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Como no tengo muchas ganas de hablar y me duele la cara, acepto. Cojo el informe que me da el médico y al salir me encuentro con el gesto angustiado de Marta.

—¡Por Dios!, ¿qué te ha pasado, Judith? —pregunta horrorizada al ver la pinta que tengo.

Sin querer dar muchas explicaciones, miro a Flyn, que no ha soltado mi mano, y murmuro:

—Al correr por la nieve, me he resbalado, con la mala suerte de que me he dado en la barbilla.

—Deja tu coche aquí —dice Marta con premura—. Luego Norbert vendrá a por él. Vamos, os llevaré en el mío.

Necesito cerrar los ojos y olvidarme del dolor que tengo. Por el camino comienza a llover, y cuando llegamos a casa, diluvia. Al entrar, Simona y Norbert nos esperan con cara de susto. Al regresar del supermercado y ver sangre en el suelo se han imaginado de todo. Lo tranquilizo, y ellos se tranquilizan al vernos al niño y a mí, aunque me miran asustados. Flyn no se separa de mi lado. Parece que le han puesto pegamento. Esto me gusta, pero al mismo tiempo me enfada. Todo lo que me ha ocurrido se lo debo a él.

La cabeza me mata. Me duele horrores y decido irme a la cama. Me tomo lo que el médico me ha dicho, me quito la ropa manchada de sangre y me duermo. Marta indica que dormirá en la habitación de invitados por si necesito algo. De madrugada, un trueno me despierta. Dolorida me doy la vuelta en la cama y toco el lado vacío de Eric. Lo echo de menos. Quiero que regrese. Cierro de nuevo los ojos, me relajo y retumba otro trueno. Abro los ojos. ¡Flyn!

Me levanto y, dolorida, me dirijo a su habitación. La cabeza se me va para los lados. Cuando entro veo que tiene la lamparita encendida y está despierto, sentado en la cama, temblando. Su cara es de susto total. Me acerco a él y pregunto:

—¿Puedo dormir contigo?

El crío me mira alucinado. Debo de tener unos pelos de loca tremendos.

—Flyn —insisto—, los truenos me dan miedo.

Aprueba con un gesto y me meto en la cama. Pone la almohada en medio de los dos. Como siempre marcando las distancias. Sonrío. Cuando consigo que se tumbe, susurro:

—Cierra los ojos y piensa en algo bonito. Verás cómo te duermes y no oyes los truenos.

Durante un rato los dos estamos tumbados en silencio en la habitación, mientras la tormenta descarga con furia en el exterior. Vuelve a sonar un trueno, y Flyn da un salto en la cama. En ese momento, quito la almohada que hay entre los dos, le agarro de la mano y le atraigo hacia mi cuerpo. Está congelado, tembloroso y asustado. Cuando lo acerco a mí no protesta. Es más, noto que se cobija todavía más. Con cariño y cuidado de no golpearme en la barbilla, le beso la coronilla.

—Cierra los ojos, piensa en cosas bonitas y duerme. Juntos nos protegeremos de los truenos.

Diez minutos después, los dos, agotados, dormimos abrazados.

Un golpe en la barbilla me hace despertar. Dolor. Flyn al moverse me ha dado y duele. Me siento en la cama y me toco el mentón. El apósito es enorme y maldigo. La lluvia y los truenos han cesado. Miro el reloj que hay sobre la mesilla, son las cinco y veintisiete minutos de la madrugada.

Vaya, ¡qué pronto es!

Dolorida, voy a tumbarme de nuevo cuando veo que Eric está sentado en una silla en un lateral de la habitación. ¡Eric! Rápidamente, se levanta y se acerca a mí. Sus ojos están preocupados y su rictus es serio. Me da un beso en la frente, me coge entre sus brazos y me saca de la habitación.

Estoy tan adormilada que no sé si es un sueño o es verdad, hasta que me posa en nuestra cama y murmura, preocupado:

—No te preocupes por nada, cariño. He regresado para cuidarte.

Sorprendida, pestañeo, y tras recibir un dulce beso en los labios, pregunto:

—Pero ¿qué haces tú aquí? ¿No regresabas mañana?

Con un gesto asiente, a la vez que observa el apósito que tengo en la barbilla.

—He llamado para hablar contigo, y Simona me ha contado lo ocurrido. He regresado de inmediato. Siento mucho no haber estado aquí, pequeña.

