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—Facilita mucho mi tarea —dijo Atanasio Ivanovich— el hecho de no tener que contar sino la peor acción de mi vida. En casos tales la elección no es difícil de hacer siempre que no se deje guiar por la conciencia y el primer impulso del corazón. Entre las i
Atanasio Ivanovich concluyó su relato con la misma serena dignidad que lo comenzara. Cuando hubo terminado, todos pudieron apreciar que Nastasia Filipovna mostraba un brillo peculiar en los ojos. Sus labios temblaban. Las miradas se fijaron, curiosas, en el narrador y en la joven.
—¡Se han burlado de Ferdychenko! ¡Y de qué modo! ¡Qué burla tan cruel! —gimió el bufón, comprendiendo que podía y debía deslizar alguna palabra.
—¿Y qué culpa tienen los demás de que usted no sea tan listo como ellos? ¡Aprenda de los que son más inteligentes que usted! —replicó, casi triunfalmente, Daría Alexievna, antigua y fiel amiga de Totzky.
—Tenía usted razón, Atanasio Ivanovich —dijo, negligente, Nastasia Filipovna—: este petit-jeu es enojoso y hay que terminarlo lo antes posible. Ahora yo explicaré lo que he prometido y luego ustedes pueden ponerse a jugar a las cartas.
—Sí; ante todo, la anécdota ofrecida —dijo Ivan Fedorovich, con vehemencia.
De pronto, y en medio del asombro general, la dueña de la casa se dirigió a Michkin.
—Príncipe —comenzó con voz vibrante—, mis antiguos amigos el general Epanchin y Atanasio Ivanovich me instan sin cesar a que me case. Dígame: ¿debo casarme o no? Haré lo que usted me aconseje.
Totzky palideció; Epanchin quedó estupefacto; todos alargaron el cuello y abrieron mucho los ojos. Gania sintió que se le helaba la sangre en las venas.
—¿Con quién... pensaba casarse? —murmuró el príncipe, con voz casi ininteligible.