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—¿Adonde te llevan, querido? ¿Y la niña? ¿Dónde dejo a la niña si no es de ellos?— dijo.

—Qu'est-ce qu'elle veut, cette femme?— preguntó el oficial.

Pierre estaba como borracho. Su excitación se acentuó más aún al ver la criatura que había salvado.

—Ce qu'elle dit? Elle m'apporte ma fille que je viens de sauver des flammes. Adieu! 542— dijo, y, sin saber cómo se le había ocurrido aquella mentira, echó a andar con paso firme y solemne entre los franceses.

La patrulla era una de las mandadas por orden de Durosnel a las calles de Moscú para detener a los merodeadores y, sobre todo, a los incendiarios, quienes, en opinión del mando francés, eran los autores del fuego. La patrulla recorrió varias calles más y detuvo a otros cinco rusos sospechosos: un tendero, dos seminaristas, un mujik y un criado, y a varios merodeadores. Pero entre los sospechosos, el más peligroso parecía Pierre. Cuando llegaron al caserón de la puerta de Zúbovski, donde estaba la prisión militar, lo encerraron incomunicado bajo severa vigilancia.

LIBRO CUARTO

Primera parte

I

En las altas esferas petersburguesas era más encarnizada que nunca la complicada lucha entre los partidarios de Rumiántsev, de los franceses, de María Fiódorovna, del príncipe heredero y de otros personajes, aunque, como siempre, oscurecida por el zumbido de los zánganos cortesanos. Pero la vida de San Petersburgo, tranquila y lujosa, sin otra preocupación que los reflejos distorsionados de la realidad, seguía su curso ordinario. Y quienes se encontraban en esa vida debían hacer grandes esfuerzos para comprender el peligro y la difícil situación en que se hallaba el pueblo ruso. Se celebraban las mismas fiestas, idénticos bailes y espectáculos del teatro francés; continuaban los mismos intereses de las diversas cortes, los mismos intereses del servicio, las mismas intrigas. Sólo en los círculos más elevados se esforzaban por hacer comprender la difícil situación. Se contaba en voz baja la reacción tan distinta de las dos Emperatrices en tales circunstancias. La Emperatriz madre, María Fiódorovna, preocupada por el bienestar de las instituciones educativas y benéficas de las que era presidenta, había ordenado llevarlas a Kazán, y sus bienes estaban embalados y dispuestos. La Emperatriz Elisabetha Alexéievna, con el patriotismo que la caracterizaba, había contestado a quienes le preguntaban qué se dignaba disponer que no podía dar órdenes atinentes a las instituciones estatales porque dependían del Emperador; pero en lo que se refería personalmente a ella, manifestó que sería la última en salir de San Petersburgo.

El 26 de agosto, el mismo día de la batalla de Borodinó, A

Se consideraba un arte pronunciar las palabras en voz alta, cantarina, mezclando alaridos angustiosos con tiernos susurros, totalmente al margen de su significado, de modo que por casualidad una palabra coincidía con el alarido y otra con el susurro. Esta lectura, como todas las veladas de A

En San Petersburgo la novedad del día era la enfermedad de la condesa Bezújov. Unos días antes la condesa había caído repentinamente enferma, faltó a varias reuniones de las que era ornato, y corría la voz de que no recibía a nadie y que en vez de los célebres doctores de San Petersburgo, que ordinariamente la visitaban, se había confiado a un médico italiano que la estaba tratando con un nuevo y extraordinario método.

Nadie ignoraba que la enfermedad de la bella condesa se debía a la incomodidad de casarse al mismo tiempo con dos hombres, y que los cuidados del italiano consistían en evitar esa incomodidad. Pero en presencia de A

—On dit que la pauvre comtesse est très mal. Le médecin dit que c'est l'angine pectorale. 543

—L'angine? Oh, c'est une maladie terrible! 544

—On dit que les rivaux se sont réconciliés grâce à l'angine... 545

La palabra angineera repetida con gran placer.

—Le vieux comte est touchant à ce qu'on dit. Il a pleuré comme un enfant, quand le médecin lui à dit que le cas était dangereux. 546

—Oh! Ce serait une perte terrible. C'est une femme ravissante. 547

—Vous parlez de la pauvre comtesse— dijo A

Suponiendo que con semejantes palabras A

—Vos informations peuvent être meilleures que les mie

Y, después de aniquilar al atrevido con aquellas palabras, A

—Je trouve que c'est charmant— decía refiriéndose a una nota diplomática con la que habían sido devueltas a Viena las banderas austríacas tomadas por Wittgenstein, le héros de Petropol, como se lo llamaba en San Petersburgo.

—¿Qué dice?— preguntó A

Bilibin repitió las palabras textuales del despacho diplomático que él había escrito:

—L’Empereur renvoie les drapeaux autrichiens, drapeaux amis et égarés qu'il a trouvé hors de la route 550— dijo Bilibin, desarrugando la frente.

—Charmant! Charmant!— exclamó el príncipe Vasili.

—C’est la route de Varsovie, peut-être 551— dijo de pronto y en voz alta el príncipe Hipólito.

Todos se volvieron hacia él, sin comprender lo que pretendía decir. El príncipe Hipólito miró alrededor con alegre sorpresa. Tampoco él, como los demás, comprendía el significado de sus palabras. Durante su carrera diplomática había observado más de una vez que las frases dichas sin venir a cuento resultaban muy ingeniosas; y precisamente por ello había dicho ahora lo primero que le vino a la lengua. “Tal vez resulte bien, y si no, ya sabrán arreglarlo", pensó. Y, en efecto, en medio del silencio embarazoso que se produjo, entró en la sala aquel personaje no lo suficientemente patriótico a quien A