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– ¡No! -La palabra estalló en los labios de Pitney-. El ya ha sangrado bastante y yo he visto morir demasiadas personas en manos del barbero.
El alemán retrocedió airado pero contuvo su lengua cuando Trahern habló dando la razón a Pitney.
– No habrá sangrías aquí -dijo el dueño de casa-. Yo también he visto morir a una persona amada bajo la lanceta y no creo prudente debilitar aún más a este desdichado.
– Entonces nada tengo que hacer aquí -replicó el cirujano con los labios pálidos de ira-. Estaré en la aldea si me necesitan.
Sha
– Ahora márchense -ordenó-. Déjenlo dormir, El necesitará todas sus fuerzas. Yo me quedaré un rato junto a él.
Mientras Trahern y Pitney se alejaban por el pasillo, Gaylord se detuvo en la puerta. Aunque Sha
– Es una cosa terriblemente decente lo que usted está haciendo aquí, señora -dijo-, después de todo lo que la ha hecho pasar este individuo.
Sha
– Sé que debió sufrir tremendas atrocidades en manos de los piratas -continuó él. Otra pizca de rapé, un estornudo, y el pañuelo de encaje delicadamente en su nariz-. Pero quiero asegurarle, señora, que mi propuesta de matrimonio sigue en pie. Y en realidad, aconsejaría que la boda se celebre lo antes posible a fin de acallar rumores que sin duda se difundirán, sobre su deshonra y vergüenza. Quizá usted conozca alguna mujer en la isla que pueda servimos para librarla de la prueba de los malos tratos que ha sufrido.
Sha
– Sin embargo yo no hablaría de su… Hum… desgracia a mi familia. Será ya bastante difícil convencerlos de la cuestionable herencia de su padre.
Sha
– Es muy bondadoso de su parte, señor -dijo-, pero cualquier simiente que lleve en mi seno como resultado de mi… Hum… desgracia, ¡estoy decidida a llevada hasta el final!
Sir Gaylord se sacudió un puño de su chaqueta y continuó demostrando su magnanimidad. Seguramente, esta muchacha vulgar quedaría impresionada.
– Sin embargo, querida mía, deberíamos casarnos antes de que usted quede deshonrada. Si usted estuviera encinta, negaríamos todas las murmuraciones y yo me presentaría como el padre de la criatura.
La miró para ver el efecto de su impecable lógica pero sólo vio la espalda rígida, de ella. No podía saber que Sha
Afrontaría personalmente cualquier desafío y retaría a duelo a quienquiera que lance sombras sobre su nombre.
Sha
– ¡Fueeera! -gritó con voz semi ahogada.
– Por supuesto, querida mía -murmuró sir Gaylord, sin comprender la situación-. Comprendo. Usted está alterada. Podremos discutido más tarde.
Dio varios pasos antes de casi tropezar con su bastón y súbitamente recordó que tenía que cojear con su pie vendado. El caballero debió dar un salto para evitar la puerta que se cerró violentamente a sus espaldas.
Sha
Ansiosamente, ella tocó la frente y la encontró sumamente afiebrada
– ¡Oh, maldición! -exclamó. Los ojos se le llenaron! del lágrimas mientras una abrumadora sensación de impotencia se abatía sobre ella-, ¡Oh, Dios, no permitas que muera!
Llego la media noche, paso y Sha
De pronto, él abrió los ojos. Su cara se crispó salvajemente.
– ¡Maldición! -dijo él-. ¡No había visto antes a la muchacha! ¿Por que no me creen…?
Con un gruñido, apartó a Sha
– Cuatro paredes… techo… suelo… puerta. Contaré las piedras. contaré los días, uno por uno. ¿Pero cómo los contaré si no puedo ver el sol?
Sus palabras se volvieron ininteligibles. Sha
– ¡Entonces quítenme todo! ¡Quítenme la vida! ¿Qué me importa la vida, ahora que ella se ha marchado? ¡Maldita! ¡Maldito sea su malvado corazón! ¡Ah, cómo la odio! ¡Esposa malvada! Me provoca, me acosa, me seduce, me deja muerto de deseos por ella. ¿Ya no tengo voluntad propia?
Su voz se quebró y el pecho se le sacudió con fuertes sollozos. Sha
– Pero todavía -continuó- la amo. Yo podría aprovechar mi libertad y huir. pero ella me tiene atado á su lado. -Bajó la mano y, siguió hablando y gimiendo-. No puedo quedarme. No puedo marcharme.
Cerró los ojos no habló más.
Sha
Se sentía profundamente avergonzada y arrepentida. De todos los hombres a quienes había herido con el filo de su lengua, Ruark era el Único a quien realmente no había querido lastimar. Y ahora él, a causa de ella, estaba cercano a la muerte.
Siguió cuidando a Ruark, secándole el sudor y vertiendo líquido entre sus labios resecos. Y él seguía delirando y agitándose, como poseído por un demonio.
– No significará nada para mí -dijo él-. No me presiones más. Ella recibirá el regalo…
Se convirtió en un trabajo interminable. Pasó la noche. Por fin rayos de luz del sol naciente entraron en la habitación. En su silla Sha
Débilmente, sintió que a sus espaldas se abría y cerraba la puerta. Despertó sobresaltada cuando una sombra enorme y oscura se le acercó. Ahogó un grito, como si esperara reconocer a Pellier que venía a violarla. Pero con enorme alivio vio que era Pitney. Suspiró y se pasó una mano por la frente.
– Sabía que usted no confiaría en ningún otro -dijo él con su voz áspera y grave que la conmovió, pese a que no estuvo ausente un toque de sarcasmo.
Sha
– Esto es inútil -dijo Pitney-. Pronto usted no servirá de nada para él ni para usted misma. Vaya a su habitación y duerma. Yo velaré. ¡Váyase! -repitió en tono severo, pero cuando notó la expresión angustiada de ella, se suavizó-. Yo cuidaré de su hombre tan bien como de sus secretos.
Sha
Le pareció que sólo un momento después Hergus la sacudía para despertarla.
– Vamos, señorita Sha
Sha
Pitney había sacado una baraja y estaba jugando con ellas en una mesilla cuando Sha
– Su padre vino un momento pero ya se fue -dijo Pitney.
Sha
Pitney vino a su lado. Ella tocó la carne hinchada, con un dedo tembloroso.