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—El médico, la comadrona y el conde Vronski.

Alekséi Aleksándrovich pasó a las habitaciones interiores.

En el salón no había nadie. Al oír sus pasos, la comadrona salió del despacho de A

—¡Gracias a Dios que ha llegado usted! No hace más que llamarle —dijo.

—¡Traigan en seguida el hielo! —dijo el médico desde el dormitorio con voz imperiosa.

Alekséi Aleksándrovich entró en el despacho de A

—Se está muriendo. El médico ha dicho que no hay esperanzas. Estoy a su disposición, pero permítame que me quede aquí... En cualquier caso, haré lo que le parezca, pues...

Al ver las lágrimas de Vronski, Alekséi Aleksándrovich fue presa de ese desconcierto que le dominaba ante los sufrimientos ajenos. Volvió la cara, sin esperar a que Vronski acabara su frase, y se dirigió apresuradamente a la puerta del dormitorio, desde el que le llegaba la voz de A

—Porque Alekséi, me refiero a Alekséi Aleksándrovich (¡qué destino tan extraño y terrible: los dos se llaman Alekséi!), no me lo negaría. Yo lo olvidaría todo y él me perdonaría... Pero ¿por qué no viene? Es bueno. Ni él mismo sabe lo bueno que es. ¡Ah, Dios mío, qué angustia! ¡Dadme agua! ¡Deprisa! Pero será malo para la niñita. Bueno, de acuerdo, que se la lleven a la nodriza. Entiendo que es incluso mejor. Cuando él venga, se disgustará si la ve. Llévensela.

—Ya ha llegado, A

—¡Ah, qué absurdo! —prosiguió A

De pronto se encogió, se calló y, con una expresión de espanto, como si esperara un golpe y quisiera defenderse, se llevó las manos a la cara: había visto a su marido.

—No, no —dijo—, no es a él a quien temo, sino a la muerte. Acércate, Alekséi. Me doy prisa porque tengo poco tiempo, me queda poco de vida. En unos instantes me subirá la fiebre y ya no seré capaz de entender nada. Pero ahora lo entiendo todo y lo veo todo.

El rostro arrugado de Alekséi Aleksándrovich se contrajo en una expresión de dolor. Le cogió la mano y quiso decir algo, pero no fue capaz de pronunciar palabra. Le temblaba el labio inferior; su emoción era tan grande que casi no podía controlarse y apenas se atrevía a mirarla. Cada vez que lo hacía, veía en sus ojos, fijos en él, una ternura arrebatada y una delicadeza desconocidas.

—Espera, no sabes... Espera, espera... —se interrumpió, como si estuviera ordenando sus ideas—. Sí —continuó—. Sí, sí, sí. Esto es lo que quería decirte. No te sorprendas de verme así. Sigo siendo la misma... Pero dentro de mí hay otra mujer, de la que tengo miedo. Es ella quien se ha enamorado de ese hombre. He intentado odiarte, pero no he podido olvidarme de la que era antes. Esa otra mujer no soy yo. Ahora soy la verdadera, de los pies a la cabeza. Me estoy muriendo; sé que me estoy muriendo. Pregúntaselo a él. Siento un peso terrible en los brazos, en las piernas, en los dedos. ¡Mira qué dedos tan enormes! Pero todo esto terminará pronto... Sólo quiero una cosa: que me perdones, que me perdones de verdad. Soy una pecadora, pero recuerdo que mi niñera me hablaba de una santa mártir... ¿Cómo se llamaba?... Era todavía peor que yo. Iré a Roma. Allí hay un desierto. Entonces no molestaré a nadie. Únicamente me llevaré a Seriozha y a la niña... ¡No, no puedes perdonarme! ¡Sé que es imposible perdonar una cosa así! ¡No, no, vete, eres demasiado bueno! —Con una de sus manos ardientes A

El desconcierto de Alekséi Aleksándrovich, que no había dejado de aumentar, alcanzó tales cotas que dejó de luchar con él. De pronto se dio cuenta de que lo que había tomado por mera turbación era en realidad un estado de ánimo beatífico que le permitía gozar de una felicidad nueva, desconocida hasta entonces. No se le había ocurrido que la doctrina cristiana, que siempre había procurado seguir, le conminaba a perdonar y a amar a sus enemigos, pero de pronto la alegría del amor y del perdón embargó su alma. Hincado de hinojos, con la cabeza apoyada en el brazo doblado de A

—¡Así es él! ¡Ya lo sabía yo! ¡Ahora adiós a todos! ¡Adiós!... Ya vienen otra vez. ¿Por qué no se van?... Pero ¡quitadme de encima estos abrigos de piel!

El médico le separó las manos, le puso con cuidado la cabeza en la almohada y le cubrió los hombros. A

—Recuerda que sólo necesitaba tu perdón, no pido nada más, nada... ¿Por qué no viene él? —prosiguió, volviéndose hacia la puerta, donde estaba Vronski—. ¡Acércate! ¡Acércate! Dale la mano.

Vronski se acercó al pie de la cama y, al verla, volvió a cubrirse el rostro con las manos.

—Quítate las manos de la cara y mírale. Es un santo —dijo A

Karenin separó las manos de Vronski y descubrió su rostro, en el que se reflejaba una expresión terrible de sufrimiento y vergüenza.

—Dale la mano. Perdónale.

Alekséi Aleksándrovich le dio la mano, sin contener las lágrimas que se agolpaban en sus ojos.

—Gracias a Dios, gracias a Dios —exclamó A

Y A

El médico y sus colegas habían dictaminado que se trataba de una fiebre puerperal, mortal en el noventa y nueve por ciento de los casos. A

Se esperaba el desenlace de un momento a otro.

Vronski se marchó a su casa, pero volvió por la mañana para ver cómo seguía la enferma. Alekséi Aleksándrovich lo recibió en el vestíbulo y le dijo:

—Quédese. Tal vez pregunte por usted. —Y lo condujo él mismo al despacho de su mujer.

Por la mañana empezó de nuevo la excitación, la vivacidad, la rapidez de pensamiento y de palabra, y al final de nuevo la inconsciencia. Al tercer día sucedió lo mismo, y el médico dijo que había alguna esperanza. Ese día Alekséi Aleksándrovich entró en el despacho en el que se encontraba Vronski, cerró la puerta y se sentó frente a él.