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Los paseos y las conversaciones con la princesa Varvara, las visitas al hospital y, sobre todo, la lectura de un libro tras otro ocupaban todo su tiempo. Pero, al sexto día, cuando el cochero regresó sin Vronski, las fuerzas la abandonaron y volvió a pensar en él y en lo que estaría haciendo. En ese momento su hija enfermó. A
Estaba sentada en el salón, leyendo a la luz de la lámpara el último libro de Taine, y prestaba oídos al silbido del viento, esperando a cada momento la llegada del coche. En más de una ocasión tuvo la impresión de oír el ruido de las ruedas, pero se equivocaba. Por fin oyó no sólo las ruedas, sino también los gritos del cochero y un rumor sordo en la galería de la entrada. Hasta la princesa Varvara, que estaba haciendo un solitario, confirmó sus sospechas. A
—¿Qué tal está A
Se sentó en una silla para que el criado le quitara las botas de invierno.
—Ya está mejor.
—¿Y tú? —dijo, sacudiéndose la nieve del abrigo. A
«Me da lo mismo —pensó—, con tal de que esté aquí. Cuando está aquí tiene que amarme. No le queda otro remedio.»
Pasaron la tarde alegres y felices, en compañía de la princesa Varvara, quien se quejó de que A
—¿Y qué podía hacer? No conseguía conciliar el sueño... Los pensamientos me lo impedían. Cuando él está conmigo nunca la tomo. Casi nunca.
Vronski les contó cómo se habían desarrollado las elecciones, y A
Pero ya a última hora de la tarde, cuando se quedaron solos, dándose cuenta de que volvía a tenerlo por completo en su poder, quiso disipar la penosa impresión que le había causado la mirada de Vronski, motivada por la carta.
—Reconoce que te molestó recibir mi carta. Seguro que no me creíste.
En cuanto pronunció esas palabras, se dio cuenta de que, a pesar de todo el amor que le demostraba, eso no se lo había perdonado.
—Sí —dijo Vronski—. Era una carta muy extraña. Decías que A
—Las dos cosas eran ciertas.
—No lo dudo.
—Sí que lo dudas. Ya veo que estás descontento.
—Nada de eso. Lo único que me disgusta es que parece que no quieres entender que hay obligaciones...
—Obligaciones de asistir a un concierto...
—No hablemos de eso —dijo Vronski.
—¿Y por qué? —preguntó A
—Lo único que quería decir es que a veces surgen situaciones y compromisos insoslayables. Ahora, por ejemplo, tengo que ir a Moscú para ocuparme de la casa... Ah, A
—En tal caso —replicó A
—Esto no es justo, A
Pero A
—Si te vas a Moscú, yo también me voy. No pienso quedarme aquí. O nos separamos o vivimos juntos.
—Pero si ya sabes que no deseo otra cosa. Pero para eso...
—Se necesita el divorcio. Le escribiré. Me doy cuenta de que no puedo vivir así... Pero me marcho contigo a Moscú.
—Lo dices como si me amenazaras. Nada deseo más que no separarme de ti —dijo Vronski con una sonrisa.
Pero, al tiempo que pronunciaba esas palabras amables, asomó a sus ojos esa mirada fría y cruel de los hombres perseguidos y amargados.
A
«¡Si es así, es una desgracia!», decían esos ojos. Fue una impresión momentánea, pero a A
Escribió una carta a su marido pidiéndole el divorcio, y a finales de noviembre, después de despedirse de la princesa Varvara, que tenía que regresar a San Petersburgo, se trasladó con Vronski a Moscú. Mientras esperaban que llegara la respuesta de Alekséi Aleksándrovich un día u otro, y después el divorcio, se instalaron juntos como marido y mujer.
SÉPTIMA PARTE
I
Los Levin llevaban viviendo en Moscú ya más de dos meses. Hacía mucho que había pasado el plazo en el que, según los cálculos de las personas que entendían de esas cosas, Kitty debería haber dado a luz. Pero todo seguía igual y nada hacía pensar que el momento estuviera más cercano que hacía dos meses. El médico, la comadrona, Dolly, su madre y, sobre todo, Levin, que no podía pensar sin horror en el inminente acontecimiento, empezaban a sentirse impacientes e inquietos. Sólo Kitty se sentía completamente serena y feliz.
La criatura que estaba a punto de nacer y que ya casi existía para ella había despertado en su interior un nuevo sentimiento de amor al que se entregaba con regocijo. Ya no era sólo una parte de la madre, sino que a veces vivía una vida independiente. Y, a pesar de los dolores que le causaba, Kitty sentía ganas de reír, llena de una alegría novedosa y extraña.
Todas las personas a las que quería estaban a su lado, se mostraban amables y solícitas, la colmaban de atenciones. De no haber sabido y sentido que la situación estaba a punto de terminar, no habría podido desear una existencia mejor y más agradable. Lo único que ensombrecía el encanto de esa vida era que su marido no parecía el mismo hombre del que se había enamorado y se comportaba de un modo muy distinto a como lo había hecho en el campo.
Le gustaba el tono sereno, cariñoso y amable que empleaba en el campo. En la ciudad, en cambio, parecía siempre inquieto y vigilante, como si temiera que alguien le faltara el respeto o, peor aún, ofendiera a Kitty. En el campo se sentía en su ambiente, nunca se apresuraba, jamás estaba mano sobre mano. Aquí, en cambio, siempre andaba con prisas, como si no quisiera perderse algo, pero lo cierto era que no hacía nada. Y Kitty le compadecía. Sabía que a los demás no les inspiraba lástima; al contrario, cuando lo examinaba en sociedad, como a veces se examina a una persona querida tratando de verla como si fuera desconocida, para averiguar la impresión que causa en los demás, se daba cuenta (a veces con temor, tan celosa era) de que, lejos de inspirar lástima, resultaba muy atractivo, gracias a su probidad, a su cortesía tímida y algo pasada de moda con las mujeres, a su recia figura y, sobre todo, según le parecía a ella, a su expresivo rostro. Pero Kitty no lo veía desde fuera, sino desde dentro, y se daba cuenta de que allí no era él mismo. No se le ocurría un modo mejor de describir su situación. A veces le reprochaba en su fuero interno que no supiera vivir en la ciudad; otras, en cambio, reconocía que le sería realmente difícil organizar allí su vida de un modo satisfactorio.