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Muy, muy distinto de los viejos días.

Mamá, ¿puedo sentarme al lado de la ventanilla?

Ella era un caso extraño, hija de dos padres, Olga Emory y James Carnath. Los dos habían fundado los laboratorios en Reseune, habían empezado el proceso que dio forma a la Unión. Habían enviado colonos, soldados. Habían concedido sus genes a cientos de ellos. Sus casi parientes estaban esparcidos en un espacio que se media en años luz. Durante la vida de Ariane, incluso este pensamiento humano había cambiado: el parentesco biológico era una relación trivial. La familia importaba, claro, pero la más grande, la más extendida. La más segura y la más próspera.

Reseune era la herencia de Ariane. Y por lo tanto, este avión, que no era un avión de línea comercial. Ni alquilado, ni militar. Una mujer de su posición podía conseguir cualquiera de esas cosas, pero prefería la mecánica que era parte de la Casa, un piloto de cuyos esquemas psicológicos estuviera segura, guardaespaldas que eran lo más selecto de los diseños de Reseune.

La idea de una ciudad, los subterráneos, la vida entre los empleados, los técnicos, los cocineros y los trabajadores que tropezaban unos con otros y trataban de acelerar sus trabajos para conseguir mejores puestos, resultaba tan terrorífica para ella como el espacio sin aire. Ella dirigía el curso de mundos y colonias. La idea de tratar de comer en un restaurante o de luchar contra las multitudes para subir a un subterráneo, o la de quedarse de pie en una calle importante en la que el tránsito rugiera y la gente se moviera por todas partes la llenaba de pánico irracional.

No sabía vivir fuera de Reseune. Sabía arreglar un avión, comprobar los planes de vuelo, pedir el equipaje, los ayudantes, el personal de seguridad, cada detalle, y un aeropuerto público le resultaba terrible. Un grave defecto, sin duda. Pero todos podemos tener una o dos manías y esas cosas estaban muy lejos del centro de sus pensamientos. No era probable que Ariane Emory tuviera que subir a un subterráneo en Novgorod o que enfrentarse a la pista abierta de una estación.

Pasó un largo rato hasta que divisó el río y la primera plantación. Un estrecho camino, finalmente las cúpulas y las torres de Novgorod, una metrópolis inesperada, sorprendente. Bajo las alas del avión, las plantaciones se ensancharon, las torres de pantallas electrónicas de los precipicios ensombrecieron los campos y el tránsito se arrastró por los caminos a la velocidad de los que circulan por tierra.

Barcazas encadenadas descendían por el Volga hacia el mar, barcazas e impulsores alineados junto al embarcadero más allá de las plantaciones. Novgorod todavía tenía mucho de primitivo e industrial, a pesar del brillo de lo nuevo. Ese lado de la ciudad no había cambiado en cien años, excepto por la extensión y porque las barcazas y el tránsito se habían convertido en una imagen común y no en un hecho maravilloso y extraño.

Mira, mamá, un camión.

El azul de los arbustos desapareció bajo las alas. El pavimento y el final de la pista se deslizaron a toda velocidad.

Las ruedas tocaron con suavidad el suelo, y el avión se detuvo lentamente y se dirigió hacia la izquierda, hacia la terminal.

En ese momento Ariane Emory sintió una leve punzada de pánico, aunque sabía que nunca llegaría a los salones abarrotados de gente. Había coches esperando. Su propia tripulación se encargaría del equipaje, aseguraría el avión, se ocuparía de todo. Era sólo el extrarradio; las ventanillas del coche le permitirían observar la calle, pero nadie la vería a ella.

Todos esos desconocidos. Todo ese movimiento caótico, sin sentido. Desde lejos, lo amaba. Era su creación. Sabía la forma en que se movía la masa, aunque no conocía a los individuos. Desde lejos, en conjunto, confiaba en todo eso.





De cerca, sentía que se le humedecían las palmas de las manos.

