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Ruark no perdió tiempo, se quitó sus malolientes calzones y se metió en la tina con un largo suspiro de deleite. Se frotó concienzudamente y varias veces con un fuerte jabón para quitarse la suciedad y los parásitos de la prisión y también se enjabonó la cabellera. Estaba ansioso por ponerse en camino y se secó rápidamente con la toalla antes de ponerse las medias y los calzones oscuros. Pero se detuvo lo suficiente para notar que los últimos le ceñían apretadamente los muslos. Quizá Sha

Rechazó los polvos perfumados que habían dejado a su disposición y peinó sus cabellos negros en una coleta en la nuca y los cepilló frente al espejo. De pie delante de su imagen, se puso la camisa color crema con volantes de encaje en los puños, aseguró la chorrera de encaje y se puso el chaleco de seda que armonizaba con sus ceñidos calzones. Se puso después la chaqueta de terciopelo lujosamente ornamentada con hebras de oro que dibujaban elaborados adornos en los anchos puños y en la parte delantera. El cuero de los zapatos castaños estaba suavemente pulido y adornado con hebillas de filigrana de oro. Un tricornio de terciopelo bordado en, oro completaba el atuendo.

Ruark pensó, mientras se miraba con ojo crítico al espejo, que Sha

– Creo que mi señora se sentirá agradablemente sorprendida. – Terminó su ale de un solo trago y miró su reloj-. Será mejor que nos pongamos en marcha.

Era una pequeña iglesia rural cubierta de hiedra, pero con los fríos del inminente invierno las hojas estaban oscuras y quebradizas contra las grises paredes de piedra. La llovizna había cesado y brillantes rayos de sol atravesaban las nubes y encendían con mil colores los cristales de las ventanas de la rectoría.

Sha

La rolliza esposa del buen clérigo estaba sentada junto a ella, sorbiendo su té sin dejar de observar a Sha

La señora Jacobs admiraba reverentemente esta belleza porque la envidia no tenía cabida en su alma. En lo hondo de su corazón era una romántica y obtenía gran placer en lo que para ella era el serio arte de concertar casamientos. El novio, como ella lo veía con los ojos de la mente, tendría que ser guapo y encantador, porque nadie que no lo fuera hubiera podido tener una novia como ésta.

Sha

– ¿Qué sucede, querida? -preguntó la amable mujer con mucho interés-. ¿Ya vienen?

Los ojos azules de la señora Jacobs miraron hacia el camino distante y, como ella había adivinado, un carruaje estaba subiendo la colina y pronto llegaría a la iglesia.

Sha

Sha

– Esta usted radiante, querida.-La señora Jacobs pronunció la, “r ” arrastrándola, con un fuerte acento escocés. No se preocupe por su aspecto. Vaya a recibir a su prometido. Yo le traeré su capa.

Sha

– Ese rústico colonial -dijo entre dientes-. ¡Por lo menos veré que no se haya puesto los calzones al revés!

Los caballos rucios levantaron sus finas y nobles cabezas y se detuvieron nerviosos frente a la iglesia. Pitney metió cuidadosamente su pistola debajo de su chaqueta mientras el señor Craddock saltaba a tierra y, como cualquier buen cochero, abría la portezuela para que ellos bajaran. Aceptando el gesto de advertencia de Pitney, Ruark se apeó del carruaje y miró pensativamente hacia los páramos.

Sintió un gran deseo de echar a correr por los campos sólo para tener la sensación de libertad que ello hubiera podido producirle, pero sabía que no llegaría más allá de ese bajo muro de piedra. Pitney era fuerte pero su tamaño le restaba velocidad, y el señor Craddock y Hadley no parecían muy rápidos ni de piernas ni de mente. Ruark estaba convencido de que ellos no hubieran podido alcanzarlo, pero la pistola de Pitney y sus balas de plomo eran muy capaces de detenerlo. Estaba, además, la cuestión de un pacto que él se sentía ansioso por ver cumplido. Esto lo contuvo más efectivamente que la amenaza de muerte. Últimamente, esa sombría señora había sido muy a menudo su compañera.

Caminó lentamente hacia la escalinata de la iglesia pero se encontró en el centro de un grupo cerrado. En el primer escalón, Ruark se detuvo y miró a los tres hombres, todos los cuales se mantenían muy cerca de él.

– Caballeros. -Una débil sonrisa jugó en un ángulo de su boca-. Si yo intentara escapar ustedes, sin duda, usarían las armas que ocultan tan ostentosamente. No les pido que sean remisos en sus obligaciones sino que se queden un poco más atrás, como si fueran realmente sirvientes contratados.

Ante una señal de Pitney, los dos hombres regresaron al carruaje y se apoyaron en él, aunque siguieron con la atención puesta en Ruark porque habían comprendido muy bien el hecho de que sólo obtendrían su recompensa si hacían bien su trabajo.

– ¿Y ahora qué, Pitney? -preguntó Ruark-. ¿Entramos o aguardamos aquí a mi lady?

El sirviente frunció los labios, pensó en la pregunta y se sentó en un escalón, Con su voz áspera, dijo rotundamente:

– Ella ha oído al carruaje. Saldrá cuando esté dispuesta.

Ruark subió varios escalones hasta el portal cubierto y allí se dispuso a aguardar. Estaba pensando seriamente en iniciar una conversación con su estoico escolta cuando la pesada puerta de madera se abrió y salió su presunta novia. Ruark ahogó una exclamación", porque a plena luz del día Sha

Sha

Ruark se apoyó en el muro de piedra y sonrió admirado mientras sus ojos acariciaban la bien formada espalda de ella. Súbitamente, Sha

El era muy guapo, indudablemente, con magníficas cejas oscuras que se curvaban nítidamente dibujadas; una nariz fina y recta; una boca firme pero casi sensual. La línea de su mandíbula indicaba fuerza y se flexionaba con los movimientos de los músculos. Entonces los ojos de Sha