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—Pero aún no vino aquí, ¿verdad, Peter? —le pregunté.
—No, me trasladé a mis aposentos del collegey me quedé en ellos tres años, prefería tener gente alrededor. Pero ya ves; una noche, una sola noche dejé de custodiar su sueño o no sueño, y Valerie se me mató. No pudo vivir con aquello. Y yo no lo previ. Nunca me lo imaginé, ni siquiera cuando me mandó al piso de arriba, a la chambre de bo
Ahora sigo viviendo solo pero ya no en otro país, sino de nuevo en Madrid. O quizá vivo semisolo, si es que eso se puede decir. Creo que llevo de vuelta casi tanto tiempo como permanecí en Londres, mi segunda estancia inglesa, más aturdidora que la primera pero menos transformadora, porque ya tenía una edad a la que se hace muy difícil cambiar, casi sólo cabe cerciorarse de lo que llevaba uno en el interior de sus venas y confirmar. Ahora tengo un poco más. Han muerto mi padre y Sir Peter Wheeler, el primero tan sólo una semana después de aquel último domingo en Oxford, no tan desterrado del infinito cuanto del pasado. Fue su muerte, de hecho, lo que precipitó mi regreso a la ciudad natal, para estar con sus nietos y mis hermanos y asistir al entierro. En la tumba en que está mi madre quedaba un hueco para él. Nadie más cabrá allí. Fue mi hermana quien me lo comunicó, me llamó a Londres y me dijo: 'Papá se ha muerto. Se le ha parado el corazón hace media hora. Ya sabes que lo tenía muy mal, pero aún no nos lo esperábamos. Ayer mismo estuve hablando con él. Como siempre, preguntó por ti, aunque convencido de que todavía seguías en Oxford, dando clases. Vendrás, ¿no?'. Y yo contesté que sí, que iría inmediatamente. Así que fui, consolé y fui consolado, vi a Luisa en el entierro tan sólo y allí me abrazó para consolarme también y volví a Londres, para cerrar el apartamento ingenuamente amueblado y dejar todas las cosas en orden antes de mi definitiva marcha, que en todo caso convenía ahora aligerar, había mucho de lo que ocuparse en Madrid: casa, muebles, libros, algunos cuadros —la copia de La Anunciación—, mis afectados hijos, una modesta herencia o no tanto; y empezar a recordar. Además de a solas, en compañía de los demás.
No estaba ya pendiente dejarlas en orden con Tupra, con él habían quedado claras y casi zanjadas al día siguiente de aquel domingo con Wheeler, en su despacho del edificio sin nombre (seguirá sin tenerlo, es de suponer). Como me había anunciado Beryl o quien se negó a decirme si era ella o no, Tupra se encontraba ya en él el lunes cuando yo llegué, había regresado de su viaje o ausencia de fin de semana. Nuestra conversación fue muy breve, entre otras razones porque resultó ser una repetición, quiero decir que la habíamos tenido ya idéntica, tanto tiempo atrás que yo lo llamaba todavía Mr Tupra entonces. Fui directo hasta su puerta nada más entrar, sólo les di los buenos días a Rendel y a la joven Pérez Nuix al cruzarme con ellos, a Mulryan no lo vi, quizá estaba encerrado con él. Y llamé.
'Sí, ¿quién es?', preguntó Tupra desde el interior.
Y yo contesté absurdamente:
'Soy yo', omitiendo avanzar mi nombre, como si fuera de los que jamás se acuerdan de que 'yo' no es nunca nadie, de los que están seguros de ocupar mucho o bastante los pensamientos de la persona que buscan, de los que no tienen duda de que van a ser reconocidos sin necesidad de más —quién si no—, desde la primera palabra y el primer instante. Supongo que confundí mi punto de vista con el suyo, a veces creemos que nuestra urgencia es universal: yo llevaba muchas horas con impaciencia por verlo y pedirle cuentas y hasta encararme con él. Pero Tupra no tendría impaciencia alguna, probablemente yo era tan sólo un asunto o elemento más, un subordinado que se reincorporaba tras dos semanas de permiso en su país de origen, creo que se olvidaba con frecuencia de que yo no era aún inglés. Al no obtener inmediata respuesta y darme cuenta de mi ingenuidad o presunción, añadí: 'Soy yo, Bertram. Soy Jack'. Acepté llamarme por un nombre que no era el mío hasta el final, fue lo menor que acepté mientras tuve como trabajo remunerado escuchar y fijarme e interpretar y contar. Pero al menos no lo llamé Bertie en aquella ocasión.