Добавить в цитаты Настройки чтения

Страница 3 из 17

EL RIO

Tú eres, ligero río,el que miro de lejos, en ese continente que rompiócon la tierra.Desde esta inmensa llanura donde el cielo abovedaa la frente y cerrado brilla puro, sin amor, yo divisoaquel cielo ligero, viajador, que bogabasobre ti, río tranquilo que arrojabas hermosasa las nubes en el mar, desde un seno encendido.Desde esta lisa tierra esteparia veo la curvade los dulces naranjos. Allí libre la palma,el albérchigo, allí la vid madura,allí el limonero que sorbe al sol su jugo agraz en la mañana virgen:allí el árbol celoso que al humano rehusa su flor, carne sólo,magnolio dulce, que te delatas siemprepor el sentido que de ti se enajena.Allí el río corría, no azul, no verde o rosa, no amarillo, río ebrio,río que matinal atravesaste mi ciudad inocente,ciñéndola con una guirnalda temprana, para acabar desciñéndola,dejándola desnuda y tan confusa al borde de la verde montaña,donde siempre virginal ahora fulge, inmarchita en el eterno día.Tú, río hermoso que luego, más liviano que nunca,entre bosques felicescorrías hacia valles no pisados por la planta del hombre.Río que nunca fuiste suma de tristes lágrimas,sino acaso rocío milagroso que una mano reúne.Yo te veo gozoso todavía allá en la tierra que nunca fue del todo separada de estos límites en que habito.Mira a los hombres, perseguidos no por tus aves,no por el cántico de que el humano olvidóse por siempre.Escuchándoos estoy, pájaros imperiosos,que exigís al desnudo una planta ligera,desde vuestras reales ramas estremecidas,mientras el sol melodioso templa dulce las ondascomo rubias espaldas, de ese río extasiado.Ligeros árboles, maravillosos céspedes silenciosos,blandos lechos tremendos en el país sin noche,crespusculares velos que dulcemente afligidosdesde el poniente envían un adiós sin tristeza.Oyendo estoy a la espuma como garganta quejarse.Volved, sonad, guijas que al agua en lira convertís.Cantad eternamente sin nunca hallar el mar.Y oigan los hombres con menguada tristezael son divino. ¡Oh río que como luz hoy veo,que como brazo hoy veo de amor que a mí me llama!

NACIMIENTO DEL AMOR

¿Cómo nació el amor? Fue ya en otoño.Maduro el mundo,no te aguardaba ya. Llegaste alegre,ligeramente rubia, resbalando en lo blandodel tiempo. Y te miré. ¡Qué hermosame pareciste aún, sonriente, vívida,frente a la luna aún niña, prematura en la tarde,sin luz, graciosa en aires dorados; como tú,que llegabas sobre el azul, sin beso,pero con dientes claros, con impaciente amor.Te miré. La tristezase encogía a lo lejos, llena de paños largos,como un poniente graso que sus ondas retira.Casi una lluvia fina -¡el cielo, azul!- mojabatu frente nueva. ¡Amante, amante era el destinode la luz! Tan dorada te miré que los solesapenas se atrevían a insistir, a encendersepor ti, de ti, a darte siempresu pasión luminosa, ronda tiernade soles que giraban en torno a ti, astro dulce,en torno a un cuerpo casi transparente, gozoso,que empapa luces húmedas, finales, de la tarde,y vierte, todavía matinal, sus auroras.Eras tú amor, destino, final amor luciente,nacimiento penúltimo hacia la muerte acaso.Pero no. Tú asomaste. ¿Eras ave, eras cuerpo,alma sólo? ¡Ah, tu carne traslúcidabesaba como dos alas tibias,como el aire que mueve un pecho respirando,y sentí tus palabras, tu perfume,y en el alma profunda, clarividentediste fondo. Calado de ti hasta el tuétano de la luz,sentí tristeza, tristeza del amor: amor es triste.En mi alma nacía el día. Brillandoestaba de ti; tu alma en mí estaba.Sentí dentro, en mi boca, el sabor a la aurora.Mis sentidos dieron su dorada verdad. Sentí a los pájarosen mi frente piar, ensordeciendomi corazón. Miré por dentrolos ramos, las cañadas luminosas, las alas variantes,y un vuelo de plumajes de color, de encendidospresentes me embriagó, mientras todo mi ser a un mediodía,raudo, loco, creciente se incendiabay mi sangre ruidosa se despeñaba en gozosde amor, de luz, de plenitud, de espuma.

ARCÁNGEL DE LAS TINIEBLAS

Me miras con tus ojos azules,nacido del abismo.Me miras bajo tu crespa cabellera nocturna,helado cielo fulgurante que adoro.Bajo tu frente níveados arcos duros amenazan mi vida.No me fulmines, cede, oh, cede amante y canta.Naciste de un abismo entreabiertoen el nocturno insomnio de mi pavor solitario.Humo abisal cuajante te formó, te precisó hermosísimo.Adelantaste tu planta, todavía brillante de la roca pelada,y subterráneamente me convocaste al mundo,al infierno celeste, oh arcángel de la tiniebla.Tu cuerpo resonaba remotamente allí, en el horizonte,humoso mar espeso de deslumbrantes bordes,labios de muerte bajo nocturnas avesque graznaban deseo con pegajosas plumas.Tu frente altiva rozaba estrellasque afligidamente se apagaban sin vida,y en la altura metálica, lisa, dura, tus ojoseran las luminarias de un cielo condenado.Respirabas sin vientos, pero en mi pecho dabaaletazos sombríos un latido conjunto.Oh, no, no me toquéis, brisas frías,labios larguísimos, membranosos avancesde un amor, de una sombra, de una muerte besada.A la mañana siguiente algo amanecíaapenas entrevisto tras el monte azul, leve,quizá ilusión, aurora, ¡oh matinal deseo!,quizá destino cándido bajo la luz del día.Pero la noche al cabo cayó pesadamente.Oh labios turbios, oh carbunclo encendido,oh torso que te erguiste, tachonado de fuego,duro cuerpo de lumbre tenebrosa, pujante,que incrustaste tu testa en los cielos helados.Por eso yo te miro. Porque la noche reina.Desnudo ángel de luz muerta, dueño mío.Por eso miro tu frente, donde dos arcos impasiblesgobiernan mi vida sobre un mundo apagado.