Coches que se detenían y una agitación de guardias apresurados en la entrada de seguridad del Salón del Estado indicaban que ésa no era la llegada de un simple senador. Mikhail Corain, sobre el balcón de la Cámara del Concejo, flanqueado por sus propios guardaespaldas y ayudantes, se detuvo un momento y miró hacia abajo, a la piedra llena de ecos del piso inferior, con la fuente, los rieles de bronce sobre la gran escalera, el emblema de estrellas doradas sobre la pared de piedra gris.

Esplendor imperial para ambiciones imperiales. Y la gran artífice de estas ambiciones hizo su entrada. La canciller de Reseune, acompañada por el secretario de Ciencias. Ariane Carnath-Emory con su comitiva, tarde, obviamente tarde, porque la canciller confiaba plenamente en obtener la mayoría y sólo se dignaba a visitar el Salón porque tenía que votar en persona.

Mikhail Corain la observó con rabia y sintió esa aceleración del corazón que los doctores le habían aconsejado que evitara. Calma, le dirían. Hay cosas que no están en sus manos.

La canciller de Reseune era una de ellas.

Cyteen, sin duda el núcleo más populoso de la Unión, se las había arreglado para conseguir permanentemente dos sillones en el ejecutivo, en el Concejo de los Nueve. Era lógico que uno de esos dos puestos fuera el Departamento de Ciudadanos, es decir, trabajo, granjas y pequeñas empresas. No era lógico que los electores de Ciencias, en toda la extensión de la Unión, con una docena de candidatos potenciales muy bien calificados, siguieran votando a Ariane Emory para el gobierno.

Más que eso. Para el puesto que había ostentado durante cincuenta años, cincuenta años, mierda,durante los cuales había sobornado y acumulado intereses en Cyteen y en cada una de las estaciones de la Unión y, según se rumoreaba sin que se hubieran encontrado pruebas, hasta en la Alianza y en Sol. ¿Desea usted algo en especial? Consiga que alguien convenza a la canciller de Ciencias para que lo arregle. ¿Cuánto está dispuesto a pagar? ¿Qué puede ofrecer a cambio?

Y el maldito electorado de Ciencias, formado por supuestos intelectuales, seguía votándola, y no importaban los escándalos relacionados con su nombre, ni que fuera dueña virtual de los laboratorios de Reseune, lo cual equivalía legalmente a un planeta en el gobierno de la Unión, y ni que entre las paredes de Reseune se hicieran tratos que incontables investigadores habían tratado de probar (y en vano, claro, para eso había trampas técnico-legales).

El dinero no era la respuesta. Mikhail Corain tenía dinero. Era Ariane Emory misma. Era el hecho de que la mayor parte de la población de Cyteen, la mayor parte de la población de la Unión, provenía de un modo u otro de Reseune; y los que no eran de allí, usaban cintas diseñadas en Reseune.

Diseñadas por esa mujer.

Dudar de la integridad de las cintas era paranoia. Ah, había quienes se negaban a usarlas y estudiaban altas matemáticas y ciencias empresariales sin ellas, nunca tomaban la píldora y nunca se acostaban a soñar lo que soñaban todos en la Unión, el conocimiento volcado durante esos sueños en el interior de la mente tanto como ésta pudiera absorber en unas pocas sesiones. Drama experimentado tanto como visto en una intensidad muy cuidadosamente planificada. Habilidades adquiridas en los huesos y en los nervios. Había que usar las cintas porque la competencia las usaba y era necesario ser competente para sobrevivir, porque era la única forma de aprender cosas con rapidez, profundidad, y amplitud mientras el mundo cambiaba sin cesar en el tiempo que duraba la vida de un hombre.

El Departamento de Información controlaba esas cintas. Los expertos las revisaban. No había forma de que se les escaparan mensajes subliminales. Mikhail Corain no era uno de esos pocos lunáticos que sospechaban que el gobierno adulteraba las cintas o que la Alianza las envenenaba, o que alguien introducía en ellas mensajes subliminales que esclavizaban ¡as mentes. Ese tipo de purista era capazde negarse a la rejuv, morir de viejo a los sesenta y cinco años y vivir sin un cargo público porque era un autodidacta ignorante.