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Con mayor excitación incluso leí lo que allí se decía de Louise Pointdexter, la bella prima de Calhoun, hija de un plantador de azúcar, «el más alevoso y altivo de todos ellos» (aunque para mí era un misterio por qué razón un viejo que se dedicaba a plantar azúcar podía ser alevoso y altivo). Louise nos es mostrada en el momento en que sufre las angustias de los celos (que yo conocí de forma muy intensa en las desdichadas fiestas en las que Mara Rzhevuski, una niña pálida que llevaba un lazo blanco de seda en su pelo moreno, dejó, repentina e inexplicablemente, de fijarse en mi presencia) y se encuentra en su azoteaapoyada su blanca mano en la albardilla, «húmeda aún del rocío de la noche», mientras sus pechos gemelos se hunden e hinchan en rápida y espasmódica respiración, sus pechos gemelos, permítaseme que vuelva a leerlo, se hunden e hinchan, enfocados sus impertinentes hacia...

Esos impertinentes volví a encontrarlos posteriormente en la mano de Madame Bovary, y luego los tuvo A

—Tuve la oportunidad una vez —le explicó más tarde Maurice a Louise, como si se tratase de una conversación entre dos jinetes— de rendirle un servicio a doña Isidora, rescatándola de unos brutales indios.

—¡Y lo llamas un pequeño favor! —exclamó la joven criolla—. Si algún hombre me hiciera ese favor a mí...

—¿Qué harías tú por él? —preguntó Maurice con vehemencia.

— Pardieu!¡Le amaría!

—En ese caso, daría la mitad de mi vida por verte en manos de Gato Salvaje y sus ebrios compañeros..., y la otra mitad por librarte del peligro.

Y aquí nos encontramos con que nuestro gallardo autor interpola una extraña confesión: «El beso más dulce que me han dado en mi vida fue el de una mujer —una bella criatura, con la que iba de cacería— que se inclinó hacia mí desde su silla y me lo dio mientras yo permanecía sentado en la mía.»

Ese «sentado», concedámoslo, prolonga y da cuerpo al beso que tan cómodamente recibió el capitán, pero, aun a mis once años, no pude impedir que se me ocurriera pensar que esa forma de amar tan propia de centauros debía tener por fuerza sus limitaciones. Es más, Yuri y yo conocíamos a un chico que había intentado practicarla, pero el caballo de la chica empujó al suyo y le hizo caer en una zanja. Agotados por nuestras aventuras en el chaparral, solíamos tendernos en la hierba y hablar de mujeres. Nuestra inocencia me parece ahora casi monstruosa, a la luz de esas variadas «confesiones sexuales» (que se encuentran en Havelock Ellis y otros autores) en las que aparecen niños y niñas copulando como locos. Nosotros desconocíamos los barrios bajos de la sexualidad. Si alguna vez nos hubiesen contado que había parejas de niños normales que se masturbaban como idiotas en presencia del otro (tal como queda descrito, con tanta simpatía por la escena y con todos los olores, en las novelas modernas que se escriben en Norteamérica), la sola idea de ese acto nos hubiese parecido tan cómica e imposible como la de acostarse con un amelo. Nuestros ideales eran la reina Ginebra, Isolda, alguna belle dameno del todo deprovista de merci, la esposa del prójimo, una mujer orgullosa y dócil, moderna y cachonda, de tobillos delgados y manos alargadas. Las niñas de pulcros calcetines y limpios zapatos con las que nosotros y otros chicos coincidíamos en las clases de baile o en fiestas en torno al árbol de Navidad, preservaban en sus iris salpicados de llamitas todos los encantos, todos los bombones y estrellas del árbol, y nos tomaban el pelo, nos lanzaban miradas, participaban divertidas en nuestros vagamente festivos sueños; pero estas pequeñas ninfas pertenecían a una clase de criaturas que no tenían nada que ver con las guapas adolescentes y vampiresas de anchos sombreros por las que en realidad suspirábamos. Después de hacerme jurar con sangre que lo mantendría en secreto, Yuri me habló de una casada de Varsovia de la que se había enamorado a los doce o trece años y con la cual al cabo de un par de años se acostó. Temí que por comparación le hubiese parecido insípido que yo le hablara de mis compañeras de juegos en la playa, pero no consigo recordar qué historia inventé para ponerme a la altura de su romance. Alrededor de esa época, sin embargo, se interpuso en mi camino una aventura verdaderamente romántica. Voy a realizar a continuación un ejercicio bastante difícil, algo así como un doble salto mortal acompañado de un welsh waggle(los viejos acróbatas sabrán a lo que me refiero), y necesito silencio absoluto, por favor.

3

En agosto de 1910 mi hermano y yo estuvimos en Bad Kissingen con nuestros padres y nuestro preceptor (Lenski); mi padre y mi madre se fueron después a Munich y París, y de regreso a San Petersburgo, y luego a Berlín, en donde los chicos, con Lenski, estábamos pasando el otoño y el comienzo del invierno a fin de que nos arreglasen la dentadura. Un dentista norteamericano —Lowell o Lowen, no recuerdo exactamente el nombre— nos arrancó algunos dientes y nos sujetó otros con bramante para posteriormente desfigurarnos con unas abrazaderas. Más infernales incluso que la acción de la pera de caucho que bombeaba ardiente dolor en las cavidades eran las bolitas de algodón —me resultaba insoportable su contacto y crujido, tan secos— que nos metían entre la encía y la lengua para mayor comodidad del manipulador; y allí, en el cristal de la ventana que quedaba enfrente de nuestros desamparados ojos, veíamos las transparencias, una triste marina o unas uvas grises, estremeciéndose con la sorda reverberación de lejanos tranvías bajo cielos grises. «In den Zelten achtzehn A»: regresan hacia mí las señas bailando con ritmo trocaico, seguidas inmediatamente por el susurrante avance del taxi eléctrico color vainilla que nos conducía hasta allí. En expiación de aquellas mañanas horribles esperábamos cualquier clase de compensación. A mi hermano le encantaba el museo de figuras de cera que se encontraba en la galería que daba a Unter den Linden: los granaderos de Friedrich, Bonaparte conversando con una momia, el Liszt joven que componía una rapsodia mientras dormía, y Marat, que moría en un zapato; y para mí (que aún no sabía que Marat había sido un apasionado lepidopterista) estaba, en una esquina de esa galería, la famosa tienda de mariposas de Gruber, un paraíso alcanforado en lo alto de una empinada y estrecha escalera por la que yo subía cada dos días para preguntar si por fin habían podido conseguir mi pedido de la nueva strymonidiade Chapman o la blanca recientemente redescubierta por Ma