—Tranquilo, estoy bien, ¿no lo ves?

Eric me escruta con la mirada.

—¿Te encuentras bien?

Me encojo de hombros.

—Sí, estoy dolorida, pero bien. No te preocupes.

—¿Qué ha ocurrido?

Tentada estoy de contarle la verdad. Su sobrino es una buena pieza. Pero sé que eso le causaría más quebraderos de cabeza a él y problemas a Flyn. Al final, le explico:

—He salido al jardín, he resbalado y me he dado en la barbilla.

Sus ojos no me creen. Dudan. Pero estoy dispuesta a que me crea.

—Ya sabes que soy algo patosa en la nieve. Pero, tranquilo, estoy bien. Lo malo será la marca que me quede. Espero que no se note mucho.

—Presumida —sonríe Eric.

Yo también sonrío.

—Tengo un novio muy guapo y quiero que esté orgulloso de mí —aclaro.

Eric se tumba a mi lado y me abraza. Noto cómo tiembla su cuerpo.

—Siempre estoy orgulloso de ti, pequeña. —Hunde su cabeza en el hueco de mi cuello, y añade—: No me perdonaré no haber estado aquí. No me lo perdonaré.

Su dramatismo me deja muda. No soporta imaginar lo que ha podido pasar. Cierro los ojos. Estoy cansada y maltrecha. Me acurruco contra él, y entre sus brazos, me duermo.

29

Cuando me despierto a la mañana siguiente me sorprendo. Eric está a mi lado dormido. Son las ocho y media de la mañana y es la primera vez que me despierto antes que él. Sonrío. Con curiosidad lo observo. Es guapísimo. Verlo relajado y dormido es una de las cosas más bonitas que he contemplado en mi vida. No me muevo. Quiero que ese momento dure eternamente. Durante un buen rato, disfruto y me recreo, hasta que abre los ojos y me mira. Sus ojazos azules me impactan.

—Buenos días, mi amor.

Sorprendido, me mira y pregunta:

—¿Qué hora es?

Con curiosidad, vuelvo a mirar el reloj y respondo:

—Casi las nueve.

Eric me mira, me mira y me mira, y al ver su gesto, inquiero:

—¿Qué ocurre?

Pasa su mano por mi pelo y lo retira de mi cara.

—¿Te encuentras bien?

Me desperezo y respondo:

—Sí, cariño, no te preocupes.

Eric se sienta en la cama, y yo hago lo mismo. Después, lo veo que se dirige al lavabo y tras estirarme lo sigo. Pero cuando entro en el baño y me veo reflejada en el espejo, grito:

—¡Dios mío, soy un monstruo!

Mi cara es una paleta de colores. Bajo los ojos, tengo unos cercos rojos y verdes que me dejan sin palabras. Mi chico me sujeta por la cintura y me sienta en la taza del váter. Ver mi horrible aspecto me ha dejado sin habla y, horrorizada, murmuro:

—¡Ay, Dios!, pero si sólo me di contra la nieve.

—Te debiste de dar un buen golpe, pequeña.

Lo sé. Me di contra el muro antes de caer a la nieve. Ahora lo recuerdo con más claridad.

Eric me tranquiliza. Miles de palabras cariñosas salen de su boca y, al final, recuerdo lo que me avisó el médico: moratones. Consciente de que nada puedo hacer contra esto, me levanto y me miro en el espejo. Eric está a mi lado. No me suelta. Resoplo. Muevo la cabeza hacia los lados y musito:

—Estoy horrible.

Eric besa mi cuello. Me agarra por detrás y, apoyando su barbilla en mi cabeza, dice:

—Tú no estás horrible ni queriendo, cariño.

Eso me hace sonreír. Mi pinta es desastrosa. Soy la antítesis de la belleza, y el tío más esplendoroso del mundo me acaba de demostrar su cariño y su amor. Al final, decido ser práctica y me encojo de hombros.

—La parte buena de esto es que en unos días pasará.

Mi Iceman sonríe, y yo me lavo los dientes mientras él se ducha. Cuando acabo me siento en la taza del váter a observarlo. Me encanta su cuerpo. Grande, fuerte y sensual. Recorro sus muslos, su trasero y suspiro al ver su pene. ¡Oh, Dios! Lo que me hace disfrutar. Cuando sale de la ducha coge la toalla que le doy y se seca. Divertida, alargo mi mano y le toco el pene. Eric me mira y, echándose hacia atrás, asegura: