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– Siempre se me derrama la mi… -dijo la Maga, deteniéndose al lado de la cama.

– Lucía -dijo Babs, acercando las dos manos a sus hombros, pero sin tocarla.

El líquido cayó sobre el cobertor, y la cuchara encima. La Maga gritó y se volcó sobre la cama, de boca y después de costado, con la cara y las manos pegadas a un muñeco indiferente y ceniciento que temblaba y se sacudía sin convicción, inútilmente maltratado y acariciado.

– Qué joder, hubiéramos tenido que prepararla -dijo Ronald-. No hay derecho, es una infamia. Todo el mundo hablando de pavadas, y esto, esto…

– No te pongás histérico -dijo Etie

– No es para menos -dijo Oliveira mirando a Babs que luchaba por arrancar a la Maga de la cama-. La noche que le estamos dando, hermano.

– Que se vaya al quinto carajo -dijo Ronald -. Salgo afuera y le rompo la cara, viejo hijo de puta. Si no respeta el dolor de los demás…

– Take it easy -dijo Oliveira-. Ahí tener tu agua colonia, tomá mi pañuelo aunque su blancura dista de ser perfecta. Bueno, habrá que ir hasta la comisaría.

– Puedo ir yo -dijo Gregorovius, que tenía el impermeable en el brazo.

– Pero claro, vos sor de la familia -dijo Oliveira.

– Si pudieras llorar -decía Babs, acariciando la frente de la Maga que había apoyado la cara en la almohada y miraba fijamente a Rocamadour-. Un pañuelo con alcohol, por favor, algo para que reaccione.

Etie

– Andá a ver que no hagan una estupidez -le dijo Oliveira-. El viejo tiene como ochenta años, y está loco.

– Tous des cons! -gritaba el viejo en el rellano-. Bande de tueurs, si vous croyez que ça va se passer comme ça! Des fripouilles, des fainéants. Tas d’enculés!

Curiosamente, no gritaba demasiado fuerte. Desde la puerta entreabierta, la voz de Etie

– Eh bien, moi, messieurs, je respecte la douleur d’une mère -dijo la voz del viejo-. Allez, bonsoir messieurs, dames.

La lluvia golpeaba a chijetazos en la ventana, París debía ser una enorme burbuja grisácea en la que poco a poco se levantaría el alba. Oliveira se acercó al rincón donde su canadiense parecía un torso de descuartizado, rezumando humedad. Se la puso despacio, mirando siempre hacia la cama como si esperara algo. Pensaba en el brazo de Berthe Trépat en su brazo, la caminata bajo el agua. «¿De qué te sirvió el verano, oh ruiseñor en la nieve?», citó irónicamente. «Apestado, che, perfectamente apestado. Y no tengo más tabaco, carajo.» Habría que ir hasta el café de Bébert, al fin y al cabo la madrugada iba a ser tan repugnante ahí como en cualquier otra parte.

– Qué viejo idiota -dijo Ronald, cerrando la puerta.

– Se volvió a su pieza -informó Etie

– No, ¿para qué? No les va a gustar si encuentran tanta gente a esta hora. Mejor sería que se quedara Babs, dos mujeres son siempre un buen argumento en estos casos. Es más íntimo, ¿entendés?

Etie

– Me gustaría saber por qué te tiembla tanto la boca -dijo.

– Tics nerviosos -dijo Oliveira.

– Los tics y el aire cínico no van muy bien juntos. Te acompaño, vamos.

– Vamos.

Sabía que la Maga se estaba incorporando en la cama y que lo miraba. Metiendo las manos en los bolsillos de la canadiense, fue hacia la puerta. Etie

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