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– Volvé de Benarés -aconsejó Etie
Yonder (a veces ayuda darle muchos nombres a una entrevisión, por lo menos se evita que la noción se cierre y se acartone), esa verdadera realidad, repito, no es algo por venir, una meta, el último peldaño, el final de una evolución. No, es algo que ya está aquí, en nosotros. Se la siente, basta tener el valor de estirar la mano en la oscuridad. Yo la siento mientras estoy pintando.
– Puede ser el Malo -dijo Oliveira-. Puede ser una mera exaltación estética. Pero también podría ser ella. Sí, también podría ser ella.
– Está aquí -dijo Babs, tocándose la frente-. Yo la siento cuando estoy un poco borracha, o cuando…
Soltó una carcajada y se tapó la cara. Ronald le dio un empujón cariñoso.
– No está -dijo Wong, muy serio-. Es.
– No iremos muy lejos por ese camino -dijo Oliveira-. ¿Qué nos da la poesía sino esa entrevisión? Vos, yo, Babs… El reino del hombre no ha nacido por unas pocas chispas aisladas. Todo el mundo ha tenido su instante de visión, pero lo malo es la recaída en el hinc y el nunc.
– Bah, vos no entendés nada si no es en términos de absoluto -dijo Etie
– Sí, para meterse en el barro hasta el cogote -dijo Perico, que a las once de la noche estaba contra cualquier cosa.
– Heráclito -dijo Gregorovius- se enterró en la mierda hasta el cogote y se curó de la hidropesía.
– Dejá tranquilo a Heráclito -dijo Etie
– Pamemas -dijo Perico.
– Y por eso el escritor tiene que incendiar el lenguaje, acabar con las formas coaguladas e ir todavía más allá, poner en duda la posibilidad de que este lenguaje esté todavía en contacto con lo que pretende mentar. No ya las palabras en sí, porque eso importa menos, sino la estructura total de una lengua, de un discurso.
– Para todo lo cual se sirve de una lengua sumamente clara -dijo Perico.
– Por supuesto, Morelli no cree en los sistemas onomatopéyicos ni en los letrismos. No se trata de sustituir la sintaxis por la escritura automática o cualquier otro truco al uso. Lo que él quiere es transgredir el hecho literario total, el libro, si querés. A veces en la palabra, a veces en lo que la palabra transmite. Procede como un guerrillero, hace saltar lo que puede, el resto sigue su camino. No creas que no es un hombre de letras.
– Habría que pensar en irse -dijo Babs que tenía sueño.
– Tú dirás lo que quieras -se emperró Perico- pero ninguna revolución de verdad se hace contra las formas. Lo que cuenta es el fondo, chico, el fondo.
– Llevamos decenas de siglos de literatura de fondo dijo Oliveira- y los resultados ya los estás viendo. Por literatura entiendo, te darás cuenta, todo lo hablable y lo pensable.
– Sin contar que el distingo entre fondo y forma es falso -dijo Etie
– Como quieras -dijo Perico-. Lo que me gustaría saber es si esa ruptura que pretende Morelli, es decir la ruptura de eso que llamas elemento expresivo para alcanzar mejor la cosa expresable, tiene verdaderamente algún valor a esta altura,
– Probablemente no servirá para nada -dijo Oliveira – pero nos hace sentirnos un poco menos solos en este callejón sin salida al servicio de la Gran- Infatuación-Idealista -Realista-Espiritualista-Materialista del Occidente, S.R.L…
– ¿Creés que algún otro hubiera podido abrirse paso a través del lenguaje hasta tocar las raíces? -preguntó Ronald.
– Tal vez. Morelli no tiene el genio o la paciencia que se necesitan. Muestra un camino, da unos golpes de pico… Deja un libro. No es mucho.
– Vámonos -dijo Babs-. Es tarde, se ha acabado el coñac.
– Y hay otra cosa -dijo Oliveira-. Lo que él persigue es absurdo en la medida en que nadie sabe sino lo que sabe, es decir una circunscripción antropológica. Wittgensteinianamente, los problemas se eslabonan hacia atrás, es decir que lo que un hombre sabe es el saber de un hombre, pero del hombre mismo ya no se sabe todo lo que se debería saber para que su noción de la realidad fuera aceptable. Los gnoseólogos se plantearon el problema y hasta creyeron encontrar un terreno firme desde donde reanudar la carrera hacia adelante, rumbo a la metafísica. Pero el higiénico retroceso de un Descartes se nos aparece hoy como parcial y hasta insignificante, porque en este mismo minuto hay un señor Wilcox, de Cleveland, que con electrodos y otros artefactos está probando la equivalencia del pensamiento y de un circuito electromagnético (cosas que a su vez cree conocer muy bien porque conoce muy bien el lenguaje que las define, etc.). Por si fuera poco, un sueco acaba de lanzar una teoría muy vistosa sobre la química cerebral. Pensar es el resultado de la interacción de unos ácidos de cuyo nombre no quiero acordarme. Acido, ergo sum. Te echás una gota en las meninges y a lo mejor Oppenheimer o el doctor Petiot, asesino eminente. Ya ves cómo el cogito, la Operación Humana por excelencia, se sitúa hoy en una región bastante vaga, entre electromagnética y química, y probablemente no se diferencia tanto como pensábamos de cosas tales como una aurora boreal o una foto con rayos infrarrojos. Ahí va tu cogito, eslabón del vertiginoso flujo de fuerzas cuyos peldaños en 1950 se llaman inter alia impulsos eléctricos, moléculas, átomos, neutrones, protones, potirones, microlxitones, isótopos radiactivos, pizcas de cinabrio, rayos cósmicos: Words, words, words. Hamlet, acto segundo, creo. Sin contar -agregó Oliveira suspirando- que a lo mejor es al revés, y resulta que la aurora boreal es un fenómeno espiritual, y entonces sí que estamos como queremos…
– Con semejante nihilismo, harakiri -dijo Etie
– Pues claro, manito -dijo Oliveira-. Pero para volver al viejo, si lo que él persigue es absurdo, puesto que es como pegarle con una banana a Sugar Ray Robinson, puesto que es una insignificante ofensiva en medio de la crisis y la quiebra total de la idea clásica del homo sapiens, no hay que olvidarse de que vos sos vos y yo soy yo, o que por lo menos nos parece, y que aunque no tengamos la menor certidumbre sobre todo lo que nuestros gigantes padres aceptaban como irrefutable, nos queda la amable posibilidad de vivir y de obrar como si, eligiendo hipótesis de trabajo, atacando como Morelli lo que nos parece más falso en nombre de alguna oscura sensación de certidumbre, que probablemente será tan incierta como el resto, pero que nos hace levantar la cabeza y contar las Cabritas, o buscar una vez más las Pléyades, esos bichos de infancia, esas luciérnagas insondables. Coñac.