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Se acercaba con paso rápido a la puerta de su estudio y, a pesar de su agitación, se quedó sorprendido de la suave luminosidad de la figura de A

—Hagan el favor de pasar —dijo, tratando de aparentar indiferencia, y, al entrar en el zaguán, sacó una llave del bolsillo y abrió la puerta.

 

XI

Una vez en el interior del estudio, el pintor volvió a mirar a sus visitantes, y grabó en su memoria la expresión del rostro de Vronski, en particular sus pómulos. A pesar de que su sensibilidad artística no dejaba nunca de trabajar, acumulando materiales, y de que cada vez se sentía más agitado, pues se acercaba el momento de escuchar un juicio nuevo sobre su trabajo, le bastó un momento y unos cuantos detalles apenas perceptibles para hacerse una idea cabal de esas tres personas. Goleníschev era un ruso afincado en el país. Mijáilov no recordaba su apellido, ni dónde lo había conocido ni de qué habían hablado. Sólo se acordaba de su cara —nunca se olvidaba de una cara que hubiese visto— y también de que la había almacenado en la inmensa sección de los rostros inexpresivos y presuntamente importantes. Los cabellos largos y la frente despejada proporcionaban una distinción puramente superficial a ese rostro, con una expresión insignificante, pueril e inquieta, concentrada por encima del fino caballete de la nariz. Mijáilov barruntaba que Vronski y A

—Aquí lo tienen —dijo, echándose a un lado con sus andares bruscos, al tiempo que señalaba el cuadro—. La admonición de Pilatos. San Mateo, capítulo veintisiete —añadió, sintiendo que sus labios empezaban a temblar de emoción. Retrocedió y se situó detrás de ellos.

Durante los breves segundos que los visitantes ocuparon en contemplar el cuadro en silencio, Mijáilov también lo examinó, con mirada indiferente y desapasionada. Ahora esperaba que esas tres personas, por las que había mostrado tanto desprecio un minuto antes, pronunciaran un juicio justo y definitivo sobre su obra. Olvidó todo lo que había pensando de su cuadro a lo largo de los tres años que le había dedicado; olvidó todos los méritos que consideraba indudables. Contemplaba el cuadro con la mirada nueva, desapasionada e indiferente de esos visitantes, y lo encontraba fallido. En primer término veía el rostro irritado de Pilatos y el semblante sereno de Cristo; en segundo plano, las figuras de los servidores de Pilatos y la cara de Juan, pendiente de los acontecimientos. Cada rostro, plasmado con su propio carácter, después de tantas búsquedas, tantos errores y tantas correcciones, fuente de tantos tormentos y alegrías; todas esas figuras, tantas veces modificadas para preservar la impresión de conjunto, los matices del color y de los tonos, logrados a costa de tantos esfuerzos; todo eso, visto ahora, a través de los ojos de esas personas, le pareció algo banal, repetido miles de veces. El rostro de Cristo, el que más apreciaba, punto central del cuadro, que tanto entusiasmo le había causado cuando lo descubrió, perdió todo su encanto cuando lo contempló con esos ojos ajenos. No era más que una buena copia (y no demasiado buena, pues ahora reparaba en un montón de defectos) de esos i

El silencio se le hizo muy penoso, aunque no duró más de un minuto. Para romperlo y mostrar que no estaba turbado, hizo un esfuerzo sobre sí mismo y se dirigió a Goleníschev.

—Creo que tengo el gusto de conocerlo —le dijo, mirando con inquietud tan pronto a A

—¡En efecto! Nos vimos en casa de Rossi, en el recital de esa señora italiana, la nueva Rachel, 82¿se acuerda usted? —respondió Goleníschev con naturalidad, apartando los ojos del cuadro sin la menor pesadumbre y clavándolos en el pintor. No obstante, advirtiendo que Mijáilov aguardaba que emitiera algún juicio, añadió—: Su cuadro ha progresado mucho desde la última vez que lo vi. Lo mismo antes que ahora lo que más me asombra es la figura de Pilatos. Te das cuenta de que es un hombre bueno y agradable, un funcionario hasta la médula de los huesos que no se da cuenta de lo que está haciendo. Pero me parece...

El mudable rostro de Mijáilov se iluminó de pronto. Sus ojos brillaron. Quiso decir algo, pero la emoción se lo impidió y fingió un acceso de tos. Por poco que valorara la capacidad de Goleníschev para comprender el arte, por insignificante que fuera su justa observación sobre el aspecto de funcionario de Pilatos y por ofensivo que pudiera parecerle un comentario tan insignificante, que pasaba por alto aspectos mucho más importantes, Mijáilov estaba entusiasmado con esa apreciación. Pensaba de la figura de Pilatos lo mismo que había dicho Goleníschev. El hecho de que el comentario fuese uno de los millones de comentarios correctos que podían hacerse, como muy bien sabía él, no disminuía el significado de la observación de Goleníschev. Gracias a ella, sintió un repentino afecto por ese hombre y, abandonando el estado de abatimiento en el que se encontraba, se sumió en el éxtasis. En unos instantes el cuadro entero había cobrado vida y se había revestido de una inefable complejidad. Mijáilov trató otra vez de decir que entendía a Pilatos de la misma manera, pero de nuevo los labios le temblaron, impidiéndole hablar. Vronski y A