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«Después de tantas marchas a caballo —écrit- il à l’Empereur—, me ha salido una llaga que, unida a los trastornos de los viajes anteriores, me impide montar y mandar un ejército tan grande. Por esta razón, he declinado el mando en el general más antiguo, el conde Buxhöwden, transmitiéndole todos los servicios y lo demás con ellos relacionado; le aconsejo, al mismo tiempo, que se retire hacia el interior de Prusia, puesto que no queda pan más que para un día, y en algunos regimientos ni siquiera eso, como manifiestan los jefes de división Osterma

«Permitid que este viejo se retire a descansar al campo; un viejo ya deshonrado, puesto que no pudo cumplir el grande y glorioso destino para el que fue elegido. Espero vuestra augusta autorización aquí, en el hospital, para no hacer de escribienteen el ejército en vez de ser general en jefe. Mi retirada tendrá la misma importancia que la de un ciego que se fuera de un campo de batalla. En Rusia hay miles de hombres como yo.»

El mariscal se disgusta con el Emperador y nos castiga a todos. ¡No diga que no es lógico!

Tal es el primer acto. En los siguientes, el interés y el ridículo aumentan como es de razón. Tras la marcha del mariscal, se descubre que el enemigo está a la vista y hay que presentarle batalla. Buxhöwden es general en jefe por derecho de antigüedad, pero el general Be

El príncipe Andréi había comenzado a leer la carta sin prestar atención, pero sin darse cuenta fue despertando su interés, aunque conocía hasta qué punto se podía creer a Bilibin. Al llegar a este pasaje, arrugó la carta y la tiró. No lo irritaba lo que estaba leyendo, sino el hecho de que todos aquellos sucesos y aquella vida extraña a él pudieran producirle semejante inquietud. Cerró los ojos y se pasó la mano por la frente, como para ahuyentar toda preocupación relacionada con lo leído. Prestó atención a los ruidos que salían de la habitación de su hijo. Le pareció oír al otro lado de la puerta un rumor extraño. Tuvo miedo de que le hubiera ocurrido algo al niño mientras leía la carta. Se acercó de puntillas a la puerta y la abrió.

En el momento de entrar vio que la niñera, con rostro asustado, ocultaba algo y que la princesa María ya no estaba junto al lecho.

—Querido— oyó detrás la voz susurrante de su hermana, que le pareció desesperada. Como suele ocurrir tras largas noches de insomnio y de intensas emociones, lo invadió un injustificado temor. Pensó que el niño había muerto. Todo lo que veía y oía venía a ser la confirmación de su temor.

“Todo ha terminado”, se dijo. Y su frente se cubrió de un sudor frío. Aturdido, se acercó a la cama, creyendo que la encontraría vacía y que la niñera había escondido al niño muerto. Descorrió la cortina y durante largo rato sus asustados ojos fueron de un sitio a otro sin ver nada.

Por fin se dio cuenta de que el niño estaba allí. Con el rostro sonrosado y los brazos abiertos, permanecía echado de través, con la cabeza fuera de la almohada. Entre sueños movía los labios como si estuviese mamando y respiraba normalmente.

El príncipe Andréi se sintió feliz al verlo, pues imaginaba haberlo perdido; se inclinó sobre su hijo y, según le había enseñado su hermana, probó con los labios si el pequeño tenía fiebre. La delicada frente estaba húmeda; tocó la pequeña cabecita con las manos: hasta los cabellos los tenía mojados por la intensa sudoración. Era evidente que la crisis había sido superada y el niño estaba en vías de franca mejoría. El príncipe Andréi sintió deseos de tomar al niño en brazos y estrechar contra su pecho aquel pequeño ser tan indefenso, pero no se atrevió a hacerlo. Se quedó allí de pie, contemplando la cabeza, los brazos y las piernas que se adivinaban bajo la manta. Junto a él oyó un susurro, y divisó una sombra bajo la cortina de muselina. El príncipe no miró, siempre atento a la cara del niño y a su respiración regular. Era la princesa María, que con paso silencioso se había acercado a la cama levantando la cortina, y la había dejado caer a sus espaldas. El príncipe Andréi la reconoció sin volverse y le tendió la mano.

—Está sudando— explicó el príncipe Andréi.

—Te buscaba para decírtelo— dijo la princesa, estrechando su mano.

El niño se movió ligeramente, sonrió en sueños y restregó la frente sobre la almohada.

El príncipe Andréi miró a su hermana. Los ojos luminosos de la princesa María, en la penumbra mate de la muselina que cubría la cama, brillaban más que siempre llenos de lágrimas de felicidad. La princesa se inclinó hacia su hermano y lo besó tirando ligeramente de la cortina. Se amenazaron el uno al otro y permanecieron un poco más en aquella media luz mate como si no quisieran apartarse de aquel mundo donde ellos, los tres, estaban lejos de todo. El príncipe Andréi, enredándose el pelo en la cortina, fue el primero en apartarse. “Sí, esto es lo único que me queda”, suspiró.