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Yo sabía que no era poco lo que quedaba de provecho al examinar toda mi vida y también la de Artorius. Quedaba el aprender de nuestros fracasos, quedaba lo que habíamos enseñado a las nuevas generaciones y quedaba, por encima de todo, la misericordia indescriptible de Dios que, a pesar de nuestros errores, nos permite volver a empezar. Era consciente, por supuesto, de que Roma no regresaría a Brita
La alegría que había podido proporcionar a mi madre al saber que poseía un don; la satisfacción que brotó del corazón de Blastus al ver mi exaltación en el castra; la gratitud que desbordaba el corazón de Titius; el aprecio de Artorius y sí, por supuesto, el amor hacia Vivian que había cobijado durante décadas en mi corazón, proporcionaban a mi existencia un sentido mucho más profundo de lo que yo hubiera podido intuir.
– Merlín -insistió con una voz en la que descubrí una súplica más poderosa que ninguna que hubiera contemplado jamás-. No se trata tan sólo del final de Roma… Los barbari han cruzado las fronteras… No tiene sentido que continúes esa lucha. Quédate a mi lado.
Estiré la mano derecha y deslicé amorosamente las yemas de los dedos por el rostro de Vivian. ¡Qué hermosamente suave era aquella mejilla! Se hubiera dicho que el mismo Dios en persona la había cincelado. Me incliné y puse mis labios sobre los suyos y aquel breve contacto me pareció más dulce que la miel que destila del panal e infundió a mi corazón un calor más intenso que el derivado del mejor vino. Sonreía cuando aparté mi rostro del suyo.
– Adiós, Vivian -le dije-. Aún me queda mucho por hacer, pero te querré siempre.
Sé que intentó ocultar el negro pesar que la invadía, pero a través del color prodigioso de sus ojos se filtró un miedo como, quizá, nunca había sufrido.
-Erunt etiam altera bella, atque iterum ad Troiam mittetur Achilles [36]- le recité.
– Tú no eres Aquiles -me espetó conteniendo a duras penas una mezcla insoportable de dolor e indignación.
– No, no lo soy -reconocí-. Ni siquiera soy ese Merlín del que hablan. Mi nombre, como tú bien sabes, es Dubricius.
Me di la vuelta y de un salto entré en la embarcación que me había llevado hasta aquellas costas.
– Regresamos -dije al piloto de la nave.
No rechistó y obedeció mi orden. En apenas unos instantes, sentí cómo bajo nosotros sólo había agua.
Levanté la mano en un adiós definitivo y me llevé la punta de los dedos a los labios para lanzar un último beso a Vivian. Supe entonces, con más claridad que nunca, que había cumplido con mi deber.
– ¡Merlín! -gritó mientras hundía sus pies blancos, pequeños e increíblemente hermosos en la arena ya lamida por las aguas-. ¡No te vayas! ¡Quédate conmigo!
Desde mi juventud, quizá desde mi infancia, había intentado ser fiel a lo que Dios deseaba de nil y, a pesar de mis desviaciones puntuales, de mis errores graves, de mis feos pecados, en esa senda, estrecha y angosta, seguía. Permanecía en ella incluso aunque el costo de amar a mi Salvador y a mi prójimo se hubiera traducido en renunciar al amor de aquella a la que había querido más que a nadie.
– ¡Dubricius! -clamó y la manera en que dijo mi nombre me supo a un vino cálido, del que sólo podía beber un sorbo-. ¡Regresa! ¡Has fracasado! ¿No te das cuenta? ¡Vuelve! Los barbari destruirán ahora Brita
Le lancé un nuevo beso y le volví la espalda convencido de que nunca más la vería. No. Nunca más. Me amaba, pero eso no había evitado que se equivocara. Yo no había fracasado. Ahora, sucediera lo que sucediese no abrigaba la menor duda de que Dios intervenía en la Historia aunque lo hiciera de maneras que no pocas veces se escapaban a nuestra comprensión. Pero no importaba. Lo auténticamente relevante era que Él sí entendía todo y que pespunteaba nuestra existencia de amor inmerecido esperándonos además al otro lado del umbral de la Muerte.
Ahora he regresado para enfrentarme a los barbari que, procedentes de los cuatro puntos cardinales, ansían despedazar Brita
Sé, por supuesto, que entonces no me será dado encontrarme con mi admirado Virgilio, pero suplicaré humildemente para que toque el corazón de Vivian y me permita pasar a su lado todo el tiempo al que renuncié cuando me encontraba en este mundo. Y entonces una Luz inmensa, viva, creadora, me rodeará y veré todo, no sólo lo que no comprendí, sino incluso lo que nunca sospeché. E inmerso en ese Amor, inefable e indescriptible, me diré que es más que suficiente.
NOTA DEL AUTOR
Pocas veces ha tenido un personaje literario una resonancia tan universal como el rey Arturo. Desde Geoffrey de Monmouth al cine del siglo XX pasando por Wagner o Chrétien de Troyes, los mitos artúricos han alimentado la imaginación humana de manera creciente y polimórfica. Obviamente, una de las cuestiones que se han repetido hasta la saciedad es la de si el rey Arturo fue una mera creación literaria o realmente existió.
Por encima de las especulaciones y los sucesivos desarrollos míticos, Arturo fue un personaje histórico. Su verdadero nombre era Artorius y, a diferencia de lo establecido en el mito, no era celta sino romano. La familia de los Artorii ya tenía una dilatada tradición de permanencia en Bretaña cuando nació nuestro personaje. Su llegada a la isla tuvo lugar en torno al año 180 d.C. En esa época, un tal Lucius Artorius Castus comenzó a desempeñar el cargo de praefectus castrorum (prefecto de campamento) de la Legión VI Victrix, con base en Ebocarum (actual York). Sus descendientes continuaron ejerciendo tareas relacionadas con la defensa del imperio romano frente a las incursiones bárbaras. Uno de esos descendientes, también llamado Lucius Artorius Castus, constituye la base histórica del mito del rey Arturo.
Artorius nació en Dumnonia, una población de Cornualles. Criando tenía quince años de edad, entró en el ejército romano y en el 475 se convirtió en oficial de caballería a las órdenes de Catavia, el magister militum y jefe de la base militar romana en Cadbury. Artorius cumplió sus funciones castrenses con notable competencia y al cabo de tres años se convirtió en comandante de la base romana de Dunkery Beacon. Se trataba de un enclave pequeño, pero de una notable importancia estratégica en el dispositivo de defensa frente a los barbari. Nuevamente, Artorius volvió a desempeñar sus ocupaciones correctamente y en el 481 Aurelio lo nombró procurator rei publicae, un empleo consistente en realizar las requisas para el ejército. Nuevo empleo y pronto nuevo ascenso. Artorius no tardó en ser ascendido a magister militum. En calidad de tal, Artorius libró con éxito una serie de campañas cuya finalidad fue quebrantar el creciente poder barbari en el sur de la isla. Ne
[36] Todavía habrá otras guerras y una vez más el gran Aquiles será enviado a Troya.