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A fines de 1806, cuando ya eran del dominio público todos los penosos detalles de la derrota del ejército prusiano en Jena y Auerstadt y la capitulación ante Bonaparte de la mayoría de las fortalezas prusianas, cuando el ejército ruso había entrado en Prusia y comenzaba la segunda guerra contra Napoleón, A

La novedad que A

Aquella noche, el termómetro político indicaba a la sociedad lo siguiente: por mucho que todos los monarcas europeos y sus generales se inclinasen ante Bonaparte para mortificarnos a mí y a todos nosotros, nuestra opinión sobre Bonaparte no podía cambiar. No cesaremos de expresar nuestro parecer francamente; lo único que podemos decir al rey de Prusia y a los demás es: “Tanto peor para vosotros. Tu l'as voulu, George Dandin”, eso es cuanto podemos decirles.

Tal era lo que el termómetro político indicaba en aquella velada de A

Cuando Borís, que debía ser presentado a los invitados, entró en la sala, casi todos estaban ya reunidos y la conversación, hábilmente conducida por A

Borís, fresco y sonrosado, entró en la sala con desenvoltura; el elegante uniforme de ayudante de campo lo hacía más viril y apuesto. Según la costumbre, fue llevado en seguida ante “mi tía” para que la saludase, y después al círculo general.

A

—Le prince Hippolyte Kouraguine, un charmant jeune homme. M. Kroug, chargé d'affaires de Copenhague, un esprit profond. M. Shitov, un homme de beaucoup de mérite— cuando le tocó el tumo al que gozaba de esa denominación. 258

Gracias a las gestiones de A

—Viena encuentra tan inalcanzables las bases del tratado propuesto, que ni siquiera con una serie de triunfos brillantísimos se lograría llegar a un acuerdo. Hasta duda de los medios que podrían procurarnos ese éxito. Tales son las palabras auténticas del gabinete de Viena— aseguraba el encargado de negocios danés.

—C'est le doute qui est flatteur! 259— opinó con fina sonrisa el hombre de mucho mérito.

—Il faut distinguer entre le cabinet de Vie

—Eh! mon cher vicomte— intervino A

Y seguidamente, para hacer entrar en liza a Borís, A

Borís, a la espera de su turno, escuchaba con atención a los demás. También le quedó tiempo para echar alguna ojeada a la bella Elena, quien, siempre sonriente, había cruzado su mirada, en más de una ocasión, con el joven y apuesto ayudante de campo.

Era lo más natural, puesto que se hablaba de la situación en Prusia, que A

—Il faut absolument que vous veniez me voir— dijo con tal entonación como si, por ciertos motivos ignorados por él, fuese absolutamente necesario. —Mardi, entre les huit et neuf heures. Vous me ferez grand plaisir. 262

Borís prometió cumplir su deseo, y quería continuar la conversación con ella, cuando A

—Conoce a su marido, ¿verdad?— dijo A

VII

Cuando Borís y A

—Le roi de Prusse! — y se echó a reír. Todos se volvieron hacia él. Hipólito repitió, con otro tono: —Le roi de Prusse?— preguntó, y con tranquila seriedad se arrellanó en el fondo de su sillón.

A

—C'est l'épée de Frédéric le Grand que je... 263— comenzó, pero Hipólito la interrumpió:

—Le roi de Prusse...— y una vez más, cuando todos se volvieron hacia él, se excusó y guardó silencio.