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Abrí la portezuela entornada del coche y me subí, sin contestarle nada. Él lo rodeó y entró por su lado. Le dije mis señas exactas, con retintín, supongo, como si él fuera un taxista, eso fue todo. Yo sabía que no iba a contenerme durante aquellos minutos a solas que nos aguardaban, pero no estaba seguro de cómo empezar, quizá no me convenía precipitarme en exceso, pese a mi cabreo, soltando la primera recriminación que me viniera a la lengua, y que acaso fuese secundaria, un detalle en comparación, con lo grave. Aún no había decidido abandonar el trabajo, eso debía pensármelo con mayor distancia, y encajar la idea de volver a verme en la BBC Radio, con sus aburrimientos mal pagados. Esperé unos segundos largos, el automóvil ya en marcha y acelerando, a ver si él decía algo y así me daba una entrada. 'No lo hará', pensé, 'sabe aguantar los silencios, los que él establece.' El interés era suyo, en acercarme, pero quizá no era para aleccionarme, ni para reñirme (por mí se nos había pegado De la Garza), ni para puntualizarme nada, sino para oír mi desahogo todavía en caliente, 'en mojado' como Don Quijote decía, y así medir mi capacidad de enfado. Al poco el silencio se hizo ya propio de dos personas que no quieren hablarse.
—Esa zona en la que vives no es nada barata —murmuró él entonces; de modo que el silencio, inferí, era ajeno a su decisión y a su voluntad, y esos los soportaba menos: su vehemencia o su tensión permanentes le exigían llenar todo el tiempo de contenidos palpables, audibles, reconocibles o computables. Todo el coche, ahora sin las interferencias o rivalidad fragante de Flavia, olía a su bálsamo afier-shave, era como si éste se le quedara impregnado o él renovara continuamente su aplicación a escondidas. No le había visto hacerlo ante el espejo de los tullidos. Bajé un poco mi ventanilla.
—No, no es barata, más bien cara —respondí casi sin querer—. Pero prefiero gastar en eso, huyo de la sordidez como de la peste. —De pronto caí en que desde hacía un rato Tupra no llevaba su abrigo, puesto ni echado ni tampoco al brazo, no me había dado cuenta de cuándo se lo había quitado ni de dónde lo había metido, habría sido al salir de la discoteca, o habría efectuado un cambiazo rápido en el guardarropa, del que no me había percatado. Volví la cabeza para ver si estaba extendido sobre la repisa de atrás, más allá de los asientos traseros. Pero no lo vi, luego dónde estaba, la maldita espada—. Y esa espada —le dije.
Tupra —ya no sería Reresby, aunque la noche no hubiera acabado— sacó un cigarrillo, lo alumbró con el encendedor del coche, se le iluminaron un momento las mejillas lisas y acervezadas, era como si estuviera recién afeitado. Esta vez no me ofreció uno de sus preciosos egipcios. Yo saqué uno de mis peloponesios para subrayarlo, no lo encendí al instante.
—Qué. Está en el maletero.
—Quiero decir a qué venía esa espada. Cómo es que la llevas. Ha sido una brutalidad, es una salvajada, he creído que le ibas a cortar de verdad la cabeza, casi me muero yo, estás loco, qué es esto, dónde estamos, eres un animal, y qué falta hacía...
Por fin me había salido en borbotón, me había lanzado, a pesar de que su respuesta ('Qué. Está en el maletero') había sido dicha en el mismo tono concluyente o conclusivo en que una vez me había contestado en su despacho ('Sí, lo he visto') al preguntarle yo si se había enterado del golpe de Estado contra Chávez en Venezuela (y había añadido: '¿Algo más, Jack?'). El mío no era aún de furia, pero si hubiera seguido con la retahíla inconexa ese tono habría ido en aumento, uno se calienta o se moja a sí mismo, las más de las veces lo hace uno con la mente solo, sobre todo si se produce una pausa, una condensación, una espera obligada entre los hechos y el estallido. Tupra no pareció sentirse afectado, no todavía —ni siquiera incomodado o levemente alterado—, por el arranque de mis exabruptos, y me cortó el torrente, iniciado apenas, con una frase serena y lateral de la que entendí sólo parte. No entender es lo que más frena, y querer entender urge más, y puede más que cualquier cosa.
—Eso lo aprendí de los Kray. — 'The Krays', dijo en inglés, con ese plural i
—¿De los qué?
—Será de los quiénes —me contestó—. Los hermanos Kray, k, r, a, y. —Y lo deletreó en el acto, según la costumbre en su idioma—. No tienes por qué haber oído hablar de ellos, eran dos gemelos, Ro
Ya me había desactivado, momentáneamente al menos. Así solía proceder cuando hablaba, iba de una frase a otra y con cada una se iba más desviando de lo que había dado pie a la primera, del origen de la charla o de su disquisición, si era esto. El origen en esta ocasión era mi enfado, mi resentimiento porque me hubiera involucrado en sus bestialidades o me hubiera hecho contemplarlas, en las películas y en las novelas se mata a cualquiera por nada y allí nadie pestañea, ni el autor ni los personajes ni los espectadores ni los lectores, siempre parece tan fácil, y tan común, tan frecuente. Pero no lo es en la vida real, no es fácil ni común ni frecuente, no en la que llevamos la mayoría inmensa de las personas —pero inmensa—, y en ella causa un malestar y una turbación y un pesar descomunales, inimaginables para quien no se ha visto antes en una. (Sí, se queda uno temblando, como ya creo haber dicho, y se queda mucho rato. Y luego se queda abatido, y eso le dura aún más tiempo.) Por fortuna nosotros no habíamos matado a nadie en contra de lo previsible tras la aparición de aquella arma, eso creía (sería yo quien llamase un día a De la Garza, a espaldas de Tupra —más valía—, para cerciorarme de que seguía con vida el capullo, de que no la había palmado luego por alguna lesión interna). A la postre habían sido tan sólo unos golpes y unas sacudidas y una ahogadilla, esto es, algo menor, baladí en una película o en una de esas novelas miméticas de las americanas más lerdas, sobre psicópatas revientacuerpos o asesinos en serie analíticos, casi aritméticos, hay montones de ellas, también en la imitativa España. Y sin embargo esa nimiedad de las ficciones a mí me había dejado con sensación de fiebre y con náuseas y con pasajeros sudores, duraban poco pero no se iban del todo, y cada vez que se detenía el coche ante un semáforo en rojo y no entraba aire por la ventanilla, me volvían, y me empapaban entero en cuestión de segundos. Eso durante el trayecto. En efecto era breve, y más de noche, nos acercábamos ya a mi plaza.