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Me los fui fichando, poco detrás de ustedes, cuando ascendieron a paso lento por el camino de piedra que, casi verticalmente, conduce del pie de la pirámide a la capilla española de la cima. La pirámide cubierta de tierra, de pirules desgreñados, de abrojos que arañan la terracería casi desapareada bajo la cual yace la mole de piedra: las siete pirámides contenidas una dentro de la otra, la primera recubierta por la segunda y la segunda por la tercera hasta llegar a la séptima, lo que fue el Gran Cu de Cholula. Cada cincuenta y dos años, una nueva pirámide cubría la anterior, al cumplirse el ciclo indígena que exigía, como homenaje a lo nuevo, la desaparición de lo viejo. Y ustedes subían a la cima de la pirámide de pirámides, la que encontraron los españoles. Un paisaje dulce y llano nos rodeaba, un panorama con centenares de iglesias distribuidas sobre el gran valle circular, encerrado entre los puntos cardinales del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl nevados al occidente, las enormes faldas de la Malinche al oriente, los macizos de la Sierra Madre al sur, la lejana estrella blanca del Pico de Orizaba al norte: el valle, plano, punteado de árboles de copa redonda y cuadrados verdes y cúpulas de azulejo, brillaba bajo el sol, entre la calina que alejaba o disfrazaba los grandes conos volcánicos. Una Umbría rodeada de fuego y humo y hielo.
Llegaron sin aliento al mirador que rodea la capilla de yeso amarillo levantada sobre la plataforma trunca de la pirámide, la última respuesta de España al mundo subterráneo de piedra y monstruos sagrados, oculto bajo esta iglesia del Rosario y la tierra acumulada de más de cuatro siglos. Entraron al pequeño santuario, vigilado por cuatro cipreses delgados en el atrio. Al fondo de la nave, bajo una campana de cristal, la Virgen de los Remedios, una muñeca diminuta con falda ampona, es sostenida por la media luna que remeda los cuernos del toro; la miraron y salieron. Se detuvieron en el mirador y fue Isabel la primera en darse cuenta de que a sus pies se levantaba una fachada fin de siglo, de ladrillo amarillo y rojo, un pórtico neoclásico con balaustradas de piedra y rejas altas, detrás del cual se sucedían los patios con palmeras plantadas en el centro y estrechos caminos de grava entre las palmeras y las habitaciones de puertas y ventanas enrejadas.
– ¿Qué son? -preguntó Isabel-. ¿Qué son?
Los hombres que se paseaban por los patios y corredores, empequeñecidos por la altura del mirador en la cima de la pirámide: los hombres rapados, vestidos con casacas y pantalones grises, muchos de ellos descalzos, que se paseaban con las cabezas bajas, a veces acompañados de otros hombres vestidos de blanco. Se sentaban en las bancas de piedra de los patios con las manos ocultándoles las orejas, o se rascaban las costillas y las cabezas rasuradas, o se frotaban los ojos, o miraban al cielo con la boca abierta, o se sentaban junto al pasto y acercaban el pie descalzo a la cara para hurgarse las uñas.
– Es el manicomio de Cholula -dijo Javier.
Las palomas pasaron volando sobre los patios. Un recluido manejaba un radio transistor, haciendo pasar la aguja del cuadrante con rapidez de las voces a la música y por fin la detuvo en una estación y un dúo cantaba un corrido del Norte y el aire acercaba y alejaba las palabras, Valentín como era hombre de nada les dio razón…
Parecía que otros se iban a acercar a éste. Era una ilusión. Lo rondaron sin curiosidad y se alejaron. Uno de ellos, un rapado con los ojos verdes, arrastraba un cordón sobre la grava y la música del transistor ascendía, apagada, hasta el mirador de la iglesia, éstas son las mañanitas de un hombre valiente que fue Valentín. Tú apoyaste los codos sobre la balaustrada amarilla. Los rostros no se levantaban hacia ustedes. Un grupo de hombres morenos, vestidos de gris, se sentó sobre una banca y uno de ellos tenía un portaviandas junto a las rodillas y empezó a separar las escudillas de porcelana y a distribuirlas entre sus compañeros. Todos sabemos -ellos, ustedes, yo- que están vacías. Si hemos de morir más tarde, pues moriremos temprano.
