Страница 90 из 256
Más tarde, una vez alcanzado el éxito y consolidada su posición, se había olvidado de semejantes consideraciones. Pero ahora volvía a apoderarse de su ánimo esa vieja preocupación. Tanto miedo le daba su propia cobardía que pasó un buen rato examinando desde todos los puntos de vista la cuestión del duelo, aunque sabía de sobra que no se batiría en ningún caso.
«No cabe duda de que en una sociedad tan bárbara como la nuestra (¡no estamos en Inglaterra!), a muchos —entre los que figuraban las personas cuya opinión más valoraba— les parecen bien los duelos. Pero ¿a qué conduciría? Supongamos que le desafío —seguía pensando e, imaginándose vívidamente la noche que pasaría después de retar a su adversario, así como la pistola apuntándole al pecho, se estremeció y comprendió que jamás sería capaz de una cosa así—. Supongamos que le desafío, que me enseñan a disparar, que me coloco delante de él, aprieto el gatillo y lo mato —proseguía, cerrando los ojos y sacudiendo la cabeza para ahuyentar esas estúpidas ideas—. ¿Qué sentido tiene matar a un hombre para definir mis relaciones con mi mujer culpable y con mi hijo? De todos modos, no me quedará más remedio que resolver qué debo hacer con ella. Además, el resultado más probable, casi seguro, de ese duelo, es que me matarían o me herirían. De suerte que yo, que soy inocente, me convertiría en la víctima. ¿No es más absurdo todavía? Y, por si eso fuera poco, al desafiarlo me comportaría de forma deshonrosa. ¿Acaso no sé de antemano que mis amigos jamás me dejarían batirme, que no permitirían poner en peligro la vida de un hombre tan útil para Rusia? ¿Qué pasaría entonces? Pues que yo, sabiendo por adelantado que la situación no se volvería nunca peligrosa, simplemente me habría servido del duelo para aureolarme de un prestigio falso. En suma, un comportamiento indigno e hipócrita. Sería engañar a los demás y engañarme a mí mismo. El duelo es impensable y nadie espera eso de mí. Mi objetivo debe consistir en salvaguardar mi reputación, requisito indispensable para proseguir con mis actividades.» Su carrera, que ya antes tenía una importancia capital en su vida, se le antojaba ahora trascendental.
Después de ponderar y descartar la idea del duelo, Alekséi Aleksándrovich pasó a analizar la cuestión del divorcio, otra de las soluciones que habían elegido algunos maridos burlados. Tras repasar todos los casos que recordaba (había muchos en la alta sociedad, que Karenin conocía bien), no encontró ninguno que respondiera al propósito que él tenía en mente. En todos los casos el marido había cedido o vendido a la mujer infiel, y, aunque ésta no tenía derecho a casarse de nuevo, el caso es que entablaba una relación ficticia, seudolegítima, con su nuevo cónyuge. Alekséi Aleksándrovich se daba cuenta de que, en su caso, sería imposible obtener un divorcio legal, es decir, sin otras consecuencias que el repudio de la esposa adúltera. Comprendía que las complicadas condiciones de su vida no le permitirían proporcionar las zafias pruebas que exigía la ley para determinar la culpabilidad de la esposa. Era consciente de que el propio refinamiento de su vida le impediría hacer uso de las pruebas, suponiendo que las hubiere, porque el principal perjudicado por las revelaciones, a ojos de la opinión publica, no sería su esposa, sino él.
Una petición de divorcio sólo conduciría a un proceso escandaloso, del que se aprovecharían sus enemigos para calumniarlo y menoscabar su prestigio. En suma, el principal fin que perseguía, resolver la situación con las menores complicaciones posibles, tampoco lo lograría por medio del divorcio. Además, una simple petición de divorcio, independientemente del resultado, implicaba que la mujer rompía sus vínculos con el marido y podía unirse a su amante. Y, por más que Alekséi Aleksándrovich afirmara no sentir más que indiferencia y desprecio por A
«Además del divorcio formal, podría seguir el ejemplo de Karibánov, Paskudin y el bueno de Dram, es decir, separarme de mi mujer», siguió pensando Alekséi Aleksándrovich, ya más calmado. Pero esa medida presentaba los mismos inconvenientes que el divorcio, y, lo más importante, también arrojaba a su mujer en brazos de su amante.
—¡No, es imposible! ¡Imposible! —dijo en voz alta, envolviéndose de nuevo en la manta—. Yo no merezco ser desdichado, pero ni él ni ella deben ser felices.
Los celos que le habían atormentado en esas semanas de incertidumbre desaparecieron cuando las palabras de su mujer le arrancaron la muela con dolor. Ahora ese sentimiento había cedido su lugar a otro: el deseo de que A
XIV
Cuando el coche se acercaba a San Petersburgo, Alekséi Aleksándrovich no sólo había tomado ya una decisión firme, sino que había redactado en su cabeza la carta que escribiría a su mujer. Al entrar en la portería echó un vistazo a los papeles y documentos que le habían traído del Ministerio y mandó que se los llevaran a su despacho.