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Al principio la superposición de una cosa y otra y la franja pálida y palpitante que iba hacia arriba le resultaron totalmente incomprensibles, como palabras de una lengua olvidada o partes de un motor desmontado, y esta confusión sin sentido hizo que le recorriera un estremecimiento de pánico: me he despertado en la tumba, en la luna, en la mazmorra del no ser. Pero algo dio media vuelta en su cerebro, se serenaron sus pensamientos y se apresuraron a pintar la verdad, y se dio cuenta de que estaba mirando la cortina de una ventana entornada, sentado ante la mesa frente a esa ventana; tal es el tratado con la razón, el teatro del hábito terreno, la librea de la sustancia temporal. Bajó la cabeza hasta la almohada y se esforzó por alcanzar un sentido fugitivo —cálido, maravilloso, omnisciente— pero su nuevo sueño era una compilación árida, hilvanada con restos de la vida cotidiana y adaptada a ella.

La mañana era nublada y fresca y había charcos negros y grisáceos en el asfalto del patio; podía oírse el ruido desagradable del picado de alfombras. Los Shchyogolev habían terminado de hacer el equipaje; Zina estaba en la oficina y a la una almorzaría con su madre en el Vaterland. Por suerte no hubo sugerencias de que Fiodor las acompañara, por el contrario, Maria

Boris Ivanovich trasladó por décima vez de una maleta a otra un par de zapatos con sus hormas, muy limpios y relucientes, era de una insólita meticulosidad con el calzado.

Luego se vistieron y salieron, mientras Fiodor se afeitaba, realizaba largas y cumplidas abluciones y se cortaba las uñas de los pies —resultaba muy agradable apretar un extremo duro y difícil y ¡clip!— los trozos de uña se diseminaron por todo el cuarto de baño. El portero llamó a la puerta pero no pudo entrar porque los Shchyogolev la habían cerrado con la llave americana, y las de Fiodor habían desaparecido para siempre. El cartero, forcejeando con la hendidura del buzón, echó el periódico de Belgrado Por la Iglesia y el Zar, al que estaba suscrito Boris Ivanovich, y más tarde alguien introdujo (dejando que asomara por arriba) un folleto que anunciaba una peluquería nueva. A las once y media en punto se oyó un fuerte ladrido por las escaleras y el agitado descenso del perro lobo al que sacaban de paseo a esta hora. Con el peine en la mano, Fiodor salió al balcón para ver si aclaraba, pero aunque no llovía, el cielo continuaba siendo de un blanco descolorido y terco, y uno casi no podía creer que la víspera hubiera sido posible tenderse en el bosque. El dormitorio de los Shchyogolev rebosaba de papeles, y una de las maletas estaba abierta, encima de todo había un objeto de goma en forma de pera colocado sobre una toalla muy fina. Un bigote andante entró en el patio con platillos, un tambor y un saxófono —completamente cubierto de música metálica, con música alegre en la cabeza y un mono vestido de rojo — y cantó durante mucho rato, golpeando el suelo con el pie y tocando, sin lograr, no obstante, ahogar el vapuleo de las alfombras colgadas de los bastidores. Empujando la puerta con sigilo, Fiodor visitó la habitación de Zina, donde aún no había estado nunca, y, con la extraña sensación de un alegre cambio de domicilio, contempló largamente el despertador de enérgico tictac, la rosa en una copa de pie todo salpicado de burbujas, el diván que se convertía en cama por la noche y las medias puestas a secar sobre el radiador. Comió algo, se sentó ante su mesa, mojó la pluma y se inmovilizó ante una hoja en blanco. Los Shchyogolev volvieron, vino el portero, Maria

—Sí, por favor —dijo Maria

Resultó que en la parada no había un solo taxi, y se vio obligado a cruzar la plaza y buscarlo allí. Cuando por fin se detuvo ante la casa de los Shchyogolev, éstos ya estaban abajo, con todas las maletas (la víspera habían facturado el «equipaje pesado»).

—Bueno, que Dios le guarde —dijo Maria

—¡ Sarotska, Sarotska, envíenos un telegrámotska! —gritó Boris el parodista, agitando la mano mientras el taxi giraba y se alejaba.

Para siempre, pensó Fiodor con alivio y, silbando, subió las escaleras.

Hasta ahora no se dio cuenta de que no podía entrar en el apartamento. Fue especialmente fastidioso levantar la tapa del buzón y ver un manojo de llaves en el suelo del recibidor: Maria

Era una especie de fiesta nacional. Por las ventanas de las casas asomaban tres clases de banderas: negra-amarilla-roja, negra-blanca-roja, y solamente roja; cada una de ellas significaba algo, y lo más gracioso era que este algo poseyera el don de excitar en alguien odio u orgullo. Había banderas grandes y pequeñas, astas cortas y astas largas, pero no había nada en esta exhibición de entusiasmo cívico que hiciera más atractiva la ciudad. En la Tauentzienstrasse, el autobús quedó detenido por una sombría procesión: policías con polainas negras cerraban la marcha en un camión lento, y entre los estandartes había uno con una inscripción en ruso que contenía dos errores: serben vez de serp(hoz) y molten vez de molot(martillo). De pronto se imaginó festejos oficiales en Rusia, soldados con abrigos muy largos, el culto de las mandíbulas apretadas, un cartel gigantesco con un sujeto vociferante que llevaba la chaqueta y la gorra de Lenin, y entre el trueno de las estupideces, los timbales del tedio y los esplendores que gustan a los esclavos, chillido pequeño de verdad barata. Ahí está, eternizada, aún más monstruosa en su espontaneidad, la repetición de las fiestas de coronación de Hodynka, con sus paquetes de caramelos gratis —contempla su tamaño (ahora mucho mayores que los originales) —y la perfecta organización en la retirada de cadáveres... Oh, dejemos que todo pase y quede olvidado, y dentro de doscientos años otro ambicioso frustrado desahogará su frustración en los infelices que sueñan con la buena vida (es decir, si no se implanta mi reino, en el que todo el mundo vive para sí mismo y no hay igualdad ni autoridades, pero si no lo queréis, yo no insisto ni me importa).