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—No se preocupe, habrá críticas —dijo a Fiodor, guiñando involuntariamente los ojos—. Puede estar seguro de que los críticos le sacarán las espinillas.

—A propósito —intervino su esposa—, ¿qué significan exactamente esos «caracoleos y escarceos» en el poema sobre la bicicleta?

Fiodor explicó, valiéndose más de los ademanes que de las palabras:

—Pues, ya se sabe que cuando se está aprendiendo a ir en bicicleta, uno siempre se desvía de un lado para otro.

—Dudosa expresión —observó Vasiliev.

—Mi preferido es el que habla de enfermedades infantiles, desde luego —dijo Alexandra Yakovlena, asintiendo con la cabeza—; es muy bueno: escarlatina navideña y difteria pascual.

—¿Por qué no al revés? —inquirió Tamara.

¡Oh, cuánto amaba su hijo la poesía! El armario encristalado del dormitorio estaba lleno de sus libros: Gumiliov y Heredia, Blok y Rilke —¡y cuántas cosas conocía de memoria! Y las libretas de apuntes... Un día tendremos que sentarnos ella y yo y darle un repaso a todo. Ella tenía fuerzas para hacerlo, yo no. Es extraño como vamos posponiendo las cosas. Se diría que ha de resultar un placer, el único, el amargo placer —examinar los objetos personales de los muertos, y no obstante sus cosas siguen allí, intactas (¿tal vez pereza prudente de la propia alma?); es inconcebible que las toque un extraño, pero qué alivio sería que un incendio fortuito destruyera ese armario precioso. Chernyshevski se levantó con brusquedad y, de un modo casual, movió la silla del escritorio de forma que ni ella ni las sombras de los libros pudieran servir de tema para el fantasma.

Entonces la conversación ya se había desviado hacia un político soviético, que nadie lloraba, apartado del poder desde la muerte de Lenin. «Oh, en la época en que le conocí estaba en la "cumbre de la gloria y las buenas acciones"», decía el periodista Vasiliev, equivocándose profesionalmente en su cita de Pushkin (que dice «esperanza» y no «cumbre»).

El muchacho que se parecía a Fiodor (con quien los Chernyshevski se habían encariñado tanto por esta misma razón) estaba ahora junto a la puerta, donde se paró antes de abandonar la habitación, vuelto a medias hacia su padre —y, pese a su naturaleza puramente imaginaria, ¡cuánto más sustancial era que las demás personas de la habitación! ¡Podía verse el sofá a través de Vasiliev y la muchacha pálida! Kern, el ingeniero, sólo estaba representado por el destello de sus quevedos; lo mismo ocurría con Liubov Markovna, y el propio Fiodor sólo existía gracias a una vaga congruencia con el difunto —mientras que Yasha vivía y era perfectamente real, y sólo el instinto de conservación le impedía a uno mirar con atención sus facciones.

Pero es posible, pensó Fiodor, es posible que todo esto sea un error, quizá él (Alexander Yakovlevich Chernyshevski) no está imaginando a hora a su hijo muerto tal como yo creo. Puede estar realmente ocupado con la conversación, y si su vista divaga, tal vez sea porque siempre ha sido nervioso, pobre hombre. Soy desgraciado, estoy aburrido, nada suena a auténtico aquí y no sé por qué continúo sentado, escuchando tonterías.

No obstante, continuó sentado, fumando y columpiando el dedo gordo del pie —y mientras los demás hablaban y él hablaba consigo mismo, intentaba, como hacía siempre y en todas partes, adivinar el movimiento interno, transparente de esta o aquella persona. Se sentaba cuidadosamente dentro del intelocutor como en un sillón, de modo que los codos del otro le sirvieran de brazos, y su alma se instalaba cómodamente en el alma del otro —y entonces la iluminación del mundo cambiaba de repente y durante un minuto se convertía de verdad en Alexander Chernyshevski, o Liubov Markovna, o Vasiliev. A veces, a la gaseosa efervescencia de la transformación se añadía una excitación deportiva, y se sentía halagado cuando una palabra casual le confirmaba oportunamente la trayectoria mental que adivinaba en el otro. A veces, aunque para él la llamada política (esa ridícula secuencia de pactos, conflictos, agravios, fricciones, desacuerdos, fracasos, y la transformación de pequeñas ciudades inocentes en nombres de tratados internacionales) no significaba nada, se sumergía con curiosidad y repugnancia en los vastos intestinos de Vasiliev y vivía un instante activado por el mecanismo interno de éste, donde junto al botón de «Locarno» había otro para «Lockout», y donde se desarrollaba un juego seudointeligente y seudoentretenido llevado por símbolos tan dispares como «Los cinco dirigentes del Kremlin», o «La rebelión curda», o apellidos individuales que habían perdido toda co