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—Ahora lo comprendo todo— dijo la princesa. —Sé quién ha preparado esta intriga. Lo sé.

—No se trata de eso, amiga mía.

—Es su protegée, 102su querida princesa A

—Ne perdons point de temps. 103

—¡No, no me diga! El pasado invierno esa mujer se introdujo en esta casa y contó al conde tales horrores sobre todas nosotras y especialmente sobre Sophie (no puedo ni repetirlos) que el conde enfermó y estuvo dos semanas sin querer vernos. Fue entonces, lo sé bien, cuando escribió ese infame papel... pero yo creí que no tendría validez alguna.

—Nous y voilà. 104¿Por qué no me lo has dicho antes?

—Está en la cartera de cuero repujado que guarda bajo su almohada. Ahora lo sé— dijo la princesa sin responder. —Sí, si tengo algún pecado, un gran pecado, es el odio hacia esa miserable— siguió la princesa casi a gritos, totalmente cambiada. —¿Qué busca aquí? Pero se lo diré todo, todo. ¡Ya llegará la hora!

XIX

Mientras en la sala de recepción y en la habitación de la princesa tenían lugar tales conversaciones, el coche que llevaba a Pierre (a quien mandaron a buscar) y a A

—¿Están aquí las habitaciones de las princesas?— preguntó a uno de ellos A

—Sí, la puerta de la izquierda, señora— respondió el lacayo, con voz fuerte y audaz, como si ahora todo estuviera permitido.

—Tal vez el conde no me ha llamado— dijo Pierre cuando llegaron al descansillo. —Será mejor que me vaya a mi habitación.

A

—Ah, mon ami!— dijo con la misma voz y gesto con que por la mañana había hablado a su hijo. —Croyez que je souffre autant que vous, mais soyez homme 105— añadió, rozando la mano de Pierre.

—¿Y si me fuera?— preguntó Pierre mirando cariñosamente a A

—Ah, mon ami, oubliez les torts qu’on a pu avoir envers vous, pensez que c’est votre père..., peut-être à l’agonie— suspiró. —Je vous ai tout de suite aimé comme mon fils. Fiez-vous à moi, Pierre. Je n’oublierai pas vos intérêts 106— contestó a su mirada; y avanzó con más prisas por el pasillo.

Pierre, que no comprendía nada, se convenció aún más de que todo tenía que ser así y siguió dócilmente a A

La puerta daba al pasillo que correspondía a la entrada de servicio. En un rincón había un viejo sirviente de las princesas haciendo calceta. Pierre no había estado jamás en aquella parte de la casa y ni siquiera sospechaba la existencia de tales cámaras. A

Aquel gesto estaba tan en desacuerdo con la tranquila forma de ser de la princesa, y el miedo reflejado en el rostro del príncipe Vasili correspondía tan poco a su digna actitud de siempre, que Pierre se detuvo y miró interrogante, a través de sus lentes, a su guía. A

—Soyez homme, mon ami, c’est moi qui veillerai à vos intérêts 107— contestó a su mirada; y avanzó con más prisa por el pasillo.

Pierre, sin comprender de qué se trataba y menos aún qué significaba aquello de veiller à vos intérêts, seguía creyendo que todo debía ser así. El pasillo los condujo a una sala medio oscura que daba al salón de recepción del conde. Era una de aquellas salas frías y lujosas que ya conocía Pierre, aunque siempre había llegado por la entrada principal. En medio de una de ellas había una bañera vacía y la alfombra estaba salpicada de agua. Cuando entraron, un criado y un sacristán, portador de un incensario, salían de puntillas, sin reparar en los recién venidos. Entraron en el salón de recepción —ya conocido por Pierre—, con dos ventanales de estilo italiano que comunicaban con el jardín de invierno y decorado con un gran busto y un retrato de tamaño natural de la emperatriz Catalina.

En el salón estaban las mismas personas de antes, en idénticas posturas, y seguían cuchicheando. Todos callaron para mirar a A

El rostro de A

—¡Dios sea loado! ¡Llegamos a tiempo!— dijo al sacerdote. —Todos los parientes teníamos tanto miedo... Este joven es el hijo del conde— añadió bajando el tono. —¡Qué terrible momento!

Pronunciadas estas palabras, se acercó al doctor.

—Cher docteur— le dijo, —ce jeune homme est le fils du comte... y a-t-il de l'espoir? 108

El doctor, en silencio, levantó los ojos y los hombros con gesto rápido. A

—Ayez confiance en Sa miséricorde 109— murmuró, e indicándole un pequeño diván para que se sentara allí y la esperase se dirigió sin hacer ruido hacia la puerta a la que todos miraban y desapareció también, casi sin ruido, detrás de ella.