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¿Qué diremos de 1881? Las niñas, que tenían respectivamente ocho-nueve y cinco años, habían visitado la Riviera, Suiza y los lagos italianos en compañía de un amigo de Marina, el as del teatro, Gran D. du Mont (la D significaba también Duke, el nombre de soltera de su madre, «de la nobleza campesina irlandesa, qué se ha creído usted»). Gran D. viajaba, por discreción, en el tren siguiente al de las damas — Méditerranée Express, Simplon-Express, Orient Express, o cualquiera que fuese el tren de lujo que transportaba a las tres Veen, una institutriz francesa, una nurserusa y dos doncellas, mientras un Dan medio divorciado viajaba a África Ecuatorial para fotografiar tigres (que le extrañó no encontrar) y otras notorias fieras adiestradas para atravesar en puntos convenidos la ruta de los automovilistas, así como a algunas negritas regordetas que aparecían en el acogedor alojamiento de algún agente de turismo, en mitad de las soledades de Mozambique. Cuando Ada y Lucette se entretenían en confrontar sus impresiones de viaje, la mayor, por supuesto, recordaba mucho mejor que la pequeña todo lo que fuesen itinerarios, curiosidades botánicas, modas, trapos, galerías cubiertas llenas de almacenes de todas clases, y aquel guapo señor bronceado por el sol y de negro bigote que la miraba fijamente, sentado solo a su mesa, en un rincón del restaurante del Manhattan Palace, en Ginebra. Pero Lucette, aunque mucho más joven, se acordaba de multitud de bagatelas, «torrecillas», «pequeñas cascadas», biryul'ki proshlago. Ella, Lucette, era, como la joven heroína de Ah, cette Line(una novela popular), «una macedonia de intuición, estupidez, ingenuidad y astucia». Por otra parte, Lucette había confesado —o, mejor, Ada le había hechoconfesar, según sospechaba Van— que cuando caballero y dragón reaparecieron ante la afligida señorita, ésta, lejos de tratar de librarse de sus ataduras, lo que hacía era atarse de nuevo; en el intervalo se había liberado para espiar, entre los alerces, el combate de los dos fugitivos —¡Dios mío! —dijo Van— eso explica el episodio del jaboncito—. Pero, ¿qué importaba eso y a quién podía preocuparle? Ada sólo deseaba una cosa: que la pobre pequeña fuese, a su edad, tan feliz como ella lo era en aquel momento; amor mío, amor mío, amor mío, amor mío. Van confiaba en que las dos bicicletas ocultas entre los arbustos no revelasen, entre la hojarasca, su metal brillante a algún frecuentador de la ruta forestal.
Prosiguiendo su investigación, se esforzaron en establecer si los caminos que habían seguido aquel año en Europa había coincidido en alguna parte; o, al menos, si habían sido paralelos en cualquier momento. En la primavera de 1881, Van, que tenía once años, había pasado unos meses con su preceptor ruso y su ayuda de cámara inglés en el hotelito de su abuela, cerca de Niza, mientras Demon, en Cuba, se divertía mucho más que Dan en Mocuba. En junio, Van fue llevado a Florencia a Roma y a Capri, donde su padre hizo una breve aparición. Después volvieron a separarse. Demon regresó a América. Van y su preceptor fueron en primer lugar a Gardona, junto al lago de Garda, donde Aksakov mostró con veneración a su joven alumno las huellas de los pasos de Goethe y de D'A
—¡Pero estosí es cierto! —exclamó Ada—. Es la realidad, el hecho en estado puro. Este bosque, este musgo, tu mano, esta mariquita que se ha posado en mi pierna, todo esto no puede sernos arrebatado. ¿O puede? (Lo sería. Lo fue.) Todo estose ha reunido aquí, a pesar de las sinuosidades, los recodos de los senderos recorridos: ¡no podía ser de otro modo!
—Por el momento —dijo Van—, tratemos de encontrar nuestras bicicletas. Estamos perdidos «en otra parte del bosque».
—¡Oh, no, no volvamos todavía! ¡Espera!
—Pero quiero asegurarme de nuestra situación en el espacio y en el tiempo. Es una exigencia filosófica.
El día se ensombrecía. Un luminoso vestigio del astro se demoraba, a occidente, sobre una playa del cielo oscurecido. Todos hemos tenido ocasión de contemplar esta pequeña escena: un hombre que acaba de saludar cordialmente a un amigo atraviesa la calle, con el rostro aún iluminado por la sonrisa... hasta que ésta es eclipsada por la mirada fija del extraño que, desconocedor de su causa, cree reconocer en el efecto el rictus radiante de la locura. Una vez extraído el jugo de esta metáfora, Ada y Van juzgaron que verdaderamente había llegado el momento de volver a casa. Cuando atravesaban Gamlet, la vista de un traktirruso les abrió el apetito hasta tal punto que descendieron de la bicicleta y empujaron la puerta de la oscura taberna. Un cochero bebía su té en el platito de la taza: lo levantaba con su ancha zarpa, y lo vaciaba a ruidosos sorbos, como si saliese directamente de una vieja novela de costumbres populares. En aquella madriguera llena de vaho no había más que una buena mujer tocada con un pañuelo, tratando de convencer a un tipo con camisa roja y las piernas bamboleantes, de que terminase su sopa de pescado. La mujer, que resultó ser la patrona del traktir, se levantó, «secándose las manos en su delantal», para servir a Ada (a quien reconoció en seguida) y a Van (a quien tomó, no sin razón, por el «joven amiguito» de la castellana) algunas de esas hamburguesas de estilo ruso llamadas bitochki. Cada uno devoró media docena antes de volver a recoger sus bicis, bajo los jazmines. Pronto tuvieron que encender las linternas de carburo. Hicieron un último alto antes de recogerse bajo las sombras de Ardis Park.
Por una especie de coincidencia lírica, Marina y Mlle. Larivière tomaban el té en la galería acristalada de estilo ruso, que no se utilizaba sino muy raramente. La novelista, vestida aún con su negligéefloreada (aunque ya estaba completamente restablecida), acababa de dar fin a la lectura de nueva novela, puesta en limpio por primera vez (y que debía ser mecanografiada al día siguiente). Marina, que la escuchaba dando traguitos a su tokai y que tenía el vino triste, parecía muy afectada por el suicidio del caballero «con cuello rojo y potente de viudo aún lleno de savia». Este hombre, horrorizado, por así decirlo, por el horror de su víctima, había apretado con excesiva fuerza el cuello de la jovencita a la que acababa de violar en un instante de «imperdonable glotonería».