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¡Y si Maliuta Skuratov nos hubiera llamado a nosotros , probablemente no le habríamos defraudado!
Dice el proverbio que del bien al mal sólo hay un paso.
Entonces, del mal al bien, otro tanto.
Apenas afloró en la sociedad el recuerdo de las iniquidades y torturas, por todas partes empezaron las marizaciones, notas y objeciones: ¡allí(en el NKVD-MGB) también había gente buena!
Sabemos quién era esa «gente buena»: eran los que susurraban a los viejos bolcheviques «¡aguanta!», y hasta les pasaban bajo mano algún bocadillo, mientras cosían a patadas a los demás. Pero masallá de los partidos, en un sentido estrictamente humano, ¿es posible que hubiera personas buenas?
En general, no tenía que haberlas: al que era bueno procuraban no cogerlo, se daban cuenta en las pruebas de ingreso. Y, por otra parte, ellos mismos se las ingeniaban para evitar ese trabajo. En Riazán, durante la guerra, un aviador de Le-ningrado al que habían dado de alta del hospital suplicaba en el dispensario de tuberculosos: «¡Encuéntrenme algo! ¡Me están obligando a ingresar en los Órganos!». Los radiólogos le inventaron una infiltración tuberculosa y los de la Seguridad del Estado lo descartaron de inmediato.
En cuanto a los que entraban en los Órganos por error, éstos, o se hacían a ese ambiente, o bien eran rechazados, eliminados, o incluso se echaban ellos mismos a la vía del tren. Y con todo, ¿es posible que no quedara ninguno?
En Kishiniov, un joven teniente de la Seguridad del Estado visitó a Shipoválnikov un mes antes de que detuvieran a éste: ¡Váyase, váyase, quieren arrestarle! (¿Vino por su propio impulso o fue su madre quien lo envió a salvar al sacerdote?) Después de la detención, a él mismo le tocó escoltar al padre Víktor. Y se lamentaba: ¿Por qué no se marchó usted?
O también otro caso. Tenía yo un jefe de pelotón, el teniente Ovsiá
Y nada más... Como si no hubiera recibido mis cartas anteriores. Tampoco tenía ganas de verme (de habernos encontrado, creo que este capítulo me habría salido mejor). Durante los últimos años de Stalin había llegado ya a juez de instrucción. Eran esos años en que a todos, uno tras otro, les colgaban un cuarto(de siglo). ¿En qué conciencia cabe todo eso? ¿Cómo pudo nublársele así? Sin embargo, al recordar a ese joven puro y abnegado de antes, ¿cómo voy a creer que no tenga remedio? ¿Que no haya quedado en él ningún brote sano.
Cuando el juez Goldman le dio a Vera Kornéyeva el formulario 206 para que lo firmara, ésta hizo valer sus derechos y empezó a leer con detenimiento la causa contra los diecisiete miembros de su «grupo religioso». El juez se enfureció, pero no podía impedírselo. Para no aburrirse con ella, la dejó en una amplia oficina donde había media docena de funcionarios diversos y se marchó. Al principio, Kornéyeva sólo leía, pero al poco se entabló una conversación, quizá porque los funcionarios querían matar el tiempo, y Vera se puso a predicar en voz alta. (Había que conocerla. Era una persona brillante, con una mente despierta y sin pelos en la lengua, aunque sólo había trabajado de cerrajera, en una caballeriza y como ama de casa.) La escucharon en silencio, aunque a veces la animaban a profundizar con alguna pregunta. Se estaba revelando ante ellos algo inesperado. Se llenó toda la habitación, llegó gente de otras dependencias. Aunque es cierto que no se trataba de jueces de instrucción, sino de mecanógrafas, taquígrafas y encuadernadoras de expedientes, todos pertenecían a ese ambiente, al mundo de los Órganos en 1946. Me sería imposible reproducir aquí su monólogo, tuvo ocasión de decir muchas cosas. Sobre los traidores a la patria también: ¿Por qué no los hubo en la guerra patria de 1812, cuando existía el régimen de servidumbre? ¡Habría sido natural que los hubiera! Pero sobre todo habló de la fe y de los creyentes. Antes, dijo, anteponíais a todo vuestras pasiones desenfrenadas («roba lo robado»), [111]y, naturalmente, los creyentes os estorbaban. Pero ahora que queréis construiry alcanzar el bienestar en este mundo, ¿por qué perseguís a vuestros mejores ciudadanos? Los creyentes serían para vosotros el más preciado material, pues no hay necesidad de controlarlos: el creyente no roba, no escurre el bulto a la hora de trabajar. ¿Pensáis construir una sociedad justa con vividores y envidiosos? Se os vendrá todo abajo. ¿Por qué escupís en el alma de las mejores personas? Dejad que la Iglesia esté verdaderamente separada del Estado, no la toquéis, no tenéis nada que perder. Sois materialistas, ¿no? Confiad entonces en el desarrollo de la enseñanza, para que ésta acabe, como dicen, con la fe. ¿De qué sirve arrestar a la gente? En eso entró Goldman y quiso cortarla groseramente. Pero todos le chillaron: «¡Cierra el pico! ¡Anda, cállate! ¡Habla, habla, mujer!». (¿Cómo dirigirse a ella? ¿Ciudadana?, ¿Camarada? En su caso, los dos tratamientos estaban prohibidos, era un lío de convencionalismos. ¡Mujer! Tratándola como Cristo no había lugar a error.) ¡Y Vera continuó en presencia de su juez de instrucción!