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—Quelle délicieuse perso

Poco después de la menuda princesa entró en la sala un joven corpulento, grueso, de cabellos cortos, lentes, calzones claros, según la moda de la época, alto cuello de encaje y frac de color castaño. Aquel joven grueso era el hijo natural de un célebre dignatario en los tiempos de Calalina II, el conde Bezújov, que precisamente entonces estaba a las puertas de la muerte en Moscú. No había ocupado todavía ningún cargo, y volvía del extranjero, donde se había educado; por primera vez tomaba parte en una recepción. A

En realidad, Pierre era algo más corpulento que cualquiera de los demás hombres que se hallaban allí; pero el temor de la anfitriona podía deberse solamente a su inteligente mirada de observador franco y tímido a la vez, que lo distinguía de los demás invitados.

—C'est bien aimable à vous, monsieur Pierre, d’être venu voir une pauvre malade 24— le dijo A

Pierre murmuró unas palabras ininteligibles y siguió buscando a alguien con los ojos. Sonrió alegremente al saludar a la menuda princesa como a una íntima conocida y se acercó a la tía. No eran vanos los temores de A

—¿No conoce al abate Morio? Es un hombre muy interesante...

—Sí; he oído hablar de sus proyectos de paz perpetua; eso es muy hermoso, pero no me parece posible...

—¿Lo cree así?...— replicó A

Pero Pierre cometió otra incorrección. Antes no atendió a la tía, alejándose de ella; ahora entretenía con su conversación a la anfitriona, que debía cumplir con sus propias obligaciones. Con la cabeza inclinada, separadas sus largas piernas, demostraba a A

—Hablaremos después— sonrió A

Y separándose del joven, que no tenía el más elemental conocimiento del mundo, volvió a sus ocupaciones de ama de casa: a mirar y escuchar, pronta a llevar auxilio allí donde la conversación decaía. Como el dueño de una hilandería, que, tras haber colocado en sus puestos a los operarios, camina a un lado y otro de su taller, y advirtiendo dónde hay un huso parado o el ruido insólito y demasiado fuerte de otro, los vuelve de nuevo a la marcha conveniente, así A

III

La velada de A

El vizconde era hombre joven y atractivo, de fisonomía y maneras agradables; sin duda se consideraba una celebridad, aunque por buena educación permitía modestamente que la sociedad en que se hallaba pudiera aprovecharse de él. Era evidente que A

—Ah! voyons. Contez-nous cela, vicomte— medió A

El vizconde se inclinó en señal de obediencia y sonrió cortésmente. A

—Le vicomte a été perso

El vizconde, dispuesto a comenzar su historia, sonreía cortés.

—Venid aquí, chère Hélène— dijo A

La princesa Elena sonreía; se levantó con la misma invariable sonrisa de mujer bellísima con que había entrado en el salón. Con el leve crujido de su traje de baile, blanco, adornado de terciopelo; resplandeciente por la blancura de los hombros, el brillo de sus cabellos y los diamantes, se adelantó entre los hombres que le abrían paso, erguida, sin mirar a ninguno pero sonriendo a todos, como regalando el derecho a admirar la belleza de su talle, de sus brazos torneados, de los escotados espalda y pecho (según la moda de la época). Se acercó a A

—Quelle belle perso

—Madame, je crains pour mes moyens devant un pareil auditoire— sonrió, inclinando la cabeza. 28

La princesa apoyó en el velador el brazo desnudo y no creyó necesario decir una sola palabra. Lo miraba sonriente, esperando. Durante toda la narración permaneció erguida, mirando ya el bello brazo desnudo, ya el seno aún más bello sobre el cual resplandecía el collar de diamantes; a veces ordenaba los pliegues del vestido y, cuando el relato impresionaba a los oyentes, miraba a A