Страница 232 из 256
—¿Y por qué piensas que esa noticia me importa tanto que es preciso ocultármela? —dijo A
—Me preocupa porque me gusta la claridad —replicó él.
—No hay que buscar la claridad en las formas, sino en el amor —dijo A
«Dios mío, ya estamos otra vez con el amor», pensó Vronski, con una mueca de disgusto.
—Lo sabes perfectamente: por ti y por los hijos que tengamos.
—No tendremos más.
—Pues es una pena.
—Es importante por los niños. Pero en mí no piensas —dijo, olvidando completamente, como si no lo hubiera oído, lo que Vronski acaba de decir: «Por ti y por los niños».
La cuestión de los hijos, sobre la que tenían posiciones encontradas desde hacía tiempo, la exasperaba. Para A
—Ah, pero si acabo de decirte que también por ti. Sobre todo por ti —repitió Vronski, haciendo una mueca como de dolor—. Estoy seguro de que buena parte de tu irritación se debe a la incertidumbre de tu situación.
«Sí, por fin ha dejado de fingir y ha puesto de manifiesto el frío odio que siente por mí», pensó A
—La causa de mi irritación, como tú la llamas, no es ésa —dijo—. ¿Cómo va a irritarme estar por completo en tu poder? ¿Puede hablarse en ese caso de incertidumbre? Al contrario.
—Lamento mucho que no quieras entenderme —la interrumpió Vronski, deseando exponer de una vez por todas su punto de vista—. La incertidumbre se debe a que te figuras que yo soy libre.
—En cuanto a eso, puedes estar completamente tranquilo —dijo A
Levantó la taza, separando el dedo meñique, y se la llevó a los labios. Después de tomar unos sorbos, se lo quedó mirando, y por la cara que ponía comprendió claramente que le repugnaban su mano, su gesto y el ruido que hacía con los labios.
—No me importa nada lo que piense tu madre ni los planes que ha hecho para casarte —dijo, dejando la taza en la mesa con mano temblorosa.
—No estamos hablando de eso ahora.
—Claro que sí. Y te aseguro que no me interesa nada una mujer sin corazón, ya sea vieja o joven, tu madre o una desconocida. No quiero saber nada de ella.
—A
—Una mujer que no adivina dónde están la felicidad y el honor de su hijo es que no tiene corazón.
—Te repito que no hables en ese tono de mi madre, por quien siento un profundo respeto —dijo Vronski, alzando la voz y mirándola con severidad.
A
—No quieres a tu madre. ¡No son más que palabras, palabras y palabras! —exclamó A
—En tal caso habría que...
—Habría que decidirse, y yo ya lo he hecho —dijo A
¿Por qué en un momento tan trascendental, cuando se veía abocada a una situación que podía tener consecuencias nefastas en su vida, y en su alma se había desatado semejante tempestad, le parecía necesario fingir delante de un extraño que tarde o temprano acabaría enterándose de todo? Ni ella misma lo sabía. Pero, en cualquier caso, dominando las pasiones que se habían desencadenado en su interior, se sentó y se puso a hablar con el recién llegado.
—Bueno, ¿cómo va su asunto? ¿Ha cobrado ya la deuda? —le preguntó a Yashvín.
—Va bien, pero parece que no cobraré toda la suma, y el miércoles tengo que marcharme. Y ustedes, ¿cuándo piensan partir? —preguntó Yashvín, mirando a Vronski con el ceño fruncido. Por lo visto, había adivinado que entre los dos había estallado una nueva disputa.
—Creo que pasado mañana —respondió Vronski.
—En cualquier caso, parece que llevan mucho tiempo preparándose.
—Pero esta vez nos hemos decidido —dijo A
—Pues la verdad es que no me lo he preguntado, A
—Y si estuviera usted casado, ¿cómo se lo tomaría su mujer? —preguntó A
Yashvín se echó a reír.
—Precisamente por eso no me he casado nunca ni tengo intención de hacerlo.
—¿Y Helsingfors? —preguntó Vronski, interviniendo en la conversación, y echó un vistazo al rostro risueño de A
Al percibir su mirada, A
—¿Es que no ha estado enamorado? —le preguntó a Yashvín.
—¡Ah, Señor! ¡Muchas veces! Pero vea usted: hay quien puede sentarse a echar una partida y levantarse de la mesa cuando llega la hora del rendez-vous. Yo, en cambio, puedo ocuparme de asuntos del corazón, pero a condición de que no me impidan llegar a tiempo a la mesa de juego cada tarde. Así he organizado mi vida.
—No, no le pregunto por eso, le hablo del presente —A
Llegó Vóitov para comprarle un potro a Vronski. A
Antes de marcharse, Vronski pasó a verla. Ella hizo como si estuviera buscando algo en la mesa, pero, avergonzada de fingir, le miró directamente a la cara con frialdad.
—¿Qué quieres? —le preguntó en francés.
—Vengo a coger el certificado de Gambetta. Lo he vendido —respondió Vronski en un tono de voz que decía con mayor claridad que cualquier palabra: «No tengo tiempo para explicaciones; además, no conducirían a nada».
«No tengo la culpa de nada —pensó—. Si quiere mortificarse, tant pis pour elle.» 197
Pero, en el momento de salir, le pareció que le había dirigido la palabra, y su corazón se estremeció de compasión.
—¿Qué dices, A
—Nada —respondió ella con la misma frialdad y serenidad.
«Pues si no es nada, tant pis», pensó Vronski, recobrando ese aire displicente, y se volvió para salir. Ya en el umbral, vio el rostro de A
XXVI
Nunca había durado una disputa un día entero. Era la primera vez. Y no se trataba de una mera discusión. Era una muestra evidente de un alejamiento definitivo. ¿Cómo era posible que pudiera mirarla como lo había hecho cuando entró en la habitación a coger el certificado? Había visto que estaba desesperada, con el corazón hecho trizas y, sin embargo, había salido en silencio, con esa expresión de indiferencia e impasibilidad. No es que se hubiera vuelto frío con ella, es que la odiaba porque amaba a otra mujer. No cabía la menor duda.