El hombre del portaviandas agitó los brazos. Debió decir algo, pero allá arriba no se escuchó. El transistor sí. El loco hizo un gesto con la mano, cerrando el puño pero dejando el pulgar libre y apuntando hacia el suelo, como un Nerón que está mandando a los gladiadores a empujar margaritas.
– Está pidiendo sal -dijo Javier, que de niño no comprendía estos gestos. Miró a Franz, pero en la mirada del otro no había nada. En todo caso, esa solemnidad que algunos adoptan cuando observan lo que la fama pública ha denominado de interés, y hasta de interés científico. Sí, dragona, velos de lejos, porque si te identificas, si te acercas… Ven a mis brazos, Betele, apriétame fuerte. Prende la luz. La luz, por favor. No me asustes, Betele. Véngase prieto a mis brazos. Un recluso se bajó los pantalones y otro se arrodilló detrás de él y el enfermero corrió, vestido de blanco, a separarlos y se escuchó una campana, madre mía de Guadalupe, y el médico pasó entre los locos mientras otro enfermero leía en voz alta una lista, por tu religión me van a matar. Javier miró a Franz. Y Franz le devolvió la mirada.
El granero está vacío pero las sombras le parecen suficientes para ocultarse; se dice, sentado con las piernas abiertas en el suelo del altillo de madera, que precisamente la ausencia de trigo, paja, caballos, asegura que nadie vendrá más a esta ruina rodeada de un campo de verano; ni siquiera herraduras quedan; queda sólo un soplete de cuero junto a un fogón apagado y también los fierros, los martillos, los clavos han desaparecido y Franz, después, se coloca en cuatro patas y empieza a recoger cabos, astillas apenas de las pajuelas rotas, el mínimo residuo escondido, a veces, entre los intersticios de las tablas gruesas que forman este altillo donde la única realidad es el hambre, un hambre que adopta las formas de ese campo exterior donde quisiera estar, pues el sol se convierte en hermano de la abundancia, y la abundancia es apenas una visión de la modestia, de la vida limitada, severa y sin sobresaltos que ahora regresa a su cerebro claro, de puntas afiladas, como si el hambre hubiese limpiado las células nerviosas de un exceso, de una gordura y ahora, desnudos, esos foquillos blancos del pensamiento le devolviesen una imagen perdida y recuperada de bienestar mínimo, en su casa de Praga, al lado de sus padres, los alemanes sudetes que -sólo ahora, quizás nunca más, quizás para siempre, lo entiende- querían y creían defender ese orden, esa estabilidad, ese bienestar. A gatas en la oscuridad del granero, mientras recoge lo que puede, siente el nacimiento de esa risa casi hormonal, salida de los testículos, de la semilla, que lo conforta sólo porque le permite darse cuenta de que, aun en esta situación, o acaso por ella, su mente puede agudizarse como un alfiler y comprender y aceptar eso, y reír con ello, ahora, aquí, en cuatro patas y buscando pajuelas olvidadas, vestido con un uniforme manchado y desgarrado y unas botas empasteladas de lodo, ahora puede reír y pensar que lo que sus padres deseaban era lo que iba a ser destruido con el apoyo de sus padres. Dejó de reír, con las pajas reunidas en el puño. Los imaginó con tal nitidez. Esa pareja que pasó de la adolescencia a la ancianidad, que nunca pudo comprender aquella matanza, aquellos desplazamientos de fortunas y fronteras, aquella inflación monetaria y que luego se consoló, meneando la cabeza y diciendo, primero: “Estudió arquitectura. Es de nuestra clase”, y luego: “Ha construido los autobahn y ha impuesto el orden”, y por fin: “Nos ha devuelto el orgullo”. Volvió a recargarse contra la pared de madera y mantuvo las pajas en el puño y con la otra mano sacó del parche de la túnica ese documento y trató de sonreír. Lo extendió frente a él y, nuevamente, rasgó una tira del papel arrugado, e