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– ¿Cómo…?

– Susa

– Te agradecería que me hablaras con claridad -señalé y aunque me esforcé porque mi tono de voz fuera tranquilo, resultó tan áspero que creo que todavía le provocó una mayor inquietud.

– Cuando Will… cuando tu padre supo que te cortejaba… bueno, quiso saber quién era yo -comenzó a decir John-. No puedes echarle eso en cara, Susa

– John -le interrumpí controlando a duras penas mi impaciencia-. ¿Podrías no apartarte de…?

– Sí…, tienes razón… Creo… creo que debió seguirme o que se ocupó de que alguien lo hiciera. Para el caso resulta igual. Un domingo… un domingo temprano… cuando yo aprovecho para pasear a solas… me encontré con él.

– ¿Aquí? -exclamé sorprendida-. ¿Cerca de Stratford? ¿Paseando por el campo? Vamos, John, ¿quieres decirme la verdad de una vez?

Se pasó la diestra por el rostro con tal fuerza que hubiérase pensado que deseaba remodelar sus facciones. Lo estaba pasando mal, de eso no tenía ninguna duda, pero a esas alturas lo único que deseaba era saber toda la verdad.

– Susa

– Sigue…, por favor.

– Yo iba… iba a… a una reunión… una reunión a la que acudo muchos domingos aunque no siempre…

– ¿Qué clase de reunión?

– Religiosa -dijo al fin con un hilo de voz.

– ¿Religiosa? -repetí sorprendida-. Pero… pero si tú no vas casi nunca a la iglesia…

– Era una reunión religiosa -insistió John débilmente-. Y cuando estaba a punto de llegar… allí estaba tu padre…

– John…

– Me asusté al verle, Susa

– Pero, John, ¿qué te asustaba? Ibas a una reunión religiosa…

– Oh, Susa

Abrí la boca una, dos, tres veces, pero no pude pronunciar una sola palabra. Mi marido, el que compartía lecho y mesa conmigo, pertenecía a ese grupo perseguido por el rey Enrique, apenas tolerado por la reina Isabel y ahora odiado por el rey Jacobo.

– Me encontraba a unos centenares de pasos del lugar donde nos reunimos y temí que todos pudiéramos acabar detenidos aquella misma mañana -continuó John ahora de manera apresurada-. En un solo instante me vino a la cabeza todo lo que iba a perder en el mismo momento en que me prendieran para encerrarme en la cárcel. Pero lo que más me preocupaba, Dios es testigo de ello, eras tú. Pensé que nunca volvería a verte, que nunca nos casaríamos, que te perdería, que serías de otro… todo eso me subió del corazón en un vuelco y luego… luego ardí en deseos de apartarme de allí antes de que el oficial del rey viera a los otros hermanos entrando en el granero…

– ¿En… el granero?

– Sí, Susa

John respiró hondo y por un instante guardó silencio, pero no necesitó que le insistiera en que debía continuar su relato.

– Aquellas palabras no me tranquilizaron. Todo lo contrario. Era verdad que ahora nadie iba a detenerme, pero ¿y si tu padre se percataba del lugar al que iba? Nunca, nunca me concedería tu mano. Te perdería, Susa

Intenté agarrar la mano de John como si así pudiera ahuyentar todo el miedo que había sentido años atrás. No lo conseguí. Inmerso en los recuerdos, comenzó a dar pasos por la habitación mientras seguía hablando.

– Pero la verdad es que tu padre no se percató de la gente que iba llegando al granero. De pronto, descendió del caballo y me invitó a pasear con él y se puso a preguntarme por mi vida y por mi trabajo y por mis aspiraciones. Fue muy cortés, Susa

– ¿A qué secretos se refería?

– Él no diría a nadie que yo iba a las reuniones del granero y yo… yo nunca te contaría que él nos iba a ayudar. Nunca supe cómo había llegado a saber lo de nuestros cultos, pero ¿qué más daba? En cuanto a ti… sé que no está bien ocultar nada a la propia esposa, pero…

– … pero no era lo primero que escondías, ¿verdad, John? Durante años te las arreglaste para que no averiguara que eras un puritano…

– Te ruego… te ruego…, Susa

¿Debía perdonarlo? Quizá en otro tiempo, en otra ocasión, en otro momento, mi respuesta hubiera sido negativa, pero ahora… ahora sólo podía ser una. Abracé a John. Lo abracé con todas mis fuerzas, con todo mi corazón, con toda mi alma. Lo abracé como si fuera el padre al que nunca había conocido realmente en vida. Lo abracé como la persona con la que deseaba compartir el resto de mi existencia. Lo abracé como si así pudiera expulsar de mi corazón la amargura agobiante de años y retener todo lo hermoso, lo puro y lo limpio que conocía y deseaba.

– John -le dije sin desasirme de él-. Te quiero. Te quiero mucho. Te quiero más que a mi vida.

XXIII

El hombre no pasa de ser un asno si va por ahí contando lo que ha soñado.

El sueño de una noche de verano, IV, 1

– Es i

Su única hija, estuve a punto de decirle, pero guardé silencio. Ardía en deseos de referirle lo que había sucedido la noche anterior, pero antes me resultaba indispensable averiguar algunas cosas.

– John -comencé a decir-. De acuerdo con lo dispuesto en la última voluntad de mi padre, tú tienes que encargarte de entregar los legados que dejó, ¿verdad?

– Sí -respondió mirándome con la cara de no saber adónde quería ir a llegar-. Ya lo oíste cuando se abrió el testamento.

– ¿Recuerdas bien lo que tienes que darle a cada uno?

– Susa

– ¿Recuerdas los nombres de los demás? -indagué.

– Pues… sí -respondió mientras enarcaba las cejas-. Aparte de tu madre y de tu hermana Judith están esos actores… A mi gente no le agradan los cómicos, pero yo tengo la sensación de que son buenos tipos.

– ¿Eso crees? -indagué.

– Sí, sí lo creo. Por supuesto, no tengo ni idea de cómo será su vida, pero… bueno, se comportaron de manera educada y si tu padre les dejó algo… No, no creo que sean indeseables.

– Es lo mismo que yo pienso -comenté-. Aunque hay que reconocer que alguno de ellos tenía un aspecto…

– ¿Aspecto? -dijo John-. No me pareció que ninguno de ellos se saliera de lo usual. Iban ataviados con una ropa de lo más adecuada. Negra, discreta…

– ¿Negra? ¿Discreta? -dije a la vez que soltaba una carcajada-. Pero… ¿y el actor que iba vestido de verde?