.

– Nadie lo ha visto -repuso Amelia.

– Llegaremos al fondo de este asunto cuando él regrese -dijo el mayor.

– ¿Cuánto pagó usted por Ruark? -preguntó Trahern a su agente. El alivio de Ralston se convirtió abruptamente en consternación, y el hombre farfulló la respuesta:

– Doscientas libras.

– Usted me dijo mil quinientas y debo suponer que me ha estafado antes. – Trahern sacó el saquito de dinero y lo arrojó a Ruark-. Nunca ha existido una deuda de servidumbre contra usted, y sus servicios han pagado con creces lo que invertí en usted, muchacho. -Sin volverse, añadió-: Las cuentas a su favor que tiene el señor Ralston en Los Camellos servirán para pagar lo que me ha estafado.

Ralston tartamudeó, indignado:

– ¡Esto es todo lo que poseo en el mundo!

– Sería mejor que poseyera lo suficiente para vivir un tiempo en las colonias -dijo Trahern, atravesando a Ralston con una mirada glacial- porque usted ya no es empleado mío. -El hacendado continuó, en tono casi jovial-: Quizá el señor Blakely lo acepte como siervo. Quienquiera que sea su próximo amo, le sugiero que no lo estafe.

Ralston dejó caer los hombros. Había perdido aquí más de lo que ganara por medio de sus sucias artimañas. Era un golpe cruel, ciertamente, si tendría que pasar el resto de su vida en las colonias. Si Gaylord no le pagaba lo que le debía, se vería en un verdadero aprieto.

La habitación quedó silenciosa y Ralston se desplomó sobre un sillón.

Pasada la excitación, Sha

– No es posible cerrar la puerta -le recordó ella, y se tendió de espaldas en la cama-. ¿Te, das cuenta de que no tendremos que seguir ocultándonos?

Ruark fue hasta el guardarropa y sacó una camisa limpia.

– Ahora que puedo reclamar mi habitación, voy a reclamar todo lo que hay en ella.

La miró y ella le respondió con una risita.

– No con esa puerta abierta. Refrena tu ardor hasta que esté reparada.

– Me ocuparé de que la arreglen cuanto antes.

Sha

– Hay algo que todavía me inquieta, Ruark -dijo ella quedamente-. ¿Quién trató de matarte.

– Tengo mis fuertes sospechas -repuso él-. y pienso descubrir la verdad, tenlo por seguro.

– Te amo -susurró Sha

Ruark empezó a acariciarla suavemente. Pero de pronto sus dedos se detuvieron debajo de una rodilla de ella.

– ¿Qué tienes aquí?

Sha

– Desde esta mañana decidí que tú necesitabas protección.

Ruark estaba más interesado en la exhibición de las bien formadas piernas y siguió acariciando la piel desnuda. Sus besos se hicieron más atrevidos y su sangre empezó a circular alocadamente. Sin aliento, Sha

– La puerta. Alguien puede vernos.

– Parece que tenemos problemas de intimidad -repuso Ruark roncamente, -y depositó un beso en el vientre de terciopelo antes de bajarle las faldas-. Veré que puedo conseguir para arreglar esa puerta. No te vayas.

– Te esperaré -le aseguró ella.

Mientras escuchaba las pisadas de él que- se alejaban por el pasillo, Sha

CAPITULO VEINTIOCHO

Sha

– ¿Ruark? -murmuró-. ¿A qué estás jugando ahora?

Una forma oscura se le acerco y se irguió.

– ¡Gaylord! -Sha

– Vaya, mi querida Sha

– ¡Claro que no! -exclamó ella. Todavía estaba semidormida. Pero él… no estaba presente cuando el arribo de Garland. ¿Cómo pudo enterarse de su casamiento?

– Antes que llame a los sirvientes y lo haga arrojar de aquí, le pregunto otra vez, sir Gaylord. ¿Qué hace aquí?

– Tranquilícese. -El inglés apoyó un largo mosquete en el respaldo de una silla y se sentó-. Estuve ocupado en algunos asuntos personales y sólo quiero hablar con usted en privado.

Sha

– No me imagino qué temas podemos tener en común, sir Gaylord -dijo Sha

– Ah, mi hermosa lady Sha

Sha

– ¿Qué dice usted?

– Su casamiento con John Ruark, por supuesto. ¿Usted, no quiere que nadie lo sepa, verdad?

De modo que él no sabia que el secreto había sido revelado. Pero estaba enterado del casamiento.

– ¿Señor? ¿Usted tiene intención de pedirme dinero?

– Oh, no, mi lady -dijo él, y sus ojos la siguieron hambrientos cuando ella se alejó un poco.

Gaylord se puso de pie y se ubicó entre Sha

– Nada tan ruin -dijo con una mueca-. Sólo necesito su ayuda y usted tiene algo que ceder en cambio. Si usted convence a su padre y a los Beauchamps de que inviertan una buena suma en el astillero de mi familia, yo nada diré de su casamiento con este individuo Ruark ni informaré a las autoridades que su marido es, en realidad, un asesino fugitivo.

– ¿Cómo sabe usted eso? -preguntó Sha

¿Usted se casó con él en la cárcel, verdad? Sha

– Bueno, me iré a Londres, por supuesto -repuso él-, para ocuparme de mis asuntos allí.