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– No me gusta hablar de él por hablar dijo la Maga.
– Está bien -dijo Gregorovius-. Yo solamente preguntaba.
– Puedo hablar de otra cosa, si lo que quiere es oír hablar.
– No sea mala.
– Horacio es como el dulce de guayaba -dijo la Maga.
– ¿Qué es el dulce de guayaba?
– Horacio es como un vaso de agua en la tormenta.
– Ah -dijo Gregorovius.
– El tendría que haber nacido en esa época de que habla madame Léonie cuando está un poco bebida. Un tiempo en que nadie estaba intranquilo, los tranvías eran a caballo y las guerras ocurrían en el campo. No había remedios contra el insomnio, dice madame Léonie.
– La bella edad de oro -dijo Gregorovius-. En Odessa también me han hablado de tiempos así. Mi madre, tan romántica, con su pelo suelto… Criaban los ananás en los balcones, de noche no había necesidad de escupideras, era algo extraordinario. Pero yo no lo veo a Horacio metido en esa jalea real.
– Yo tampoco, pero estaría menos triste. Aquí todo le duele, hasta las aspirinas le duelen. De verdad, anoche le hice tomar una aspirina porque tenía dolor de muelas. La agarró y se puso a mirarla, le costaba muchísimo decidirse a tragarla. Me dijo unas cosas muy raras, que era infecto usar cosas que en realidad uno no conoce, cosas que han inventado otros para calmar otras cosas que tampoco se conocen… Usted sabe cómo es cuando empieza a darle vueltas.
– Usted ha repetido varias veces la palabra «cosa»-dijo Gregorovius-. No es elegante pero en cambio muestra muy bien lo que le pasa a Horacio. Una víctima de la cosidad, es evidente.
– ¿Qué es la cosidad? -dijo la Maga.
– La cosidad es ese desagradable sentimiento de que allí donde termina nuestra presunción empieza nuestro castigo.
Lamento usar un lenguaje abstracto y casi alegórico, pero quiero decir que Oliveira es patológicamente sensible a la imposición de lo que lo rodea, del mundo en que se vive, de lo que le ha tocado en suerte, para decirlo amablemente. En una palabra, le revienta la circunstancia. Más brevemente, le duele el mundo. Usted lo ha sospechado, Lucía, y con una inocencia deliciosa imagina que Oliveira sería más feliz en cualquiera de las Arcadias de bolsillo que fabrican las madame Léonie de este mundo, sin hablar de mi madre la de Odessa. Porque usted no se habrá creído lo de los ananás, supongo.
– Ni lo de las escupideras -dijo la Maga -. Es difícil de creer.
A Guy Monod se le había ocurrido despertarse cuando Ronald y Etie
Jelly Roll estaba en el piano marcando suavemente el compás con el zapato a falta de mejor percusión, Jelly Roll podía cantar Mamie’s Blues hamacándose un poco, los ojos fijos en una moldura del cielo raso, o era una mosca que iba y venía o una mancha que iba y venía en los ojos de Jelly Roll. Two-nineteen done took my baby away… La vida había sido eso, trenes que se iban llevándose y trayéndose a la gente mientras uno se quedaba en la esquina con los pies mojados, oyendo un piano mecánico y carcajadas manoseando las vitrinas amarillentas de la sala donde no siempre se tenía dinero para entrar. Two-nineteen done took my baby away… Babs había tomado tantos trenes en la vida, le gustaba viajar en tren si al final había algún amigo esperándola, si Ronald le pasaba la mano por la cadera, dulcemente como ahora, dibujándole la música en la piel, Two-seventeen’ll bring her back some day, por supuesto algún día otro tren la traería de vuelta, pero quién sabe si Jelly Roll iba a estar en ese andén, en ese piano, en esa hora en que había cantado los blues de Mamie Desdume, la lluvia sobre una claraboya de París a la una de la madrugada, los pies mojados y la puta que murmura If you can’t give a dollar, gimme a lousy dime, Babs había dicho cosas así en Cinci
– Es demasiado -dijo Etie
– Por supuesto no es una medalla de Pisanello -dijo Oliveira.
– Ni un opus cualquier cosa de Schoenberg -dijo Ronald-. ¿Por qué me lo pediste? Aparte de inteligencia te falta caridad. ¿Alguna vez tuviste los zapatos metidos en el agua a medianoche? Jelly Roll sí, se ve cuando canta, es algo que se sabe, viejo.
– Yo pinto mejor con los pies secos -dijo Etie
– Es capaz de creer en el progreso del arte dijo Oliveira, bostezando-. No le hagás caso, Ronald, con la mano libre que te queda sacó el disquito del Stack O’Lee Blues, al fin y al cabo tiene un solo de piano que me parece meritorio.
– Lo del progreso en el arte son tonterías archisabidas -dijo Etie
Nadie parecía dispuesto a contradecirlo porque Wong esmeradamente aparecía con el café y Ronald, encogiéndose de hombros, había soltado a los Waring’s Pe