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Me senté, temblando, en una silla frágil que crujió bajo mi encorvado paroxismo. Bel permaneció de pie, mirando hacia otro lado, hacia un reflejo prismático en el cielo raso, hacia su equipaje, que ya había subido la pesada pero voluntariosa señora O'Leary.

Me disculpé por mis lágrimas. Con tono de "cambiemos de tema" socialmente perfecto, Bel preguntó si había televisión en la casa. Le dije que compraría un aparato al día siguiente. Ahora la dejaría para que hiciera lo que le diera la gana. En media hora cenaríamos. Bel me dijo que en el pueblo daban una película que le gustaría ver. Después de cenar fuimos al Strand Theater.

Dice una anotación en mi diario: El pollo hervido no le gusta mucho. La viuda negra. Con Gene, Ginger y George. He aprobado a la alumna que considera "sentimental e inculto" a Stern y a todos los demás.

3

Si Bel vive aún, tiene treinta y dos años —exactamente tu misma edad en el momento en que escribo (15 de febrero de 1974). La última vez que la vi, en 1959, tenía apenas diecisiete años y entre los once y medio y los diecisiete y medio ha cambiado muy poco en el ámbito de la memoria, donde la sangre no corre tan rápido en el tiempo inmóvil como en el presente perceptual. La visión que conservo de Bel entre 1953 y 1955, los tres años en que fue totalmente, únicamente mía, no ha sido alterada por el crecimiento lineal. Hoy la veo como una imagen compuesta y extática, en la cual una montaña de Colorado, mi traducción al inglés de Tamara, los triunfos de Bel en la escuela secundaria y un bosque de Oregón se funden en diseños de tiempo traspuesto y espacios concurrentes que desafían la cronología y los mapas.

Sin embargo, debo registrar un cambio, una línea evolutiva. Se relaciona con la conciencia cada vez mayor que fui adquiriendo de su belleza. Apenas un mes después de su llegada, ya no podía entender cómo me había parecido "fea". Al cabo de otro mes, el perfil élfico de su nariz y su labio superior se presentaron como una "esperada revelación", para usar una fórmula que he aplicado a algunos milagros prosódicos de Blake y de Blok. A causa del contraste entre las pupilas color gris pálido y las pestañas muy negras, sus ojos parecían contorneados con kohl. Sus mejillas hundidas, su largo cuello eran como los de A

Cuando le pregunté —¡al fin!— si había querido a su madre pues no podía entender la aparente indiferencia de Bel con respecto a la horrible muerte de A

Las enseñanzas que adquirió en la mejor escuela privada para niñas de Quirn (tú, su coetánea, pasaste unas cuantas semanas en su mismo curso, pero nunca llegaste a hacerte amiga de ella) se enriquecieron con los dos veranos que pasamos vagabundeando por los estados del oeste. Qué recuerdos, qué aromas encantadores, qué espejismos, casi espejismos, espejismos concretos se acumularon a lo largo de la Ruta 138 —Sterling, Fort Morgan (El.4325), Greeley, llamada con acierto Loveland-mientras nos acercábamos al paraíso de Colorado.

Desde el hotel Lupine, Estes Parle, donde pasamos todo un mes, un sendero bordeado con flores azules llevaba entre alamedas hacia lo que Bel llamaba, de manera extravagante, El Pie de la Cara. También existía el Pulgar de la Cara, en su extremo sur. Tengo una gran fotografía brillante tomada por William Garrell, que fue el primero, según creo, en subir a El Pulgar en 1940 o por entonces: en ella se ve la cara este de Longs Peak, con las líneas entrecruzadas de la subida sobreimpresas en un diseño sinuoso. En el reverso de esa fotografía —y tan inmortal por sus méritos como el tema de la foto— hay un poema de Bel, cuidadosamente copiado con tinta violeta y dedicado a Addie Alexander, "la primera mujer que subió al Peak, hace ochenta años". Conmemora nuestras modestas excursiones:

El Lago Pavo Real de Long: la Choza y su Vieja Marmota; Boulderfield y su Mariposa Negra; y el sendero inteligente...

Lo compuso mientras compartíamos un picnic en algún sitio entre esas grandes rocas y el principio de El Cable. Después de juzgar el resultado mentalmente, en ceñudo silencio, lo escribió en una servilleta de papel que me entregó con mi lápiz.

Le dije qué hermoso y artístico era, sobre todo el último verso. ¿Qué es "artístico"?, me preguntó. "Tu poema, tú misma, tu manera de usar las palabras", le dije.

Durante aquel paseo, o quizá en otra ocasión, pero sin duda en la misma zona, una súbita tormenta barrió con la gloria de aquel día de verano. Nuestras camisas, pantalones cortos, zapatillas, parecían inexistentes en la bruma helada. Una primera piedra de granizo dio contra un envase de lata; otra contra mi coronilla. Buscamos refugio en una cavidad bajo una roca saliente. Las tempestades son una tortura para mí. Su presión demoníaca me destruye; los relámpagos me atraviesan el pecho y el cerebro. Bel lo sabía. Acurrucada contra mí (¡más para mi consuelo que para el de ella!), me besaba levemente en la sien ante cada trueno, como diciéndome: "Éste ya ha pasado, todavía estás a salvo." Empecé a desear que esos estallidos no cesaran nunca, pero al fin se convirtieron en un rumor sordo y el sol descubrió esmeraldas en un tramo de hierba mojada. Bel no podía contener su temblor y deslicé las manos bajo la camisa y le froté el delgado cuerpo hasta que ardió, para alejar el peligro de la "neumonía", palabra que la hizo reír y que asoció con "nuevo" y con "luna" y con "luna nueva", y con "quejido" y con "quejido nuevo".