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—Sólo quiero una cosa: hacer su voluntad. Pero si hubiera de exponer mi deseo...

No pudo terminar.

El príncipe la interrumpió:

—¡Perfectamente!— gritó. —Te tomará con tu dote y de paso se llevará a mademoiselle Bourie

El príncipe se detuvo al advertir la impresión que producían esas palabras en su hija: la princesa bajó la cabeza, pronta a llorar.

—Vaya, vaya. No es más que una broma— dijo. —Ten presente cuál es mi principio: una hija tiene pleno derecho a escoger. Y tú estás en libertad de hacerlo. Recuerda una cosa: tu felicidad depende de esta decisión. En mí no tienes que pensar.

—Pero, yo no sé... mon père.

—¡No hablemos más! A él le ordenan que se case y se casa; lo haría, no sólo contigo sino con cualquiera... Pero tú, tú eres libres para escoger... Vete a tu habitación y medita. Vuelve dentro de una hora y, en su presencia, di sí o no. Sé que vas a rezar. Bien: reza, si te parece, pero creo que harías mejor en pensarlo. Ahora, vete.

Y mientras la princesa salía del despacho como envuelta en una espesa niebla, tambaleándose, el príncipe gritó a sus espaldas:

—¡Sí o no! ¡Sí o no! ¡Sí o no!

La suerte de la princesa estaba echada, y de un modo feliz. Pero la alusión a mademoiselle Bourie

“¿Quién está aquí? ¿Para qué? ¡Esperad!”, parecía decir el rostro de Anatole. La princesa María los miró en silencio. No alcanzaba a comprender. Por último, mademoiselle Bourie

Una hora después se presentó Tijón para llamar a la princesa María. Le rogaba que fuera al despacho del príncipe, y añadió que el príncipe Vasili Serguéievich estaba ya en el mismo lugar. Cuando Tijón entró en la habitación de la princesa María, ésta permanecía sentada en el diván y tenía entre sus brazos a mademoiselle Bourie

—Non, princesse, je suis perdue pour toujours dans votre coeur— decía mademoiselle Bourie

—Pourquoi? Je vous aime plus que jamais et je tâcherai de faire tout ce qui est en mon pouvoir pour votre bonheur— respondía la princesa. 218

—Mais vous me méprisez; vous si pure, vous ne comprendrez jamais cet égarement de la passion. Ah! ce n’est que ma pauvre mère... 219

—Je comprends tout 220— dijo la princesa, sonriendo tristemente. —Cálmese, amiga mía. Voy a ver a mi padre.

Y salió.

Cuando entró la princesa María, el príncipe Vasili estaba sentado, cruzadas sus largas piernas y con la tabaquera en la mano; una sonrisa enternecida brillaba en su rostro y parecía muy conmovido; como si lamentase y se burlase de su propia sensibilidad, se llevó a la nariz una pizca de tabaco.

—Ah, ma bo

Se separó de ella. Una lágrima verdadera se asomó a sus ojos.

—¡Fr..., fr...!— refunfuñó el príncipe Nikolái Andréievich. —El príncipe te pide para esposa de su educando... de su hijo... ¿Quieres ser la esposa del príncipe Anatole Kuraguin, sí o no?— y repitió gritando: —Di sí o no. Yo me reservo el derecho de expresar después mi opinión. Sí, mi opinión y nada más— añadió el príncipe Nikolái Andréievich dirigiéndose al príncipe Vasili en respuesta a su expresión suplicante. —¿Sí o no?

—Mi deseo, mon père, es no abandonarlo nunca, no separar mi vida de la suya. No quiero casarme— dijo la princesa María resueltamente, mirando con sus bellos ojos al príncipe Vasili y a su padre.

—¡Bah! ¡Tonterías! ¡Tonterías! ¡Tonterías!— exclamó el príncipe Nikolái Andréievich frunciendo el ceño. Tomó a su hija por la mano, la atrajo a sí, pero no la besó; acercó su frente a la de ella y apretó tanto su mano que la princesa no pudo reprimir un grito.

El príncipe Vasili se había levantado.

—Ma chère, je vous dirai que c’est un moment que je n'oublierai jamais; mais, ma bo

—Príncipe, lo que he dicho es todo cuanto hay en mi corazón. Agradezco el honor que se me hace, pero no seré nunca la esposa de su hijo.

—Ea, se acabó, querido mío. Estoy muy contento de verte, muy contento— dijo el viejo príncipe. —Ahora, princesa, vete a tu habitación... Estoy contento, muy contento de verte— repitió abrazando al príncipe Vasili.

“Mi vocación es otra —pensaba la princesa María—. Mi vocación consiste en ser feliz con la felicidad de los demás, la felicidad del amor y del sacrificio. Y cueste lo que cueste haré la felicidad de la pobre Amelia. ¡Lo ama tan apasionadamente, es tan sincero su arrepentimiento! Haré todo lo posible para que se case con ella. Si él no es rico, le daré medios; pediré a mi padre, pediré a Andréi. ¡Es tan desgraciada, está tan sola, sin la ayuda de nadie! Me sentiré feliz cuando sea su mujer. ¡Y cómo debe amarlo, Dios mío, para haber llegado a olvidarse de sí misma hasta ese extremo! Quizá yo habría hecho lo mismo..."

VI

Hacía tiempo que la familia Rostov carecía de noticias de Nikolái. Sólo hacia la mitad del invierno llegó una carta, en cuyo sobre reconoció el conde la letra de su hijo. Con la carta en la mano, asustado, el conde corrió de puntillas a su despacho, y allí se encerró para leerla a solas. A

Aunque sus asuntos estaban ya en orden, A

—Mon bon ami?— preguntó tristemente, siempre dispuesta a compartirlo todo.

El conde sollozó con más fuerza.

—Nikóleñka... Una carta... herido, ma chère... ¡ha sido herido! mi pequeño... la condesa... ha sido promovido a oficial... ¡Bendito sea Dios! ¿Cómo se lo diré a la condesa?

A

Durante la comida A