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—¿Saco un billete para Obirálovka? —preguntó Piotr.

A

—Sí —respondió, entregándole el monedero y, cogiendo el bolsito rojo, se apeó del coche.

Mientras se abría paso entre la multitud para llegar a la sala de espera de primera clase, se fue acordando poco a poco de los detalles de su situación y de las distintas alternativas que se le presentaban. Y una vez más, primero la esperanza y luego la desesperación reabrieron las viejas heridas de su atormentado corazón, que latía desbocado en su pecho. Sentada en un sofá en forma de estrella, miraba con repugnancia a los viajeros que entraban y salían (todo el mundo le repugnaba), pensando en el contenido de la carta que le escribiría cuando llegara a la estación, en las quejas que Vronski estaría exponiéndole a su madre en esos momentos por la situación en la que se encontraba (sin comprender los sufrimientos de ella), en el modo en que entraría en la habitación y en las cosas que le diría. Luego pensó en lo feliz que aún podría ser su vida, en lo tortuoso de su amor y lo tortuoso de su odio por Vronski y en los terribles latidos de su corazón.

 

XXXI

Sonó la primera campanada, pasaron unos jóvenes monstruosos, insolentes y con prisas, muy pendientes de la impresión que producían; Piotr, vestido de librea y polainas, con su expresión embotada y animalesca, atravesó también la sala y se acercó a A

—Katerina Andréievna lo tiene. Ella lo tiene todo, ma tante—gritó la niña.

«Incluso la niña es horrible y afectada», pensó A

—¿Quiere usted salir?

A

Se oyó la segunda campanada, y luego el ruido de los equipajes, gritos, risas, comentarios. A

«¿En qué estaba pensando? En la posibilidad de encontrar una situación en que la vida no sea un tormento, en que todos hemos sido creados para atormentarnos, en que todos lo sabemos y buscamos medios para engañarnos. Pero ¿qué puede hacer uno cuando ve la verdad?»

—Al hombre se le ha concedido la razón para librarse de lo que le inquieta —dijo la mujer en francés, por lo visto muy satisfecha de su frase, haciendo muecas.

Estas palabras parecían una respuesta a los pensamientos de A

«Librarse de lo que le inquieta», repitió A

«Sí, eso es algo que me inquieta mucho, y la razón se me ha concedido para librarme de ello. Así que debo hacerlo. ¿Por qué no apagar la vela cuando ya no hay nada que ver, cuando a uno le repugna todo lo que ve? Pero ¿cómo? ¿Por qué corre el revisor por el estribo? 200¿Por qué gritan los jóvenes de ese vagón? ¿Por qué hablan? ¿Por qué se ríen? Todo es mentira, todo es engaño, todo es falsedad, todo es maldad...»

Cuando el tren entró en la estación, A

Cuando recordó que debía seguir viaje, en caso de no recibir contestación, detuvo a un mozo y le preguntó si no había llegado un cochero con una carta para el conde Vronski.

—¿El conde Vronski? Vino alguien de su parte hace un momento para recoger a la princesa Sorókina y a su hija. ¿Qué aspecto tiene el cochero?

Mientras A

«Lamento mucho que tu nota no llegara a tiempo. Llegaré a las diez», había escrito Vronski con letra descuidada.

«¡Sí! ¡Me lo esperaba!», se dijo con una sonrisa maligna.

—Muy bien, puedes volver a casa —le dijo a Mijáila con un hilo de voz.

Hablaba bajo porque el impetuoso latido de su corazón le impedía respirar. «No, no voy a permitir que sigas atormentándome», pensó. Y esa amenaza no iba dirigida a él, ni a sí misma, sino a la propia vida, que le imponía esos sufrimientos. Y se puso a pasear por el andén, más allá del edificio de la estación.