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—¡Ay, amiga mía!— respondió la princesa A
—Pero ¿cómo lo has hecho? ¿A quién has hablado de Borís?— preguntó la condesa. —Ya ves, tu hijo es oficial de la Guardia, mientras Nikolái no pasa de cadete. No hay quien se encargue de gestionarlo. ¿A quién se lo has pedido?
—Al príncipe Vasili. Estuvo muy amable. Accedió sin hacerse rogar y lo recomendó al Emperador— dijo con entusiasmo la princesa A
—¿Ha envejecido el príncipe Vasili?— preguntó la condesa. —No lo he visto desde las funciones de teatro que dimos en casa de los Rumiántsev. Supongo que se habrá olvidado de mí. Il me faisait la cour 74— recordó la condesa sonriendo.
—Sigue siendo el mismo— replicó A
La condesa vertió unas lágrimas y reflexionó en silencio.
—Con frecuencia pienso, y puede ser un pecado— continuó A
—Es muy probable que deje algo para Borís— dijo la condesa.
—Dios lo sabe, chère amie. ¡Estos grandes señores son tan egoístas! Mas, a pesar de todo, voy a ir a su casa con Borís y le diré francamente cómo están las cosas. Que piensen de mí lo que quieran, me es indiferente cuando está en juego el porvenir de mi hijo— la princesa se puso en pie. —Son las dos y vosotros coméis a las cuatro, tendré tiempo de ir.
Y con los modales de una práctica dama de San Petersburgo que sabe aprovechar el tiempo, A
—Adiós, querida— dijo a la condesa, que la acompañaba hasta la puerta. —Deséame éxito— añadió a media voz para que no la oyese su hijo.
—¿Va a casa del conde Kiril Vladimírovich Bezújov, ma chère?— preguntó el conde, que salía del comedor. —Si se encuentra mejor, diga a Pierre que lo invito a comer. Me visitaba a veces y bailaba con las niñas. No se olvide de invitarlo, ma chère. Bien, vamos a ver cómo se luce Tarás hoy. Dice que en la casa del conde Orlov no hubo nunca una comida semejante a la que vamos a tener nosotros.
XII
—Mon cher Borís— dijo la princesa A
—Si supiera que iba a resultar algo más que una humillación...— respondió el hijo fríamente. —Pero he prometido hacerlo y lo haré por usted.
Aunque había una carroza detenida frente a la escalinata, el portero examinó de pies a cabeza a la madre y al hijo (que sin hacerse anunciar entraban directamente en el vestíbulo de vidrieras, entre dos hileras de estatuas colocadas en sus nichos) y viendo el viejo abrigo de A
—Podemos irnos— dijo Borís en francés.
—Mon cher— replicó la madre con voz suplicante, tocando de nuevo la mano de su hijo, como si sólo con el contacto pudiese calmarlo o animarlo.
Borís calló y, sin quitarse el abrigo, miró a su madre con gesto interrogativo.
—Amigo— prosiguió A
El portero malhumorado tiró de la campanilla y se apartó.
—La princesa Drubetskaia para el príncipe Vasili Serguéievich— gritó al criado vestido de frac, medias y zapatos de hebilla, que acudió al rellano superior y miraba desde lo alto de la escalera.
La madre compuso lo mejor que pudo los pliegues de su vestido de seda teñida, se miró en el gran espejo de Venecia colgado en la pared y, animosamente, con sus desgastados zapatos, avanzó por la alfombra de la escalera.
—Mon cher, vous m’avez promis... 76— dijo de nuevo a su hijo, tocándolo en el brazo.
Borís la seguía dócilmente, con los ojos bajos.
Entraron en la sala, una de cuyas puertas conducía a las habitaciones destinadas al príncipe Vasili.
Cuando madre e hijo, llegados al centro de la estancia, iban a preguntar el camino al viejo criado que se había puesto en pie al verlos entrar, giró la manilla de bronce de una de las puertas y el príncipe Vasili, ataviado en plan casero con una chaqueta de terciopelo y una sola condecoración, salió acompañando a un señor bien parecido, de cabellos negros. Era Lorrain, el célebre médico de San Petersburgo.
—C’est done positif? 77— preguntó el príncipe.
—Mon prince, “errare humanum est”, mais...— replicó el médico pronunciando con acento francés las palabras latinas.
—C’est bien, c’est bien...
Y reparando en A
—En qué tristes circunstancias nos encontramos, príncipe... Dígame, ¿cómo se encuentra nuestro querido enfermo?— preguntó A
El príncipe Vasili la miró interrogativo, como perplejo, y se volvió después hacia Borís, quien lo saludó cortésmente.
Sin responder al saludo, el príncipe Vasili se volvió de nuevo hacia A
—¿Es posible?— exclamó A
Una vez más, Borís saludó correctamente.
—Crea, príncipe, que el corazón de una madre no olvidará nunca lo que hizo por nosotros.