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Una tarde, pocos días después, oyó desde su habitación una conversación airada —cuyo motivo era que pronto llegarían los invitados y ya era hora de que Zina bajase a abrirles con la llave. La oyó salir, y tras una breve lucha interior, se inventó un paseo hasta la máquina del jardín público, por ejemplo, a buscar un sello. Para completar la ilusión, se puso sombrero, aunque jamás lo llevaba. La luz piloto se apagó mientras bajaba, pero inmediatamente sonó un clic y volvió a encenderse: era ella que había apretado el interruptor de la portería. La encontró ante la puerta de cristal, jugando con la llave que tenía enrollada en un dedo, toda ella brillantemente iluminada —resplandecía la seda turquesa de su blusón, sus uñas y el tenue vello de su antebrazo.
—Está abierta —dijo, pero Fiodor se detuvo, y ambos empezaron a mirar por el cristal la noche oscura y móvil, la farola de gas, la sombra de las verjas.
—Parece que no vienen —murmuró ella, haciendo sonar las llaves.
—¿Hace rato que espera? —preguntó él—. Si quiere, esperaré por usted —y en aquel momento se apagó la luz—. Si quiere, me quedaré aquí toda la noche —añadió en la oscuridad.
Ella rió, y luego suspiró de repente, como cansada de esperar. La cenicienta luz de la calle caía sobre ambos a través del cristal, y la sombra del dibujo de hierro de la puerta se ondulaba sobre ella y continuaba oblicuamente sobre él, como una bandolera, mientras un arco iris prismático reposaba en la pared. Y, como le ocurría con frecuencia —aunque esta vez era de un modo más profundo que nunca—, Fiodor sintió de improviso —en esta oscuridad de reflejes —la extrañeza de la vida, la extrañeza de su magia, como si por un instante se hubiera levantado uno de sus bordes y él hubiera vislumbrado su insólito forro. Cerca de su rostro había la mejilla suave y cenicienta de ella, cruzada por una sombra, y cuando de pronto Zina, con misteriosa perplejidad y un brillo vivaz en los ojos, se volvió hacia él y la sombra recayó en sus labios, cambiándola extrañamente, él aprovechó la libertad absoluta de este mundo de sombras para tomarla por los codos espectrales; pero Zina se escabulló del esbozo y con un rápido golpe del dedo restableció la luz.
—¿Por qué? —inquirió él.
—Se lo explicaré otro día —contestó Zina, sin dejar de mirarle.
—Mañana —dijo Fiodor.
—Muy bien, mañana. Pero quiero advertirle que en casa no habrá ninguna conversación entre usted y yo. Esto es definitivo y para siempre.
—En tal caso... —empezó él, pero en este punto el rechoncho coronel Kasatkin y su alta y marchita esposa aparecieron al otro lado de la puerta.
—Muy buenas tardes, preciosa —saludó el coronel, hendiendo la noche de un solo golpe. Fiodor salió a la calle.
Al día siguiente logró alcanzarla en la esquina cuando volvía del trabajo. Acordaron encontrarse después de cenar en un banco que él había elegido la noche anterior.
—Bien, ¿por qué? —preguntó Fiodor cuando se hubieron sentado.
—Por cinco razones —dijo ella—. En primer lugar porque no soy una chica alemana, en segundo lugar porque el miércoles pasado rompí con mi novio, en tercer lugar porque sería, bueno, inútil, en cuarto lugar porque usted no me conoce en absoluto, y en quinto lugar... —Enmudeció, y Fiodor besó cautelosamente sus blandos, tristes y ardorosos labios—. Por esto —añadió ella, colocando los dedos sobre los suyos y apretándolos con fuerza.
A partir de entonces se encontraron todas las tardes. Maria
En casa se comportaba de un modo que era monstruoso imaginar una cita nocturna con esta joven ceñuda y distante; pero no era fingimiento, sino otra forma de sinceridad inherente. Cuando una vez la detuvo, bromeando, en el reducido pasillo, Zina palideció de ira y aquel atardecer no acudió a la cita, y más tarde le obligó a jurar que nunca volvería a hacerlo. Él comprendió muy pronto porqué tenía que ser así: la situación doméstica era de tal gazmoñería que en este ambiente un fugitivo contacto de las manos entre un huésped y la hija del patrón se habría convertido simplemente en una «aventura».
El padre de Zina, Oscar Grigorievich Mertz, había muerto de angina de pecho en Berlín cuatro años atrás, e inmediatamente después de su muerte Maria
Si a veces era una tortura saber que Zina estaba sola en el piso y que su pacto le impedía hablarle, sufría una tortura completamente distinta cuando Shchyogolev se quedaba solo en casa. Como no amaba la soledad, Boris Ivanovich no tardaba en aburrirse, y, desde su habitación, Fiodor oía el ruidoso incremento de su tedio, como si una exuberancia de bardanas —que pronto crecían hasta su puerta —fuera invadiendo el piso. Suplicaba al destino que algo distrajera a Shchyogolev, pero (hasta que tuvo la radio) la salvación no llegaba. Inevitablemente, se oía el siniestro y cortés golpecito en la puerta, y Boris Ivanovich, sonriendo de forma horrible, se introducía de lado en la habitación. «¿Dormía? ¿Le molesto?», preguntaba al ver a Fiodor tendido sobre el sofá, y entonces, penetrando del todo, cerraba bien la puerta tras de sí y se sentaba a los pies de Fiodor, suspirando. «Un aburrimiento mortal, un aburrimiento mortal», decía, y se embarcaba en algún tema predilecto. Del reino de la literatura, tenía en gran estima L'homme qui assassina, de Claude Farrère, y en el de la filosofía había estudiado los Protocolos de los sabios de Sión. Era capaz de discutir sobre estos dos libros durante horas, y parecía que no había leído nada más en toda su vida. Era generoso con historias sobre la administración de justicia en provincias y con anécdotas judías. En lugar de «bebimos unas copas de champaña y nos fuimos», se expresaba de la siguiente manera: «Reventamos una botella de gaseosa, y hop.» Como ocurre con la mayoría de los charlatanes, sus reminiscencias contenían siempre un conversador extraordinario que le contaba un sinfín de cosas interesantes («No he conocido en toda mi vida a otro hombre tan inteligente», observaba con cierta descortesía) y como era imposible imaginar a Boris Ivanovich en el papel de interlocutor silencioso, había que admitir que se trataba de una forma especial de doble personalidad.