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Mi padre se interesaba poco por la poesía, aunque hacía una única excepción con Pushkin: le conocía como algunas personas conocen la liturgia, y le gustaba declamarlo mientras paseaba. A veces pienso que un eco de El profeta de Pushkin aún debe estar vibrando en algún barranco resonantemente receptivo de Asia. Recuerdo que también citaba la incomparable Mariposa, de Fet, y la poesía de Tiuchev, Ahora se funden las sombras de un azul vago; pero lo que gustaba a nuestra parentela, la poesía lacrimosa, fácilmente memorizada de fines del siglo pasado, que esperaba ávidamente que le pusieran música como tratamiento de su anemia verbal, le inspiraba una indiferencia completa. En cuanto al verso de avant-garde, lo consideraba una majadería —y en su presencia yo no pregonaba mi propio entusiasmo en esta esfera. Una vez en que con una sonrisa de ironía ya preparada hojeó los libros de poesía esparcidos sobre mi mesa y quiso la suerte que se detuviera en el peor ejemplo del mejor de ellos (aquel famoso poema de Blok donde aparece un dshentelmenimposible e insoportable que representa a Edgar Poe y donde kovyor, alfombra, rima con el inglés «sir», transcrito como syor), me molesté tanto que le puse rápidamente en la mano La copa de burbujas atronadoras, de Severyanin, para que pudiera desahogar mejor su alma en ella. En general, yo consideraba que si él consentía en olvidarse por un momento de la clase de poesía que yo era lo bastante tonto para llamar «clasicismo» e intentaba comprender sin prejuicios qué era lo que yo amaba tanto, acabaría por percatarse del nuevo encanto que había aparecido en las facciones de la poesía rusa, encanto que yo intuía incluso en sus manifestaciones más absurdas. Pero cuando hoy totalizo lo que me ha quedado de esta nueva poesía, veo que ha sobrevivido muy poco y se trata precisamente de una continuación natural de Pushkin, mientras que la cáscara abigarrada, la infortunada imitación, las máscaras de la mediocridad y los zancos del talento —todo cuanto un día perdonó mi amor o contempló bajo una luz especial (y esto le parecía a mi padre el verdadero rostro de la i
La conocí en junio de 1916. Tenía veintitrés años. Su marido, un pariente lejano nuestro, estaba en el frente. Ella vivía en una casa pequeña dentro de los límites de nuestra finca y solía visitarnos a menudo. Por su causa olvidé casi del todo a las mariposas y pasé completamente por alto la revolución. En el invierno de 1917 se fue a Novorossisk —y hasta que estuve en Berlín no me enteré por casualidad de su terrible muerte. Era bajita y delgada, tenía cabellos castaños que recogía en un moño alto, mirada alegre en los grandes ojos negros, hoyuelos en las mejillas pálidas y tiernos labios que pintaba con un fragante líquido rojo aplicándose el tapón del frasco de cristal. En todas sus actitudes había algo que yo encontraba adorable hasta hacerme derramar lágrimas, algo indefinible entonces pero que ahora me parece una especie de patética despreocupación. No era inteligente, sino trivial y de educación más bien escasa, exactamente tu polo opuesto... no, no, no quiero decir en absoluto que la amaba más que a ti, ni que aquellas citas fueran más felices que mis encuentros nocturnos contigo... pero todos sus defectos quedaban ocultos bajo una marea tal de fascinación, ternura y gracia, fluía tal encanto de su palabra más casual e irresponsable, que yo estaba dispuesto a mirarla y escucharla eternamente —pero, qué ocurriría ahora si resucitara— no lo sé, no debes hacer preguntas estúpidas. Al atardecer solía acompañarla hasta su casa. Aquellos paseos resultaban útiles alguna vez. En su dormitorio había un retrato pequeño de la familia del zar y un turgueneviano olor a heliotropo. Yo regresaba muy pasada la medianoche (por suerte, mi tutor se había ido a Inglaterra), y nunca olvidaré la sensación de ligereza, orgullo, rapto y salvaje hambre nocturna (ansiaba particularmente requesón con crema y pan negro) mientras caminaba por nuestra avenida, de susurro fiel y hasta lisonjero, hacia la casa oscura (sólo mi madre tenía una luz encendida) y oía los ladridos de los perros guardianes. También fue entonces cuando empezó mi enfermedad versificadora.
A veces estaba almorzando, sin ver nada, moviendo los labios —y al vecino que me pedía el azucarero le pasaba mi copa o un servilletero. Pese a mi inexperimentado deseo de expresar en verso el murmullo amoroso que me invadía (recuerdo bien haber oído decir a mi tío Oleg que si publicara un volumen de poesías, lo titularía, sin duda alguna, Murmullo del corazón), ya había montado, aunque pobre y primitiva, mi propia forja de palabras; sabía, por ejemplo, que en la elección de adjetivos, «i
En dolorosas meditaciones,
y aromáticamente oscuro,
lleno de introvertida paciencia,
suspira el parque semidesnudo.
siguiendo así durante media docena de estrofas: la lengua tropezaba pero el honor estaba salvado. Expresada gráficamente mediante la unión de los «medios acentos» en los versos y de un verso a otro, la estructura rítmica de este monstruo originaba algo parecido a la inestable torre de cafeteras, cestas, bandejas y búcaros que un payaso de circo mantiene en equilibrio sobre un bastón, hasta que corre hacia la barrera de la arena y todo cae lentamente sobre los espectadores más próximos (que emiten horribles gritos), pero entonces resulta que todo estaba sujeto a una cuerda.