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CUARTA PARTE

Londres

– Lo mismo que en las otras ocasiones, Alfred. Lleva alegremente a los vigilantes por el camino de la amargura durante tres horas y luego vuelve a su piso.

– Eso son pamplinas. Harry. O se encuentra con otro agente o deja el material en alguna parte.

– Si lo hace, a nosotros se nos ha escapado. Otra vez.

– ¡Maldita sea! -Vicary utilizó la colilla del cigarrillo para encender otro. Estaba disgustado consigo mismo. Fumar cigarrillos ya era bastante malo. Encender el siguiente con la brasa del anterior era intolerable. Toda la culpa la tenía la tensión de aquel juego. Había entrado en su tercera semana. Vicary permitió a Catherine fotografiar cuatro remesas de documentos de la Operación Timbal. Cuatro veces llevó la mujer a los vigilantes tras de sí en largos seguimientos por Londres. Y en las cuatro ocasiones fueron incapaces de detectar cómo y cuándo se desembarazaba del material. Vicary empezaba a estar de los nervios. Cuanto más se prolongase la operación de aquella forma, más probabilidades había de cometer un error. Los vigilantes estaban agotados y Peter Jordan a punto de rebelarse.

– Quizá no estemos llevando esto como es debido -dijo Vicary.

– ¿Qué quieres decir?

– La seguimos, con la esperanza de detectar cómo lo suelta. ¿Y si cambiáramos de táctica y empezásemos a buscar al agente que lo recoge?

– ¿Pero cómo? No sabemos quién es ni qué aspecto tiene.

– La verdad es que podemos identificarlo. Cada vez que Catherine sale, vamos con ella. Y lo mismo hace Ginger Bradshaw. Ha tomado docenas y docenas de fotografías. Nuestro hombre por fuerza tiene que haber estado con esa mujer.

– Es posible y, desde luego, merece la pena probar.

Harry volvió diez minutos después con un montón de fotos. Una pila de treinta centímetros de altura.

– Ciento cincuenta fotografías, para ser exactos, Alfred.

Vicary se sentó ante la mesa y se puso las gafas con cristales de media luna, las de leer. Empezó a coger fotos, una por una, y a explorar los rostros, la ropa, todo lo que pareciera sospechoso, cualquier cosa. Con la maldición de tener una memoria fotográfica, Vicary archivaba en su cerebro las imágenes de una foto y luego pasaba a la siguiente. Harry sorbía té y paseaba entre las sombras.

Dos horas después, Vicary creyó tener una pareja.

– Mira, Harry, ahí, en Leicester Square. Y aquí vuelve a aparecer, en la entrada de la estación de Euston. Podría ser una coincidencia, podría tratarse de dos personas distintas, pero lo dudo.

– ¡Vaya, qué me aspen! -Harry examinó la figura de la foto: bajo, pelo oscuro, hombros cuadrados y ropa corriente. En su porte no había nada que llamase la atención…, perfecto para el trabajo de calle.

Vicary reunió las fotos restantes e hizo dos montones.

– Empieza a buscarle, Harry. Sólo a él. A nadie más.

Al cabo de media hora, Harry seleccionó una foto tomada en la plaza de Leicester, que resultaba mejor aún que la primera.

– Necesita un nombre en clave -dijo Vicary.

– Se parece a Rudolf.

– Bueno -convino Vicary-. Que sea Rudolf.

Hampton Sands (Norfolk)

En aquel momento, Horst Neuma

Neuma

La helada de la noche anterior había endurecido el suelo y la bicicleta traqueteaba por los profundos surcos del camino de una manera tan endemoniada que Neuma

Abrió los ojos y divisó a Dogherty en lo alto de la colina. Dogherty se quitó la gorra, se la pasó por el entrecejo y agitó los brazos. Neuma

– Tómatelo con calma, Sean.

Hizo un ademán indicando el sol para explicar por qué no tenía ninguna prisa por ponerse en movimiento. Dogherty volvió a montar en la bici y rodó cuesta abajo.

Neuma

¿Y si realmente el otro bando estaba siguiendo a Catherine? Neuma

Dogherty se desplazó por el puente y se detuvo junto a Neuma

– Oye, Sean, hay muchas probabilidades de que tenga que marcharme pronto… y a toda prisa.

Dogherty miró a Neuma

– Háblame de la embarcación -dijo Neuma

– A principios de la guerra Berlín me dio instrucciones para que crease una vía de escape por la costa del condado de Lincoln, un medio para que un agente pueda llegar a un submarino situado a diez millas de la costa. El hombre se llama Jack Kincaid. Tiene un pequeño barco de pesca en la ciudad de Cleethorpes, en la desembocadura del río Humber. He visto el barco. Es un cascarón que está hecho un asco -de no ser así la Armada Real se habría incautado de él-, pero servirá para el caso.

– ¿Y Kincaid? ¿Qué sabe?

– Cree que me dedico al mercado negro. Él anda metido en un montón de asuntos turbios, pero sospecho que por nada del mundo estaría dispuesto a trabajar para la Abwehr. Le pagué cien libras y le dije que estuviera listo para emprender la travesía en cuanto le avisara… en cualquier momento, de día o de noche.

– Ponte en contacto con él hoy -dijo Neuma

Dogherty asintió.

– En principio, no debería hacerte esta oferta -dijo Neuma

Dogherty rió para sí.

– ¿Y qué se supone que pinto yo en el puñetero Berlín?

– Estarás vivo, por ejemplo. Hemos dejado demasiadas huellas dactilares. Los británicos no son tontos. Darán contigo. Y en cuanto te descubran te harán marchar de frente directo al patíbulo.

– Ya he pensado en eso. Un sinfín de buenos hombres han dado su vida por la causa. Hombres mejores que yo. Y no me importa entregar la mía.

– Un discurso muy bonito, Sean. Pero no seas estúpido. Yo diría que apuestas por el caballo equivocado. No morirías por la causa, morirías por estar involucrado en actos de espionaje a favor del enemigo…, la Alemania nazi. A Hitler y a sus amigos Irlanda les importa un rábano. Ayudarlos en estas circunstancias no es combatir para liberar a Irlanda del Norte de la opresión británica… Ni ahora ni nunca. ¿Me comprendes?

Dogherty no dijo nada.

– Hay otra cosa que debes preguntarte. Puede que a ti no te importe sacrificar la vida, ¿pero qué me dices de Mary?

Dogherty le miró con gesto brusco.

– ¿Qué quieres decir?

– Mary sabe que espiabas para la Abwehr, como sabe también que yo era un agente. Si los británicos se enteran de eso, no les va a hacer maldita la gracia, por expresarlo con suavidad. Mary irá a la cárcel y se pasara mucho tiempo allí… eso si tiene suerte. Si no tiene suerte, la ahorcarán también.