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Oyó la impetuosa llamada de Vronski y se apresuró a enjugarse las lágrimas. A continuación se sentó bajo la lámpara y abrió un libro, aparentando serenidad. Quería dejar patente su descontento porque no hubiera vuelto a la hora prometida, pero sin manifestar su tristeza y, sobre todo, la compasión que sentía por sí misma. Ella podía compadecerse, pero en ningún caso quería que Vronski la compadeciera. No quería luchar, le reprochaba a Vronski ese afán de discutir, pero no podía menos que asumir una posición de combate.
—Espero que no te hayas aburrido —dijo Vronski con animación y alegría, acercándose—. ¡Qué pasión tan terrible es el juego!
—No, nada de eso. Hace tiempo que he aprendido a no aburrirme. Stiva vino a verme con Levin.
—Sí, querían visitarte. ¿Y qué? ¿Te ha gustado Levin? —preguntó Vronski, sentándose a su lado.
—Mucho. Se han ido hace poco. ¿Y cómo le ha ido a Yashvín?
—Al principio iba ganando diecisiete mil rublos. Le dije que lo dejara y estuvo a punto de hacerlo. Pero siguió jugando y ahora está perdiendo.
—Entonces, ¿por qué te quedaste? —preguntó A
La misma expresión de fría disposición a la lucha apareció también en el rostro de Vronski.
—En primer lugar, no le pedí que te dijera nada; en segundo, yo no miento nunca. Pero lo principal es que quería quedarme y así lo hice —replicó, frunciendo el ceño—. A
A ella le alegró ese gesto de ternura. Pero una extraña fuerza maligna no le permitió entregarse a ese impulso, como si las condiciones de la lucha le impidieran cualquier muestra de debilidad.
—Así pues, querías quedarte y lo hiciste. Siempre haces lo que se te antoja. Pero ¿por qué me dices eso? ¿Por qué? —dijo, cada vez más alterada—. ¿Acaso discute alguien tus derechos? Pero si lo que quieres es tener razón, quédate con ella, —Vronski cerró la mano y se enderezó. Su rostro adoptó una expresión aún más decidida—. Para ti no es más que una cuestión de tozudez —añadió A
—Pero ¿por qué te pones así? —preguntó Vronski, horrorizado al ver lo desesperada que estaba, e, inclinándose de nuevo sobre ella, cogió su mano y se la besó—. ¿Por qué? ¿Acaso busco diversiones fuera de casa? ¿Acaso no evito la compañía de otras mujeres?
—¡Sólo faltaría! —replicó A
—Dime lo que tengo que hacer para que te tranquilices. Estoy dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de que seas feliz —dijo Vronski, conmovido al ver su desesperación—. ¡No hay nada que no esté dispuesto a hacer para evitarte un dolor como el de ahora!
—¡No es nada! ¡No es nada! —replicó ella—. Ni yo misma sé lo que me pasa. Puede que sea esta vida solitaria, los nervios... Bueno, será mejor que lo dejemos. ¿Qué tal han ido las carreras? No me has contado nada —añadió, tratando de ocultar la satisfacción de la victoria que, en cualquier caso, había caído de su parte.
Vronski pidió la cena y se puso a contarle detalles de la carrera; pero, por el tono de su voz y sus miradas, cada vez más fríos, A
XIII
No hay condiciones, por duras que sean, a las que el hombre no pueda habituarse, sobre todo si se convence de que todos los que le rodean viven del mismo modo. Sólo tres meses antes, Levin no se habría creído capaz de conciliar el sueño en la situación en la que se encontraba ahora, llevando una vida sin objeto y sin sentido, y además por encima de sus medios, después de haberse emborrachado (no podía llamar de otro modo lo que había sucedido en el casino), de sus peregrinas relaciones amistosas con un hombre del que antaño se había enamorado su esposa y de haber cometido la extravagancia de visitar a una mujer que sólo podía calificar de perdida, de la que había quedado prendado, con lo que había hecho sufrir a su mujer. ¡Cómo era posible que pudiera dormirse tranquilamente en tales circunstancias! Pero el cansancio, la última noche en vela y el vino consumido acabaron imponiéndose a cualquier otra consideración, y al poco rato ya estaba roncando a pierna suelta.
A las cinco el chirrido de una puerta lo despertó. Se incorporó de un salto y miró a su alrededor. Kitty no estaba a su lado. Pero al otro lado del tabique había una luz que se movía y Levin oyó los pasos de su mujer.
—¿Qué pasa?... ¿Qué pasa? —preguntó medio dormido—. ¡Kitty! ¿Qué pasa?
—Nada —respondió ésta, entrando con una vela en la mano—. Nada. No me encontraba bien —dijo, con una sonrisa especialmente amable y significativa.
—¿Qué? ¿Ha empezado ya? ¿Ha empezado? —exclamó Levin asustado—. Hay que ir a buscar a la partera —añadió, vistiéndose a toda prisa.
—No, no —replicó Kitty, risueña, reteniéndole con un gesto de la mano—. Seguro que no es nada. Simplemente sentía un leve malestar. Ya se me ha pasado.
Se acercó a la cama, apagó la vela, se acostó y se quedó quieta. Aunque su forma tan silenciosa de respirar, como si estuviera reteniendo el aliento, y, sobre todo, la expresión de especial ternura y excitación con que, surgiendo del otro lado del tabique, le había dicho que no pasaba nada, le habían parecido sospechosas, tenía tanto sueño que se quedó inmediatamente dormido. Sólo más tarde recordó esa respiración sosegada y comprendió todo lo estaba sucediendo en esa alma dulce y tan querida, mientras, sin moverse de su sitio, acurrucada a su lado, esperaba el acontecimiento más importante en la vida de una mujer. A las siete lo despertó el contacto de la mano de ella en su hombro y un delicado susurro. Era como si Kitty luchara entre el pesar de despertarlo y el deseo de hablar con él.
—Kostia, no te asustes. No es nada. No tengo ningún miedo. Pero me parece... que sería mejor ir en busca de Yelizaveta Petrovna. —La vela estaba de nuevo encendida. Kitty, sentada en la cama, tenía en la mano la labor de la que se había ocupado en los últimos días—. Te ruego que no te asustes, no es nada. No tengo ningún miedo —añadió al ver la expresión atemorizada de su marido, le apretó la mano contra su pecho y luego se la llevó a los labios.
Levin se incorporó a toda prisa, sin reparar apenas en lo que hacía, se puso la bata y se quedó inmóvil, sin dejar de mirarla. Tenía que irse, pero no podía sustraerse al influjo de su mirada. Le gustaba su cara, y conocía su expresión y su mirada, pero nunca la había visto así. ¡Qué odioso y repugnante se sintió cuando recordó cómo la había hecho sufrir la víspera, cuando estaba delante de él, como ahora! Su rostro de mejillas sonrosadas, rodeado de suaves cabellos que se escapaban por debajo del gorro de dormir, irradiaba alegría y determinación.