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Vronski adivinó en seguida que Goleníschev era una de esas personas, y se alegró doblemente del encuentro. Lo cierto es que, cuando le llevó a verla, Goleníschev se comportó con A

No conocía de antes a A

—Sale en la guía —dijo Goleníschev, refiriéndose al palazzoque Vronski había alquilado—. Tiene un Tintoretto magnífico. De la última época.

—¿Sabe lo que le digo? Hace un tiempo espléndido. ¿Por qué no vamos a verlo otra vez? —propuso Vronski, dirigiéndose a A

—Con mucho gusto. Voy a ponerme el sombrero. ¿Dice usted que hace calor? —preguntó, deteniéndose en el umbral y dirigiendo a Vronski una mirada inquisitiva. Y de nuevo su rostro volvió a cubrirse de un intenso rubor.

Vronski comprendió a qué obedecía esa mirada: no sabiendo qué relación quería establecer con Goleníschev, temía no haberse comportado como él deseaba.

La miró largamente con ternura.

—No, no mucho —contestó.

A

Los dos amigos se miraron con cierto embarazo. Goleníschev, que se había quedado prendado de A

—Entonces, ¿te has establecido aquí? —preguntó Vronski, con la intención de iniciar una conversación—. ¿Sigues trabajando en lo mismo? —prosiguió, recordando haberle oído a alguien que Goleníschev se ocupaba de la redacción de un tratado...

—Sí, estoy escribiendo la segunda parte de Los dos principios—respondió Goleníschev, encantado de que le hiciera esa pregunta—. Es decir, para ser preciso, no la estoy escribiendo todavía, sólo preparándola, reuniendo material. Será bastante más extensa y tocará todas las cuestiones. En Rusia no queremos entender que somos los herederos de Bizancio. —E inició una prolija y acalorada exposición.

Al principio Vronski se sintió incómodo, porque no conocía la primera parte de Los dos principios, de la que el autor hablaba como de algo conocido. Pero luego, cuando Goleníschev empezó a exponer sus ideas, aun sin haber leído la obra, le escuchó no sin cierto interés, ya que Goleníschev era un buen orador. Pero le sorprendía y le apenaba la agitación nerviosa con que su amigo disertaba del tema que le ocupaba. Cuanto más hablaba, más se le encendían los ojos, más se apresuraba a refutar los argumentos de sus oponentes imaginarios y más irritada y ofendida se volvía la expresión de su rostro. Se acordaba del Goleníschev de antaño, aquel muchacho delgado, vivaracho, bondadoso y noble, siempre el primer alumno en el cuerpo de pajes. No podía comprender en absoluto las causas de su irritación y no toleraba su actitud. Lo que más le disgustaba era que Goleníschev, que pertenecía a la alta sociedad, se pusiera al mismo nivel de unos escritorzuelos, perdiera los estribos y se enfadara con ellos. ¿Merecía eso la pena? Este detalle no fue de su agrado, pero, a pesar de ello, se daba cuenta de que su amigo era desdichado y le compadecía. La desgracia, rayana ya en locura, se reflejaba en su rostro animado y bastante atractivo cuando, sin darse cuenta siquiera de la entrada de A

Cuando apareció A

—Hay una cosa que me gusta mucho —le dijo A

—¿Es que pintas? —preguntó Goleníschev, volviéndose hacia Vronski con un gesto fulgurante.

—Sí, es una afición que tenía antes y que he retomado un poco en los últimos tiempos —respondió Vronski, ruborizándose.

—Tiene mucho talento —dijo A

 

VIII

En esa primera etapa de libertad y rápido restablecimiento, A

En el primer momento de la ruptura le vino a la cabeza un razonamiento tranquilizador sobre su proceder, y al contemplar ahora de nuevo todo su pasado, volvió a recordarlo. «La desgracia que le he causado a ese hombre era inevitable —pensaba—, pero no quiero aprovecharme de ella. También yo sufro y seguiré sufriendo. He renunciado a lo que más quería, mi hijo y mi reputación. He obrado mal, así que no merezco la felicidad ni el divorcio. Jamás me abandonará este sentimiento de vergüenza ni se mitigará mi dolor por la separación de mi hijo.» Pero, por más sincero que fuera su deseo de sufrir, lo cierto es que no sufría. Tampoco la abrumaba la vergüenza. Con ese tacto tan desarrollado en ambos, evitaban en el extranjero el trato de las señoras rusas y nunca se prestaban a equívocos. Además, por todas partes conocían a personas que pretendían comprender aún mejor que ellos mismos la situación en la que se encontraban. En un principio, ni siquiera le atormentó la separación de su hijo, al que tanto quería. Esa niñita encantadora, hija de Vronski, era lo único que le había quedado, y A