Страница 62 из 64
Simón, sin escucharme más, se ha arrumbado al centro de la corriente, para regresar más pronto a la antigua mina de los griegos.
XXXIX
(30 de diciembre)
Estoy trabajando sobre el texto de Shelley, aligerando ciertos pasajes, para darle un cabal carácter de cantata. Algo he quitado al largo lamento de Prometeo que tan magníficamente inicia el poema, y me ocupo ahora en encuadrar la escena de las Voces -que tiene algunas estrofas irregulares- y el diálogo del Titán con la Tierra. Esta tarea, desde luego, es mero intento de burlar mi impaciencia, sacándome a ratos de la sola idea, del único fin, que me tiene inmovilizado, desde hace ya tres semanas, en Puerto Anunciación. Dicen que está a punto de regresar del Río Negro un baquiano conocedor del paso que me interesa, o, en todo caso, de otros caminos de agua igualmente útiles para ponerme en el rumbo final.
Pero aquí todos son tan dueños de su tiempo, que una espera de quince días no promueve la menor impaciencia. «Ya regresará… Ya regresará», me responde la enana Doña Casilda cuando, a la hora del café del alba, le pregunto si hay noticias del posible guía. «También abrigo la esperanza de que el Adelantado, urgido por alguna necesidad de remedios o simientes, haga una aparición inesperada, y por lo mismo, permanezco en el pueblo, desoyendo las tentadoras invitaciones a navegar por los caños del Norte que me hace Simón. Los días transcurren con una lentitud que haría feliz en Santa Mónica de los Venados, pero que aquí, sin poder fijar la mente en una tarea seria, me resulta tediosa. Además, la obra que me interesa ahora es el Treno, y los apuntes han quedado en manos de Rosario. Podría tratar de iniciar de nuevo su composición, pero lo hecho allá me había dado un tal contento, en cuanto a la espontaneidad del acento hallado, que no quiero empezar nuevamente, en frío, con el sentido crítico aguzado, haciendo esfuerzos de memoria -preocupado, a la vez, por el afán de proseguir el viaje-. Cada tarde camino hasta los raudales y me acuesto en las piedras estremecidas por el hervor del agua metida en pasos, tragantes y socavones, hallando una suerte de alivio a mi irritación cuando me encuentro solo en ese fragor de trueno, aislado de todo por las esculturas de una espuma que bulle conservando su forma -forma que se hincha y adelgaza, según las intermitencias del empuje de la corriente, sin perder un dibujo, un volumen y una consistencia que transforma su mutación pere
Luego vuelven a sus casas, se acuestan bajo los taburetes, escuchan lo que se habla o lamen sus escudillas, sin importunar más, hasta que llegan los tiempos paroxísticos del celo, en que los hombres no tienen más que esperar resignadamente a que los animales de la Alianza terminen con sus ritos de reproducción. Pensando en esto llego a la primera calleja del pueblo, cuando dos manos vigorosas se cierran sobre mis ojos y una rodilla se me afinca en el espinazo, doblándome hacia atrás, con tal brutalidad que prorrumpo en una exclamación de dolor.
Tan necia fue la broma que me retuerzo para zafarme y pegar. Pero estalla una risa cuyo timbre conozco, y al punto mi enojo se torna alegría. Ya
Lo agarro del brazo, como si temiera que se me escapara, y lo llevo a mi albergue, donde la enana Doña Casilda nos sirve una botella de aguardiente avellanado. Para empezar, finjo un interés halagador por sus andanzas, para hallar más pronto el calor de la amistad y llegar, en tónica afectuosa, a lo único que me interesa: Ya
Y él hundió el pico en cierto lugar y encontró el yacimiento portentoso. «Diamantes de catorce carates -me confía con voz ahogada-. Y debe haber más grandes.» Ya sueña, sin duda, con la gema de cien kilates, hallada recientemente, que ha trastornado los sesos de todos los buscadores del Dorado que todavía andan por el continente y no renuncian a hallar los tesoros buscados por el alucinado Felipe de Utre. Ya
Sólo piensa en sus diamantes, y cuando calla es por no hablar de ellos, temiendo que Don Melisio o la enana lo escuchen. Despechado, me resigno a una nueva dilación: aguardaré, pues, a que regrese -cosa que hará pronto, bajo el apremio de la codicia-.
Y para estar seguro que no dejará de buscarme, le ofrezco alguna ayuda para iniciar la explotación. Se me abraza aparatosamente, llamándome hermano, y me lleva a la taberna donde conocí al Adelantado; pide otra botella de aguardiente avellanado, y para interesarme más a su hallazgo, finge hacerme confidencias acerca del lugar en que recogió los cuarzos anunciadores del tesoro. Y me entero, así, de algo que yo no hubiera sospechado: encontró la mina viniendo de Santa Mónica de los Venados, luego de haber dado con la ciudad desconocida y do haber pasado dos días en ella. «Gente idiota -me dice-.
Gente estúpida; tienen oro cerca y no sacan; yo quise trabajar: ellos dijeron matarme fusil.» Agarro a Ya