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—Es un verdadero ángel —me confió A

Reconocí en la mujer a la profesora ayudante de ruso que me habían presentado en la universidad, cuando el jefe de esa lamentable sección, el viejo, sumiso, miope Noteboke, me invitó a asistir a una clase con alumnos avanzados ( My govorim porusski. Vy govorite? Pogovorimte íogda: tonterías por el estilo). Por suerte yo no tenía relación con la gramática rusa en la universidad, aunque mi mujer encontró refugio contra el insoportable aburrimiento cuando la señora Langley la puso a cargo de los alumnos principiantes.

Ninel Ilinishna Langley, persona fuera de lugar en más de un sentido, acababa de dejar a su marido, el "gran" Langley, autor de la Historia marxista de Norteamérica(agotada), la biblia de toda una generación de imbéciles. No sé por qué se separaron (al cabo de un año de sexo norteamericano, según dijo la mujer a A

Pero volvamos a la buena Ninel.

La habían bautizado con el nombre de No

Ninella Langley era un personaje corpulento, de cara roja y sonrosada (ambos matices azarosamente distribuidos), pelo corto teñido de un color barcino como el de las suegras, ojos castaños aún más demenciales que los míos, labios muy delgados, gorda nariz rusa y tres o cuatro pelos en el mentón. Antes de que el lector joven se encamine hacia Lesbos deseo aclarar que, en la medida en que había podido averiguarlo (y soy un espía muy diestro), no había nada sexual en el afecto ridículo e ilimitado que sentía por mi mujer. Yo no había comprado todavía el automóvil blanco que A

A nuestra querida señora Langley no le gustaba mucho su trabajo. Era dueña de una cabaña junto al lago ("Rosas silvestres"), a cincuenta kilómetros al norte de Quirn, no muy lejos del Honeywell College, donde daba cursos de verano y donde pensaba concentrar todas sus actividades si continuaba la "atmósfera reaccionaria" en Quirn. En realidad, su único motivo de rencor era la decrépita Madame de Korchakov, que la había acusado en público de hablar ruso con sdobnyy("un dejo de") acento soviético y con vocabulario provinciano, cosas que no podían negarse aunque A

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En mi conciencia los primeros cuatro años de vida de Isabel están a tal punto separados por un vacío de siete años de la adolescencia de Bel, que tengo la sensación de ser el padre de dos hijas distintas: una niña alegre y de mejillas sonrosadas, y su hermana mayor, pálida y taciturna.

Me había provisto de una cantidad de tapones para los oídos. Resultaron i